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viernes, julio 10, 2026
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La banda que grabó dieciocho discos sin salir en una sola portada

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Miguel Hernández Jaramillo llevó al Salón Tertulia ¡Con ton y son…!, ocho años de rastreo tras los músicos descalzos que fundaron la banda de Puerta de Mangos, hoy Banda Cora

Fue en Tepic este martes un martes de tormenta y aun así el Salón Tertulia tuvo público . La Fundación Nayarit con Visión de Futuro (NAVIFU) presentaba ¡Con ton y son…! Orígenes de una banda de música, del profesor Miguel Hernández Jaramillo, y el propio autor había apostado a que la tormenta le restaría asistencia. Se equivocó. Vladimir Valenzuela, que preside la Fundación, abrió con un recuerdo de infancia. Su padre, metido en la Confederación Nacional Campesina, lo subió a los diez años a un camión rumbo a la Ciudad de México, y en un paradero escuchó por primera vez una banda tocando recio. «Recordar es vivir», dijo, y con esa frase entró al tema.

Antes del libro vino la genealogía. Sergio Sartiaguín situó a Nayarit como «puerta de entrada, mar afuera y mar adentro», y por San Blas hizo pasar el origen de la banda como forma musical. En su relato, la cultura alemana llegó con la minería, y en el Mineral del Zopilote, un pueblo que alcanzó los cuarenta mil habitantes, los alemanes trajeron un maestro de música para el ocio de la comunidad. De ahí, contó, salió la primera banda del país. Después vinieron la cervecería, un comerciante alemán que vendía instrumentos frente a la fábrica, y el contagio del formato hacia Mazatlán, Zacatecas y el sureste. La historia tiene más de tradición oral que de archivo, pero servía para lo que Sartiaguín buscaba, dimensionar el sitio donde caería la banda de Puerta de Mangos.

La semblanza la leyó el mismo Sartiaguín. Hernández Jaramillo nació en Tepic un 4 de octubre, aunque se reconoce hijo de Puerta de Mangos, en el municipio de Santiago Ixcuintla, donde pasó la infancia. Se formó como profesor normalista, estudió psicología educativa e historia y dio clases más de tres décadas en Sonora. A los 65 años empezó a escribir. Van seis libros, sobre el beisbol costeño, las marismas, las décimas, las costumbres del rumbo. Es hijo de don Esteban Hernández Santiago El Macho, uno de los músicos fundadores de la banda, lírico de nacimiento, sin una nota leída, capaz con la trompeta, la tuba, el violín y la guitarra. Esa herencia explica el libro. «Todos los que me conocen han escuchado que Miguel Hernández Jaramillo es de Puerta de Mangos», dijo el autor cuando tomó el micrófono. Vive en Hermosillo. Ronda los ochenta.

El libro le llevó ocho años. Recorrió de Compostela a Mexicali detrás de los músicos viejos, los que ya se habían retirado, para armar un tomo delgado y apretado. La banda que reconstruye se llama hoy Banda Cora, aunque el nombre no aparece una sola vez en el texto. Los derechos están comprados, y el autor sólo pudo nombrarla en voz alta, esa tarde, fuera de la página.

La historia empieza en Cañada del Tabaco. Un grupo de ejidatarios buscó al profesor Luis Martínez para que enseñara música a sus hijos, y en pago lo hicieron ejidatario. Para el 20 de noviembre, el maestro montó la Marcha de Zacatecas y la banda acompañó el desfile escolar por la carretera de Santiago a Los Corchos. En el trayecto ocurrió la imagen que la comarca no olvidó. Las congas iban montadas en un burro, y sobre el burro iba el músico tocándolas. La banda dio una vuelta a la plaza de Puerta de Mangos con esa estampa, y ahí prendió la envidia buena.

Cañada fracasó, porque el interés era de los padres y no de los muchachos. El primer intento de Puerta de Mangos también se vino abajo cuando los de Cañada reclamaron a su maestro. Un segundo intento, hacia 1950, tropezó con la impaciencia de Miguel Rangel, harto de enseñar a puros analfabetas. La banda quedó tocando en las haciendas y poco más, hasta que la levantó gente que no servía para el campo, pescadores de camarón y cazadores de gato montés que vendían la piel en cien pesos. Ellos convencieron a Tarciso Rangel Vázquez El Chimi, hermano de Miguel, de armar la agrupación en serio.

El Chimi cargaba con una desventaja y una ventaja. Del método de Hilarión Eslava, ciento nueve lecciones que hacían a un músico completo, sólo había pasado ocho. «En tierra de ciegos, el tuerto es rey», resumió el autor. Pero Puerta de Mangos ya había recibido dos misiones culturales. En los cuarenta, el profesor Muro enseñó solfeo a unas treinta personas que nunca tocaron un instrumento. En los cincuenta llegó Jerónimo Rentería, cohetero de oficio, conocido en la costa por sus castillos de pólvora, que apareció de maestro de música con un saxofón a medio dominar. Rentería consiguió lo que faltaba, instrumentos, gestionados a través del programa piloto que la UNESCO tenía en Villa Hidalgo.

