Juan Villoro cierra la correspondencia con una carta de gratitud. Le agradece a Caparrós haber hecho «doble turno» mientras él estaba enfermo, «al modo de un médico de guardia», y describe lo que viene después de la final como algo más raro que el torbellino de partidos, el regreso a la realidad. El futbol, dice, nos llevó a un plano imaginario, y por encima de los errores del VAR, del reparto de sedes que «discriminó a México y Canadá», de la avidez comercial de la FIFA y de los nacionalismos que Caparrós denunció en su despedida, quedó lo esencial, «vimos prodigios sobre el césped».
El primero fue el partido que nadie quiere jugar. El del tercer lugar, dice, se disputó esta vez con entusiasmo y sin trampas, y su marcador, Inglaterra 6-Francia 4, le pareció digno del Mundial de Uruguay de 1930, cuando las goleadas eran comunes. El registro confirma la fiesta, con triplete de Saka y un cierre de Bellingham que arrancó en su propio campo, encaró hasta el área rival y definió con maestría. En un partido con algo en juego, apunta Villoro, los franceses habrían ensuciado esa jugada larguísima con una infracción.
Con la final es más severo, y le concede a Caparrós la razón sobre «la forma de perder». España tuvo veinte ocasiones de gol por una de Argentina, y se pregunta si es posible disputar así una final. El mejor albiceleste, dice, fue el arquero Dibu Martínez, con su escandalosa cuota de penales atajados, y sospecha que el campeón apostaba a la ruleta de los doce pasos. El tardío gol de Ferran Torres lo evitó, y de ahí sale una de sus líneas más finas, «nunca una anotación tuvo una forma tan estadística de ser justa», porque llegó avalada por diecinueve intentos previos. El dato coincide, España se coronó 1-0 en el alargue.
Enseguida entra al tema que más le importa, la leyenda negra de Messi. Argentina, dice, se volvió «el rival que amaban odiar», y donde Maradona fue un líder antisistema, a Messi las redes lo redujeron a instrumento obsecuente de «el triángulo del mal: Trump, la FIFA y Adidas». Villoro descarta la conspiración con una idea luminosa, «el mejor jugador del mundo sólo podía ser vencido por sus admiradores». Y lo prueba con imágenes: la foto en que Leo baña de bebé a Lamine Yamal, ya de «leyenda dorada», y otras del 10 con niños que se llamaban como hoy se llaman Cubarsí, Dani Olmo o Gavi. En diecisiete temporadas en el Barça, resume, el ídolo dio la cátedra que ahora despliega España.
Ése es el corazón de la carta, el viaje de las ideas. Se ha dicho que éste fue el Mundial de los migrantes, verdad que suele medirse por el color de la piel y los lugares de nacimiento; pero, agrega Villoro, «también viajan las ideas». Y recuerda su origen exacto: el 2 de mayo de 2009, en el Bernabéu, Pep Guardiola tuvo la inspiración que cambiaría el rumbo del futbol y le pidió a Messi que dejara el puesto de delantero para actuar como un mediocampista convertido en eje de ataque, «un 10 que era un 9 secreto». Desde entonces Leo dominó treinta metros de cancha, un desempeño que completaron Iniesta y Xavi y que influyó en Pedri, Olmo, Busquets o Rodri. El episodio es real, aquel día el Barcelona goleó al Real Madrid con Messi de falso nueve.
Lo que sigue es el mejor hallazgo de la carta, y tiene acento argentino. Fue Jorge Valdano, cuenta, quien descubrió que Guardiola era «un entrenador con el balón en los pies»; fue Marcelo Bielsa quien le soltó una arenga de once horas que lo convenció de dirigir; y fue Messi quien encarnó esas ideas. Tres argentinos detrás de un estilo que hoy es español. El futbol, dice, también es «cosa mental», y Luis de la Fuente lo sabía cuando privilegió a jugadores formados en el Barça y el City de Guardiola. El buen toque, que alguna vez reinó en las playas de Brasil y los potreros de Argentina, tiene «nueva denominación de origen». Y ahí coloca la frase de Maradona que titula la carta, «la pelota no se mancha», para decir que es justo lo que hoy defiende España.
La paradoja se cierra con una inversión hermosa. Argentina, patria de artífices como Ardiles o Riquelme, a quien Caparrós rindió tributo en su biografía de Boca, hoy produce sobre todo futbolistas de garra y esfuerzo, como Mac Allister o De Paul. La «Furia» que antaño definía a España, apunta, se aplica ahora a los albicelestes que rodean a Messi, «depositario absoluto del buen toque». En La Masia, recuerda, nadie soñaba con jugar como él porque era imposible, pero todos querían imitar su control del balón. De ahí su conclusión, una moraleja que excede el deporte, «el maestro sólo podía ser vencido por sus alumnos, triunfo esencial de la pedagogía».
El adiós es el de un hombre agradecido. «¿Qué sería del futbol sin la amistad?», se pregunta, y responde que no hay nada más triste que un aficionado solitario. Le da las gracias a Caparrós por «mandar pases al hueco» que lo hicieron pensar y escribir. Recuerda que empezaron dudando de que el futbol pudiera oponerse a la tiranía del cuerpo en tiempos de unificación atlética, y celebra que este Mundial haya tenido lugar para un portero electricista de cuarenta años, Vozinha, para un menor de edad, el mexicano Gilberto Mora, y para un arquero que jugó con el dedo fracturado, el propio Dibu. La última imagen la toma de Borges, que al recordar sus visitas al zoológico elogió «la desatinada variedad del reino animal»; el Mundial de 2026, escribe Villoro, mostró la desatinada variedad de lo humano.
La carta clausura la serie sin rencor, y en eso se separa de la de su amigo. Donde Caparrós terminó desconfiando de la patria, Villoro termina confiando en la pedagogía: las ideas migran, los maestros son superados por sus discípulos, y eso, lejos de ser una derrota, es la manera en que sobrevive una cultura. El futbol que venció a Messi es el futbol que Messi enseñó. Y lo que de verdad queda, después de un mes y medio de cartas, de una enfermedad y de una final perdida, es lo mismo con que abrieron la conversación, que ningún hincha debería estar solo, y que dos amigos convirtieron un Mundial en un pretexto para seguir escribiéndose.







