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Quítense el calzado

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Crónica de la ordenación diaconal de Héctor Altamirano, Roy Carrillo, Silvino González Alba y Carlos Montijo, en el Seminario Mayor de la Diócesis de Tepic

Santa María del Oro, Nayarit.- Antes que las campanas, antes que el canto, lo primero que se pidió aquella mañana fue una cosa rara en estos tiempos: silencio.

“Los invitamos a disponernos a esta celebración manteniendo una postura de silencio y oración”, dijo la voz que abrió la ceremonia en el Seminario Mayor de la Diócesis de Tepic, “casa y escuela de los futuros sacerdotes”, en Santa María del Oro. Y enseguida el pedido que hoy suena casi a penitencia: guarden los teléfonos, absténganse de tomar fotografías. Habría gente encargada de eso. Lo que se iba a celebrar ahí adentro pedía ojos, oídos, atención, tan escasa en todos lados.

Doce del día del viernes 28 de agosto de 2026, fiesta de San Agustín, el obispo que escribió en sus Confesiones que el corazón anda inquieto hasta que descansa en Dios. Cuatro hombres esperaban a que les cambiaran la vida.

Héctor Federico Altamirano Moreno, nacido el 25 de abril de 1990, feligrés de San Antonio de Padua, en Tepic. Roy Carrillo Rodríguez, nacido el 13 de julio de 1985, de la parroquia de San Miguel Arcángel, también en Tepic. Silvino González Alba, el más joven, nacido el 28 de noviembre de 1997 en Cofradía, Jalisco, de la parroquia de la Inmaculada Concepción. Y Carlos Alberto Montijo Galaviz, nacido el 29 de septiembre de 1986, hijo de esa misma tierra donde ahora se arrodillaba: la parroquia del Señor de la Ascensión, en Santa María del Oro.

Cuatro biografías distintas, cuatro pueblos, doce años de diferencia entre el mayor y el menor. Una sola pregunta esperándolos al frente.

Monseñor Engelberto Polino Sánchez, obispo de Tepic, comenzó su homilía hablando de un pastor con rebaño prestado.

“Me viene a la mente aquel acontecimiento de Moisés que está pastoreando un grupito de ovejas”, dijo. Y subrayó el detalle que casi siempre se pasa por alto: “un rebaño que es de su suegro, ni siquiera es de él”.

Ahí, cuidando lo ajeno, Moisés llevó el rebaño al monte Horeb y vio la zarza que ardía sin consumirse. La curiosidad lo hizo aproximarse, y de esa curiosidad salió una encomienda: “Así como estás cuidando este rebaño, ahora quiero que cuides al otro, aquel que está sufriendo en Egipto”.

El obispo se detuvo en la escena como quien detiene una fotografía. Una zarza que arde y no se acaba: “habla de la presencia de Dios, y habla de la eternidad de Dios, que no se consume”. Y cuando Moisés preguntó qué nombre debía dar a los que le exigieran credenciales, la respuesta fue un nombre que no es nombre sino un modo de estar: “dile que te manda el que es”.

“El que es presente”, tradujo el obispo. “El que es presencia.”

Entonces vino la primera de las tres ideas que, dijo, Dios le había inspirado días antes, y que no eran suyas.

“Ustedes están llamados a quitarse el calzado, porque el terreno en el que van a entrar es un terreno sagrado.”

Lo dijo como método de vida. Descálcense siempre, insistió: “cuando celebren la misa, cuando celebren el sacramento de la confirmación, cuando integren a la vida de la iglesia a un hijo nuevo, descálcense, porque están frente al que es presente y al que es eterno, y que quiere hacerse presente a través de ustedes”.

Y luego el aviso, casi en voz de quien conoce el oficio por dentro: “A veces nos arrutinamos cuando estamos frente a este gran don […] porque luego a veces el demonio siembra soberbia, siembra egoísmo, y vamos perdiendo incluso la admiración de encontrarnos con lo divino”.

La admiración. Eso es lo que se pierde primero.

La segunda idea llegó desde otra escena, y el obispo la enunció como una orden doméstica, sencilla, de esas que se dan en una cocina:

“Cíñanse a su cintura la toalla.”

Es el gesto del Jueves Santo: Jesús que se pone de pie en plena cena, se quita el manto y se amarra un lienzo a la cintura para lavar pies: “una acción que hacían los siervos, los esclavos”, recordó monseñor Polino.

La toalla, dijo, “es signo de que queremos ser nosotros instrumentos de Dios para limpiar al hermano, tocar sus heridas con esa tela, y limpiar, sanar al hermano”.

