Con información de El País | Ernesto Núñez
Vicente Fox Quesada tiene 84 años, se levanta a las seis de la mañana, se acuesta a las ocho de la noche y dice que duerme “como angelito”. Pero la quietud de la hacienda en Guanajuato donde pasa sus días es, a todas luces, relativa. El expresidente que en el año 2000 rompió siete décadas de gobierno priista lleva meses maquinando cómo cambiar la composición de la Cámara de Diputados antes de que Morena lo haga innecesario. No se ha retirado. Ni cerca.
En entrevista publicada este domingo por El País, realizada en San Francisco del Rincón, donde vive, Fox habló durante largo rato de democracia, de populismo, del viraje de América Latina y de los errores que él mismo cometió cuando gobernó. Hay enojo, hay nostalgia y hay, en algunos momentos, una honestidad que descoloca. No todo lo que dice es cómodo, empezando por lo que dice de sí mismo.
El hombre de las botas, ahora con calzado cómodo, arranca con vuelo largo. Recuerda el proyecto de los padres fundadores de Estados Unidos, “aquella idea genial”, y la describe como el mejor modelo que ha producido la humanidad para garantizar justicia, crecimiento económico y competencia electoral justa. Luego constata el desastre: hoy no llegan a una treintena los países que pueden llamarse verdaderamente democráticos. Los demás, dice, son “democráticos a medias, democráticos con poco sentido de participación” o, de plano, democracias de nombre.
El populismo es, para él, la deformación más peligrosa de ese modelo. No lo define con teoría política sino con mecánica electoral: “Es un brinco para llegar al poder y llegando al poder ya hacen lo que se les antoja. Desvirtúan todos los principios y valores de la democracia, de la libertad, de la economía de mercado”. Y una vez instalados, destruyen las instituciones que podrían frenarlos.
México, en ese mapa, ya no está en crisis. Está más allá. “Ya se la chuparon estos populistas”, dice sin pausa. El ejemplo que usa para ilustrar el punto es el aeropuerto de Texcoco: trece mil millones de dólares de inversión ya realizada, cancelada por decreto y sin pasar por el Congreso ni por consulta real. Para Fox, ese fue el primer mensaje de López Obrador al país: “Ojo, mexicanos, aquí mando yo, y el que proteste me lo chingo”. Lo que vino después fue consecuencia lógica.
A Claudia Sheinbaum la trata con ironía antes que con dureza. La describe como “mucho más elegantita, con una sonrisa en la boca”, pero el balance que le atribuye es idéntico al de su antecesor: destrucción del Poder Judicial, del poder electoral y de todos los balances y contrapesos que sostenían, aunque fuera de manera imperfecta, la arquitectura institucional del país.
El exmandatario acaba de regresar de Lima, donde fue testigo de la toma de posesión de Keiko Fujimori. Llega entusiasmado con lo que ve en la región: Argentina, Chile, Colombia, Perú moviéndose hacia la derecha, alejándose del ciclo populista que arrancó, según él, en el Foro de São Paulo. La mecánica del fenómeno la explica sin adornos: “La corriente populista llegó y rápido fue ganando gobiernos en varios países con un engaño muy sencillo: yo te doy lo que quieras, pero te sometes a mi voluntad. No protestes, yo te doy programas sociales, yo te maiceo, pero tú me obedeces”.
El hartazgo, dice, era inevitable. Dos o tres gobiernos de ese corte sin que las cosas mejoren tienen un sólo desenlace: “La gente dice: ya basta”. No lo celebra como triunfo ideológico sino como consecuencia de una decepción acumulada. El populismo prometió demasiado, entregó poco y cobró obediencia como precio de entrada.
Lo que lo sorprendió fue que México no se salvara. Pensaba que la vecindad con Estados Unidos, la trayectoria democrática ganada en décadas de lucha y una estructura más sólida harían la diferencia. “Y ¡bolas!, que llega López Obrador y nos sorprende a todos”, dice, con una mezcla de incredulidad que a estas alturas todavía parece genuina.
