La memoria del agua reclama su espacio en la capital mediante el desbordamiento de arroyos que, históricamente, solían ser cauces libres de obstáculos. Investigadores universitarios identificaron los factores técnicos que convierten las vialidades en cauces peligrosos cada temporada de precipitaciones, centrando el análisis en la capacidad de respuesta del suelo frente al crecimiento de la mancha urbana.
Integrantes de la Unidad Especializada de Ordenamiento del Territorio, perteneciente al Cenitt de la Universidad Autónoma de Nayarit, diseñaron el Índice de Presión Hidrosanitaria y Respuesta Pluvial Urbana. Este modelo científico, abreviado como IPHEU, funciona como un escáner que detecta los puntos críticos donde el sistema de alcantarillado y la geografía natural entran en conflicto directo.
Mediante el cruce de datos sobre la impermeabilización del suelo y la cobertura de drenaje, el estudio mapeó las zonas de alta presión donde el pavimento impide la filtración natural. En estos sectores, identificados con color rojo en la cartografía técnica, el agua carece de rutas de escape subterráneas y adquiere velocidad y fuerza sobre la superficie de las calles.
Aquellos escurrimientos naturales que atraviesan la ciudad coinciden geográficamente con las áreas de mayor densidad habitacional, según arroja la superposición de la red hídrica. Esta intersección es la que genera los focos de acumulación recurrente, pues los arroyos buscan seguir su trayectoria original a pesar de las construcciones y la infraestructura gris que intenta contenerlos sin éxito.
Proponen los especialistas el uso de infraestructura verde, como jardines de lluvia y pozos de absorción, para transformar la gestión de riesgos en la cuenca del Río Mololoa. La planificación territorial requiere una transición hacia drenajes sostenibles que permitan a la ciudad convivir con su entorno hídrico, señaló el equipo de investigación del Cenitt.