Y ahí, casi sin transición, la ceremonia dejó de ocurrir en el siglo I y aterrizó en Nayarit:

“Hoy tenemos mucha gente que sufre, no sólo por el pecado personal, sino por el pecado de otros. Mucha gente que necesita ser escuchada, mucha gente que necesita ser acariciada, llevada a Dios.”

Cuatro hombres arrodillados frente a un obispo que les hablaba de heridas ajenas. No de carrera. De heridas.

La tercera idea fue la más incómoda, y el obispo la dijo sin suavizarla.

Los llamó a ser “esa levadura en medio de la masa”, fermento que transforma: “que no nos quedemos sólo en celebraciones, que no nos quedemos sólo en eventos. Que busquemos procesos, acciones de veras generadoras de transformación”.

Y entonces, el párrafo que dejó el recinto en un silencio distinto al del principio:

“Hoy no se distingue mucho entre quien es católico y quien no lo es. Igual matan, igual promueven vicios, igual secuestran, igual dañan. Y son católicos.”

No dejó fuera a los suyos. “A veces, en lugar de ser ese signo de santidad, nosotros los que somos llamados a ser ese fermento, a veces fermentamos, pero el mal: somos generadores de daño, de mal, de destrucción. Hoy tenemos ese problema en nuestra iglesia.”

La salida que propuso fue de mirada: “Necesitamos mirar más a Cristo y ser esa presencia de Cristo santo que genere, que transforme, que convierta nuestra sociedad de violencia en paz, de miedo en paz en el corazón, de incoherencia en coherencia”.

Antes de terminar, recogió al santo del día. San Agustín, dijo, pedía a los diáconos preocuparse “más por el onus que por el honor”, más por la carga que por el cargo: “sean ustedes los que lleven sobre sus hombros el sufrimiento de los demás, más que buscar llenarse de honor”. Y les dejó la fórmula agustiniana que resume las tres ideas en una sola frase:

“Un diácono tiene que mirar al Cristo de arriba y al Cristo de abajo. Al Cristo en el altar y al Cristo en el hermano que sufre.”

Lo demás fue rito, que es como la Iglesia dice lo que no cabe en palabras.

Los cuatro respondieron uno a uno, de pie, a las preguntas del obispo: si querían consagrarse al servicio de la Iglesia, si querían vivir el misterio de la fe con alma limpia, si querían observar toda la vida el celibato por causa del Reino. Sí, quiero. Cinco veces. La sexta, con un añadido que ninguno omitió: Sí, quiero, con la gracia de Dios.

Después se arrodillaron ante monseñor Polino, pusieron sus manos entre las suyas y prometieron obediencia y respeto a su obispo y a sus sucesores. “Dios mismo lleve a término esta obra buena que en ti ha comenzado”, respondió él, nombre por nombre.

Luego la asamblea se puso de rodillas y ellos se tendieron rostro en tierra, “como signo y expresión de su abandono en Dios”, explicó el maestro de ceremonias, mientras las letanías desgranaban una lista larguísima de santos: los apóstoles, los mártires de México, Cristóbal Magallanes, José María Robles, Juan Diego. Cuatro cuerpos boca abajo sobre el piso, sostenidos por una multitud de nombres.

Y entonces vino lo único que en esta liturgia no se dice: la imposición de manos. El obispo puso las suyas sobre cada cabeza en silencio absoluto. Nadie habló ni aplaudió. Se había pedido, incluso, que ese silencio hiciera “experimentar el misterio de la presencia transformante del Espíritu Santo”.

Después, la plegaria de ordenación pidió para ellos lo que el obispo ya les había pedido a ellos mismos: “un amor sincero, solicitud por los pobres y enfermos, una autoridad discreta, una pureza sin tacha”.

Los revistieron con la estola cruzada y la dalmática. Recibieron de manos del obispo el libro de los Evangelios, con la fórmula que es a la vez encargo y advertencia: “Esmérate en creer lo que lees, enseñar lo que crees y vivir lo que enseñas”. Vino el abrazo del obispo y el de los diáconos presentes.

Sólo entonces se permitió el aplauso. Y sólo entonces sonó.

Al final de la misa, con el certificado en la mano, cada uno recibió también su nombramiento: la parroquia donde comenzará a ejercer el ministerio para el que acababa de descalzarse.

Habían entrado como seminaristas. Salieron con una toalla invisible amarrada a la cintura.

Jorge Enrique González
Jorge Enrique González
Publicista, editor, encuestador y periodista. Escribe en medios locales de Nayarit desde los 16 años de edad. Pionero en medios alternativos y escritor de diversas obras literarias de poesía e historia. Actualmente se desempeña como director de Meridiano de Nayarit.
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