Durante los años que llevo como periodista, las cifras y los datos sobre incendios, pérdida de vegetación y altas temperaturas han aparecido una y otra vez. He visto a Nayarit entrar y salir de los estados con mayor superficie afectada por el fuego y he visto también cómo, después de cada temporada de incendios, llegan las campañas de reforestación.
Al mismo tiempo, la temporada de calor deja otros datos que tampoco debería pasar desapercibidos, como los fallecimientos y hospitalizaciones por golpe de calor. Las cifras pertenecen a problemas distintos, pero ocurren en el mismo territorio y hablan de un entorno que estamos obligados a observar con más atención.
Frente a los incendios, reforestar es necesario. Lo he visto durante años, se plantan árboles en el cerro de la Cruz, en el cerro de San Juan, en la Loma; se recuperan espacios donde históricamente ha existido vegetación y se intenta reponer parte de lo que el fuego destruye. Está bien. Plantar árboles importa, reforestar importa. La discusión comienza cuando esa termina siendo la principal idea que tenemos para hablar de una ciudad más verde.
Cada año volvemos a esos espacios. Se pierde vegetación, se vuelve a plantar y el ciclo comienza de nuevo. Mientras tanto, Tepic sigue creciendo y ocupando suelo. ¿Dónde están los nuevos parques? ¿Dónde están las áreas verdes dentro de las colonias? ¿Dónde están los proyectos para recuperar espacios urbanos y convertirlos en lugares con árboles, sombra y suelo vivo?
No hablo únicamente de grandes parques. Hablo de árboles en las calles, pequeños espacios públicos, parques de barrio, camellones con vegetación y terrenos que puedan recuperar una función ambiental. También de dejar espacio para que el suelo siga siendo suelo y no convertir cada superficie disponible en concreto o asfalto.
La ciudad también se construye en esos detalles.
Hay otra señal que merece atención. Los árboles empiezan a aparecer en la conversación pública principalmente cuando representan un riesgo, cuando una rama cae, cuando una lluvia provoca daños, cuando un tronco afecta una vialidad o cuando ocurre algún accidente. La seguridad importa y los árboles requieren mantenimiento, poda, vigilancia y planificación. Pero una ciudad que únicamente piensa en ellos cuando existe un riesgo termina viendo al árbol por el problema que puede generar y no por la función que cumple mientras está ahí.
Conviene recordar algo más, somos nosotros quienes desplazamos muchas áreas verdes para construir calles, viviendas, estacionamientos y superficies de concreto. También hemos dejado perder parte de las que permanecen. Cuidarlas no corresponde únicamente al gobierno. También tenemos responsabilidad quienes vivimos aquí. Un árbol público no deja de formar parte de nuestro entorno porque esté frente a una propiedad ajena, en una banqueta o en un camellón.
Y hay otra realidad que resulta todavía más difícil de ignorar, crear áreas verdes requiere tiempo. Gestionar un parque nuevo requiere tiempo. Plantar un árbol y esperar a que crezca requiere tiempo. Crear una zona verde que realmente cambie las condiciones de una colonia requiere todavía más. Muchas veces ese resultado no alcanzará a verse durante un periodo de gobierno.
Por esa diferencia de tiempos existe ese viejo dicho de que nadie quiere sembrar tamarindos. Una obra de concreto puede mostrar su resultado en poco tiempo. Un árbol necesita años para convertirse en la sombra que imaginamos cuando lo plantamos. Un parque necesita todavía más para convertirse en parte de la vida cotidiana de una colonia.
La planeación de una ciudad, sin embargo, debería poder trabajar con esos tiempos, aunque sus administraciones duren mucho menos. De lo contrario, siempre será más sencillo construir lo que puede terminarse rápido que sembrar aquello cuyo beneficio llegará después.
Mientras tanto, llenamos la ciudad de superficies que acumulan calor y después nos sorprendemos por las altas temperaturas. Nayarit ya registra fallecimientos por golpe de calor y mantiene temperaturas máximas que pueden alcanzar entre 35 y 40 grados. No todo el calor puede atribuirse a la falta de árboles, pero tampoco podemos ignorar que cada árbol que desaparece significa menos sombra en una ciudad que necesita cada vez más de ella.
El calor no apareció de repente. Tampoco la pérdida de sombra. Son el resultado de decisiones acumuladas durante años sobre cómo ocupamos el territorio y cómo construimos nuestras ciudades.
Por eso, después de ver caer árboles que llevaban décadas formando parte de Tepic, particularmente los de la avenida México, queda una cuestión muy concreta ¿qué va a ocupar esos espacios ahora? ¿Habrá árboles nuevos? ¿Se recuperará esa sombra? ¿Se diseñará una intervención que incorpore vegetación y espacio público? ¿O veremos más pavimento, más concreto y una ciudad cada vez más desnuda?
No hace falta convertir esto en una discusión partidista. Tampoco asumir que toda decisión de retirar un árbol es equivocada. Hay árboles que representan riesgos, existen obras necesarias y hay circunstancias en las que retirar un ejemplar puede ser la decisión correcta. Lo que sí debería existir es una respuesta clara sobre lo que ocurre después.
Reforestar los cerros es necesario. Cuidar los árboles que ya existen también. Crear nuevas áreas verdes dentro de la ciudad es una tarea distinta y cada vez más urgente. No se trata de escoger una cosa sobre otra, sino de entender que una ciudad necesita hacer ambas.
Una ciudad verde no se construye únicamente reforestando los mismos cerros cada año, especialmente en lugares donde históricamente siempre ha existido vegetación. También se construye dentro de la ciudad, en los lugares donde vivimos, caminamos, esperamos el transporte y padecemos el calor.
Es una reflexión sencilla frente a un problema que no tiene nada de sencillo.
Antes de que otro árbol de décadas termine en el suelo, quizá convenga tener lista la respuesta a una pregunta que debería acompañar cualquier decisión sobre el espacio público, ¿Qué vamos a poner en su lugar?