Aquí es donde la entrevista da un vuelco. Fox no habla sólo de los errores ajenos.
Reconoce que su gobierno, y los que vinieron después de él, cometieron el error de perder de vista a los que menos tenían. “Lo que hicimos mal fue olvidarnos en la realidad de los pobres, de los que menos tienen, de los que no tienen oportunidad. No hicimos suficiente, ni los empresarios ni los gobiernos”. Es, en pocas palabras, la explicación de por qué López Obrador encontró tierra fértil: el abandono construyó el resentimiento que el obradorismo supo capitalizar.
Y hay otro error que Fox carga con más precisión. Cuando gobernó intentó subir el salario mínimo con mayor velocidad. Los empresarios, con quienes se reunía mensualmente, se opusieron con contundencia. Fox cedió. López Obrador llegó y lo subió. El resultado político fue visible: “Me muerdo la lengua, porque es a favor del pinche Lopitos, que destruyó el país, pero tuvo una buena medida; alguien lo iluminó un día y le dijo: sube el salario mínimo”. Y añade, sin ambigüedad: “Yo me tragué el anzuelo”.
No es una concesión menor. Para alguien que ha construido buena parte de su discurso público en la crítica al gobierno de la Cuarta Transformación, admitir que López Obrador le ganó en algo tiene un costo político. Fox lo asume.
Ahí termina la generosidad. En el tema de los programas de transferencia directa, Fox no cede un centímetro. Los ve como una trampa política de largo plazo disfrazada de política social: compran lealtad, generan dependencia y matan el impulso que una persona necesita para mejorar su situación por cuenta propia.
La encuesta que cita lo ilustra: ante la pregunta de qué hace bien Claudia Sheinbaum, el noventa por ciento responde que los programas sociales. “La gente dice: Claudia es buena porque me da dinero”. Para Fox, ese dato no es un triunfo de la Presidenta sino una señal de alarma: significa que el gobierno ha convertido el dinero público en un mecanismo de control, no de desarrollo.
Su diagnóstico sobre las consecuencias es categórico: “Los programas sociales destruyen la iniciativa personal, el emprendimiento y le quitan a la gente ese deseo de luchar por ser alguien y alcanzar metas grandes. Te llevan a la comodidad, a la tranquilidad de vivir mediocremente”. La alternativa que propone no es retirar el apoyo sino cambiarlo de forma: educación, preparación, herramientas para competir. “A la gente hay que darle preparación, no dinero para que esté de huevón”.
Fox sabe lo que ese párrafo le va a costar. “Morena va a decir: ahí está el pinche Fox, les va a quitar el programa social, y me van a dar un buen garrotazo”. Lo dice como quien ya calculó el precio y decidió pagarlo. “Pero hay que decir la verdad”.
Con ese mismo espíritu pragmático organiza su trabajo cotidiano. Junto con el empresario Ricardo Salinas Pliego y varios colaboradores de su gobierno, Fox impulsa una iniciativa a la que llama Alma de México. El objetivo: detectar y preparar cuadros políticos locales para ofrecérselos a los partidos de oposición, PAN, PRI y Somos, de cara a las elecciones legislativas del año próximo.
La meta no es ganar. No en este ciclo. Es algo más acotado y, en su lectura, más urgente: “Que nadie tenga mayoría”. Sin mayoría, Morena no puede llevarse el presupuesto completo; tiene que negociarlo, pelear por él, meter ideas y hacer propuestas. Para Fox, eso es suficiente por ahora. “Es tan sencillo que yo espero que la gente lo entienda”, dice.
La historia lo motiva tanto como el presente. Recuerda que tardaron 71 años en sacar al PRI de Los Pinos y que, en apenas ocho, el proyecto que llegó para sustituirlo hizo “más daño al país que el PRI en 70”. La conclusión es obvia para él: esperar no es una opción.
La única salida, repite, es democrática. Con el voto. Y el primer paso está en 2027.







