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martes, julio 21, 2026

Su noche triste

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Reflexión a partir de la carta «Su noche triste», de Martín Caparrós, publicada el 19 de julio de 2026 en El País, cierre de la serie «Un mundial de ida y vuelta»

Martín Caparrós cierra la correspondencia con una derrota que, admite, le duele y lo sorprende por sus maneras. Arranca con una paradoja amarga, «a veces la justicia es justa»: el equipo que intentó jugar todo el partido, España, terminó ganándolo, y el que no remató una sola vez al arco, Argentina, lo perdió. El dato confirma el marcador, España se coronó 1-0 con un gol de Ferrán Torres en la prórroga, con Argentina reducida a diez por la expulsión de Enzo Fernández.

Su lectura del juego es un lamento sin coartadas. No entiende a qué jugó Argentina, salvo a aguantar metido en su campo dos horas para llegar a los penales. Nunca armó nada ni presionó, y desde el primer tiempo dolía ver cómo los españoles recibían tranquilos, miraban alrededor y pensaban la jugada mientras los argentinos los dejaban. El reproche táctico apunta al banco, Scaloni repitió el error de Tuchel que le había servido a Argentina para ganarle a Inglaterra, meter tres centrales para cuidar el cero. España, ironiza, «sería un gran campeón si supiera cómo meter goles», pero se las arregló para que no hiciera falta.

El corazón del relato, y su título, es Messi. Desde el principio, dice, lo vio con algo raro, desinteresado, dejando pasar jugadores y pelotas a su lado sin mirarlos. Su prueba es un tiro libre a los veinte minutos, desde cuarenta metros, una pelota de manual para que él la colgara en el área; Messi se paró al lado y dejó que la pateara De Paul. Así todo el partido, salvo dos o tres chispas, mirándolo de lejos, caminando. De ahí la elegía con nombre de tango: el primer tango-canción, recuerda Caparrós, se llamó Mi noche triste y se estrenó en 1917. «La suya», escribe del capitán, «fue esta noche».

Y entonces la carta da un giro que Caparrós confiesa con honestidad de oficio: lo que sigue, avisa, lo escribió esa misma tarde, antes del partido, y lo publica igual en la derrota, aunque habría sido más elegante hacerlo tras un triunfo. Era lo que quería decir más allá del resultado.

Lo que quería decir es una incomodidad. En el mes y medio del torneo, cuenta, lo abrumó una avalancha de palabras sobre el carácter argentino, una discusión como no recordaba en años, sin que nadie hablara de la vanidad francesa o el desdén inglés. La oyó en las dos veredas, la de quienes atacan a los argentinos por orgullosos y ventajeros y la de quienes los defienden por resilientes y emotivos. Su respuesta es tajante, «yo no creo en los caracteres nacionales». Hablar de «los argentinos», dice, no significa nada, y lo demuestra con una serie de preguntas incómodas: quiénes son, los que marchan por la educación pública o los millones que votaron a quien él llama «un odiador serial» empeñado en acabarla; el señor director o la señora que le limpia el baño. Qué los iguala, se pregunta, salvo que unos muchachos pateen mejor una pelota, y si eso fuera lo máximo que nos une, concluye, «la Argentina sirve para poco».

De ahí sale su confesión más política, que conviene leer como lo que es, la opinión de parte de un autor con posiciones firmes. Se declara harto del patriotismo, y del futbolero en particular, porque le parece una causa común cómoda, que no molesta a nadie ni supone ningún cambio, y que sólo involucra de verdad a los pocos que salen a la cancha. Lo dice con ejemplos que hieren: el patrón que despidió a veinte empleados celebra el mismo gol que ellos, y él, Milei y hasta los torturadores de la dictadura estarían gritando lo mismo, como si la patria estuviera por encima del respeto y de los rencores. Su sentencia es la más filosa de la serie, «la patria siempre es una treta, pero cuando la patria es futbol es una treta boba, y por eso, supongo, funciona».

El cierre devuelve la ternura y baja la voz. El argentino se disculpa por el desahogo, dice que el Mundial lo hizo pensar mucho sobre el futbol y su relación con él, y que irá revisando esas cosas «en una noche menos derrotada», con su amigo, ante «una chela o una limonada». La coda es de una honestidad desarmante, «sí, lo siento: últimamente es limonada», un guiño a la enfermedad que atravesó la serie. Le agradece a Villoro los encuentros, el cariño y el humor, y «esta cosquilla de recibir tu carta y leerla pensando y ahora cómo coño le contesto». Y firma con la promesa que sostiene todo, un mes y medio de compañía diaria, «la seguimos».

Vale anotar la distancia editorial. La pieza es una carta personal, y sus juicios sobre la política argentina, sobre Milei y sobre la patria pertenecen a Caparrós, que escribe desde una izquierda declarada; muchos lectores los rebatirían, y el análisis del carácter nacional que denuncia también lo practican, con signo contrario, quienes celebran la gesta. El resultado y sus incidencias, en cambio, están verificados. Lo que la columna aporta no depende de esas posiciones.

Su valor está en cómo usa una derrota para decir lo que un triunfo habría tapado. Caparrós desconfía de la fiesta que iguala al patrón y al despedido bajo la misma bandera, y sugiere que esa unión es real sólo mientras dura el partido. Pero la carta se desmiente a sí misma en su mejor gesto, porque lo que de verdad quedó de este mes y medio fue una amistad escrita a la vista de todos, más que la patria o la copa. Al final, el hincha harto del patriotismo despide a su selección con un lamento y a su amigo con un abrazo, y deja claro cuál de las dos lealtades le importaba.

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