Con ese material, El Chimi juntó a los muchachos y la banda por fin cuajó. Funcionó donde Cañada había fallado porque esta vez el hambre era de los propios músicos. La primera chamba se la hicieron a don Domingo Mariscal, de Santiago Ixcuintla, que llegó con unos tragos a pedir música. Sólo sabían El Novillo Despuntado. Con esa única pieza le sacaron cuatrocientos pesos, una fortuna para los años cincuenta, y la banda despegó.

El padre del autor entró ahí, analfabeta, sacando de oído la tuba, la guitarra y el violín, violinista oficial de las danzas de conquista del pueblo. Un fin de semana de tocadas dejaba setenta y dos pesos, lo que un jornalero ganaba en toda la semana. Cuando Alfredo Grimm, vendedor de motores fuera de borda en Santiago Ixcuintla, se lanzó de candidato y contrató a la banda para su campaña, los músicos andaban de guarache, mezclilla y sombrero apachurrado. Grimm les compró camisas rayadas para que se vieran parejos, y de esa camisa salió el nombre, los Rayados de Puerta de Mangos.

La fama trajo su propia ingratitud. En su pueblo los obligaban a tocar gratis en los toros y en la peregrinación de San Isidro, y a pagarles sólo las horas de baile, mientras los ejidos vecinos pagaban el triple. Los Rayados dejaron de tocar en Puerta de Mangos durante años. Afuera los ponían a prueba, algún borracho pedía un bolero que no traían y quedaban mal. Para tapar ese hueco cambiaron  a El Chimi por un músico capaz de escribir arreglos, un viejo clarinetista traído de Tuxpan. El Chimi se sintió, se salió con sus dos hermanos y nunca volvió, ni cuando la banda se hizo la Cora y ganó nombre. Jamás le reconocieron que él la había levantado. Hasta el 14 de mayo pasado, cuando las autoridades por fin le entregaron una placa.

Después llegaron los hermanos Galván, de Rosamorada, un clarinete y una trompeta que subieron a los Rayados a otra altura y les trajeron contratos de Jalisco. Cuando la banda quedó cuajada, los Galván regresaron a su tierra a formar las suyas. La que se quedó fue la Banda Cora. Grabó dieciocho discos de larga duración, tocó hasta en Montreal y respaldó a artistas que jamás la acreditaron, entre ellos un disco ranchero de Alberto Vázquez. Hoy los fundadores se mueren o se retiran, los derechos quedaron en otras manos, y el director de la banda es regidor en Santiago. «Ya da más resultado andar en la política», soltó el autor, con la sequedad del que reparte cuentas.

Hernández Jaramillo no dejó pasar la ocasión de pelear sus pleitos viejos. Reclamó para Luciano Ortega El Chanique, pícher de Puerta de Mangos, una gloria que nadie le dio, nueve blanqueadas en una temporada de la Liga del Noroeste de los sesenta, catorce ganados y tres perdidos. Y midió con la misma vara el culto a Fernando Valenzuela, a quien reconoce sin devoción. «Para mí, crearon el monstruo», dijo. «Por eso quizá nadie me compra libros». La sala se rió, y él siguió como si el chiste fuera contra su propia terquedad.

Cerró con un asunto práctico. El autor y un grupo de amigos rescatan la biblioteca de Puerta de Mangos, que encontraron hecha pedazos. La pintaron, le pusieron una computadora y sueñan con aire acondicionado, apostando a que la canícula empuje a los niños adentro. De ahí sale lo que vende de sus libros. También leyó una décima de su último título, Adivinadécimas, para niños, y dejó a la mesa una estampa costumbrista sobre El Caguayana, borracho de pueblo al que arrastraban de fiesta en fiesta, de esas que el libro salva del olvido.

Tres asistentes intervinieron, y todos volvieron al mismo hilo, las misiones culturales. Uno reivindicó a la Secretaría de Educación Pública y corrigió el crédito, de José Vasconcelos a Rafael Ramírez, verdadero impulsor de aquellas misiones. Otro, de Carrillo Puerto, trazó el paralelo con su propio pueblo, donde el profesor Matilde Ramírez sembró con el mismo método de Hilarión Eslava una tradición que dura sesenta años. El tercero puso el dedo en lo que distingue al libro. Hernández escribe desde adentro, vivió los hechos, y no llegó a la comunidad como el investigador de fuera que se arrima a las fuentes con libreta. «Nadie vive de esto», dijo. «Escribes por amor».

Vladimir Valenzuela, presidente de la Fundación, entregó por medio de su hermano el reconocimiento al autor. Sartiaguín anunció las próximas tertulias, en agosto un libro sobre administración pública de Raúl Rosales Rosas, en septiembre otro autor de la casa. La banda de músicos descalzos que tocó recio para que se hiciera el borlote grabó dieciocho discos y no salió en una sola portada. Este martes se le rescató del olvido.

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