Se le metió el diablo entre la sotana a un fraile de la Catedral de Tepic y se puso “cachondo” por una mujer. ¡Perooo! No cualquier mujer: era doña Margarita de Covarrubias, esposa del Alcalde Mayor, don Jacinto de Pineda y Ledesma; es decir, la esposa del mero mero en aquel lejano 1685. Lamentablemente, ese bochornoso suceso terminó con todo un archivo histórico hecho cenizas.
Todo ocurrió donde hoy se encuentra la esquina de las avenidas México y Lerdo, justo donde actualmente funciona un restaurante en la planta alta. Ahí estaban las antiguas Casas Reales de Tepic, donde vivían doña Margarita y su esposo.
Ese edificio era el corazón del gobierno. Ahí se cobraban impuestos, se guardaban los documentos oficiales y se decidía el destino de toda la región. En pocas palabras, ahí se cocinaban los asuntos del reino… aunque aquel 3 de julio de 1685 terminó cocinándose un desastre. Y es que, para entender el fuego, hay que entender la mecha.

Un día antes, el 2 de julio, el fraile Martín Jiménez decidió que sus votos religiosos podían tomarse vacaciones. Aprovechando que el Alcalde Mayor andaba lejos, seguramente resolviendo algún asunto de la Corona, el reverendo puso los ojos en doña Margarita, como si fuera el último tamal de la olla.
Se dice, se cuenta, se rumora que primero la comenzó a cortejar; luego la acosó. “Al intentar el fraile manosearla, Margarita lo recriminó por su atrevimiento y desvergüenza. Fue entonces cuando él sacó un cuchillo y la amenazó”.
Doña Margarita salió corriendo por los pasillos de las Casas Reales pidiendo auxilio. Sus gritos movilizaron a un grupo de personajes que parecen sacados de una película: un preso, un cobrador de Hacienda con su hijo y el mayordomo indígena del Mesón de Tepic.
Entre los cuatro lograron, como dice la crónica con una elegancia que ya quisiéramos hoy, “apaciguar el ardor y la cólera del fraile”. En otras palabras, entre todos le bajaron dos rayitas al reverendo antes de que la cosa acabara en una tragedia todavía mayor.

Al día siguiente, 3 de julio de 1685, Martín Jiménez brincó las bardas de la casa como si las leyes de Dios y de los hombres fueran simples recomendaciones. Entró hasta la alcoba de doña Margarita, quien estaba acompañada por la mulata Josefa y la mestiza Francisca de Soto.
Ahí apareció el fraile, armado con un cuchillo y una obsesión que ya rayaba en la locura. Palabras más, palabras menos, según las malas lenguas de las malas gentes, la escena, imaginemos, fue así:
—¡Salga de aquí! —le reclamó doña Margarita.
—O me das lo que quiero… o te mato.
Sin perder un segundo, Margarita corrió a refugiarse en la cárcel anexa a las Casas Reales. Sí, leyó bien: ese día el lugar más seguro era la cárcel.
Al no encontrarla, el fraile gritó: “¡Ahora la veré salir, aunque no quiera!”… y enseguida prendió fuego al edificio.

Las llamas devoraron las Casas Reales, los archivos de tributos, los libros oficiales y buena parte de la memoria escrita del Tepic colonial. Josefa y Francisca tuvieron que escalar las bardas para salvar la vida y ayudar a otras personas, pero el daño ya era irreversible.
Cuando el Alcalde Mayor regresó, presentó la denuncia correspondiente. Semanas después llegó la respuesta de las autoridades eclesiásticas.
En esencia decía:”Lamento mucho lo ocurrido… pero necesito tiempo para investigar “. Traducido: “Déjenos ver cómo acomodamos este problemita sin hacer mucho ruido.” Y así terminó esta historia.
El fraile nunca pagó realmente por lo que hizo. Doña Margarita sobrevivió al ataque, pero perdió su hogar. Tepic perdió las Casas Reales… y también perdió una parte de su historia, convertida en cenizas por la obsesión de un fraile.
Fuente: Mosaico histórico de la ciudad de Tepic. Pedro López González, 1979.







