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El dolor autoinfligido

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**Reflexión a partir de la carta «Sangre, sudor y lágrimas», de Juan Villoro, publicada el 16 de julio de 2026 en El País, dentro de la serie «Un mundial de ida y vuelta»

Juan Villoro escribe ya fuera del hospital, y celebra las dos cosas a la vez, su alta médica y la euforia de Caparrós. Pero se niega a que la remontada borre lo anterior. El primer tiempo, dice, fue el más horrendo del Mundial, y de ese lapso saca un juicio que conviene atribuirle entero: le pareció el mejor argumento a favor del futbol femenino, al que llama última reserva del juego limpio, incapaz de confundir el deporte con los excesos de la testosterona.

Su crónica de esa media hora es demoledora. Inglaterra y Argentina desataron una bravata en la que sobraba la pelota. Scaloni había dejado fuera a Rodrigo De Paul para poner por la banda a Giuliano Simeone, que desquició a los ingleses con carreras y forcejeos, ayudó a neutralizar a Gordon y cometió cinco faltas en poco más de media hora sin ver una tarjeta. La broma de Villoro es exacta, quien no lo conociera no sabría si es buen jugador, porque nunca se ocupó del balón. Su resumen del ambiente cabe en una línea, era un partido para usar espinillas de platino.

El segundo tiempo, dice, amerita psicoanálisis. El gol de Anthony Gordon fue un lance típico de la Premier: el primer disparo inglés al arco terminó en la red tras tres toques decisivos, y a Villoro le recordó que al Liverpool de Klopp le bastaban cinco jugadas para ganar cualquier partido. El registro coincide, Gordon marcó al minuto 55 en Atlanta.

Lo que sigue es la autopsia de un derrumbe. En la orilla del campo, escribe, era imposible saber qué pasaba por la mente y el rostro atribulado de Thomas Tuchel, al que compara con Nosferatu. Le reconoce méritos, es un técnico eminente que ganó la Champions con el Chelsea y logró darle forma a una Inglaterra difusa, pero sostiene que tras el gol cayó en «un pavor de fin de mundo» y quiso preservar lo poco conseguido. La comparación que elige tiene sabor rioplatense: desde los tiempos de Osvaldo Zubeldía, el legendario entrenador de Estudiantes de La Plata, no se veía algo así, un gol a favor y todos atrás. Con una diferencia decisiva, apunta, Zubeldía creía en el contragolpe, y con eso ganó tres Libertadores seguidas.

Tuchel, en cambio, sacó a Gordon, que había caído en «pecado de éxito», metió un defensa y volvió al equipo un búnker donde hasta Harry Kane hacía de sargento. Los hechos respaldan la lectura, el alemán pasó a línea de cinco y admitió después que su equipo se volvió demasiado pasivo. De ahí sale el título de la carta y su mejor hallazgo. En la batalla de Inglaterra, Churchill pidió un esfuerzo de «sangre, sudor y lágrimas»; Tuchel reclamó lo mismo, con la diferencia de que su dolor era autoinfligido. Y el agravante que Villoro subraya con signos de admiración: aplicó la táctica de madriguera cuando faltaban cuarenta minutos. A partir de ahí, Argentina «abandonó los cuchillos y ejerció la magia».

De la transmisión mexicana rescata a Jorge Valdano, que a los pocos minutos del gol inglés dictaminó que Argentina había salido muy bien del golpe. Antes de que los hechos lo avalaran, dice, Valdano ya tenía razón: Messi manejaba la pelota en el medio y las variantes ofensivas asomaban.

La imagen con que retrata la parálisis inglesa es la más divertida de la carta. Tuchel tenía en la banca a Rashford, a Saka y a O’Reilly, de modo que su equipo era un Mini Cooper sin gasolina mientras en la cochera dormían un Land Rover, un Jaguar y un Aston Martin. Los sacó tarde, cuando ya eran un gesto para aparentar que hacía algo. Del otro lado, Scaloni acertó de nuevo con Nico González, Lautaro y De Paul, y convirtió a un equipo que se deshacía en un modelo creativo. De no ser por los postes y por Pickford, calcula, habrían caído cinco goles.

El capitán merece párrafo aparte. Messi, sostiene, dio las dos asistencias y además fue un estratega incontrolable fuera del área, con pases que llevaban dedicatoria. La observación fina es la comparación consigo mismo: si en otros partidos caminaba como quien juega futbol playa, esta vez disputó cada palmo hasta el último minuto. Lo verificable respalda la parte central, el centro que Lautaro cabeceó al 90 más dos salió de sus pies.

El tramo más valioso responde a la sospecha que Caparrós había convertido en chiste. Villoro se la toma en serio y enumera los datos que alimentan la tesis del favoritismo, con una línea que vale por todo el párrafo, «nadie investiga mejor que un paranoico». Argentina tuvo el grupo más cómodo, llegó a la semifinal sin enfrentar a ninguno de los quince mejores del ranking, no se desgastó en traslados, cometió faltas sin ver tarjetas y se benefició de fallos dudosos del VAR. A eso suma lo que llama las causas del delito: Messi es la principal mercancía del torneo y juega en Estados Unidos con respaldo millonario de Adidas y padrinazgo de Trump.

Y entonces resuelve la contradicción sin negar ninguna de sus partes. Ese entramado es real, escribe, y transparenta los manejos cuestionables del futbol; pero en la cancha Argentina se ha mostrado superior a todos sus rivales y Messi refrenda jugada a jugada que es el mejor del mundo. La frase con que lo cierra es la más honesta de la serie, «de esas contradicciones está hecha nuestra pasión».

El final mira al domingo con clave mitológica. El rey viejo llega en forma al duelo con su posible heredero, Lamine Yamal, a quien bañó siendo bebé para un anuncio de UNICEF, en aquel calendario benéfico del Barcelona de 2007. Villoro le da rango de leyenda bíblica, un favorito de los dioses ungiendo a otro con el agua sagrada. Y cierra con una anécdota que toma de la antología Tiro libre, donde Francisco Hinojosa recuerda sus años de futbolista aficionado: en un campo sin gloria, un amigo que ambos compartían, Héctor, sufrió la lesión que lo alejó para siempre del juego, y su verdugo se llamaba Aquiles. De ahí la última línea, «la Ilíada está en todas las canchas».

La carta reúne lo mejor del cronista: una autopsia táctica que es también un estudio del miedo, y una honestidad que le impide elegir entre la denuncia y el goce. Donde Caparrós convirtió la acusación en burla, Villoro la acepta como cierta y aun así se queda con el juego. Su lección sirve fuera de la cancha, que las pasiones grandes rara vez son inocentes, y que reconocerlo sin dejar de mirar es lo más adulto que puede hacer un aficionado.

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