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jueves, agosto 27, 2026

Pian pianito

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En vísperas de su tercer informe, Sheinbaum llega, en la lectura de Jorge Zepeda Patterson, a la etapa en que por fin gobierna a su manera. Para explicarlo, el columnista retoma un artículo propio de hace dos años, «Las Cuatro Sheinbaum», donde anticipó que la presidenta imprimiría su sello a la 4T de a poco, de menos a más.

El recuento de las etapas es el andamio del texto. La primera Claudia, tímida, era la de la campaña, cuando su candidatura dependía de Morena y de López Obrador. La segunda vivió apenas los cuatro meses entre su elección y su toma de posesión, envalentonada por un resultado extraordinario, el 60 por ciento de los votos, casi siete puntos por encima de los legisladores de su partido, que la legitimó tanto en lo legal como en lo político y le permitió airear su agenda, el papel de la mujer, el medioambiente, la modernización administrativa. La tercera es la de estos casi dos años de gobierno, una transición cargada de dificultades, la primera Presidenta del país, rodeada del escepticismo callado de una red de poderes muy masculina, obligada a relevar a un líder carismático que había hecho del partido una extensión de su voluntad.

Lo que viene ahora, sostiene, es la Claudia 4.0, y su balance de la consolidación es de franca admiración. En menos de dos años, dice, la Presidenta ha ido sumando palancas a su tablero de mando «pian pianito», sin olas ni fracturas ni escándalos. Más que una purga, hubo una incorporación de cuadros con los que se siente cómoda, cambios en el gabinete, sobre todo en el área económica, y relevos en la Auditoría Superior, en la Fiscalía, en la coordinación del Senado y en la dirigencia del partido.

El mismo cálculo, apunta, alcanzó a los duros del movimiento. Los que iban a ejercer de apóstoles del obradorismo trabajan bajo su vigilancia estrecha, en su oficina, como Jesús Ramírez o Luisa María Alcalde, o en el gabinete, como Martí Batres o Marath Baruch, mientras que los irreductibles, al estilo de Marx Arriaga, el de los libros de texto, quedaron fuera. Los liderazgos alternativos que un día le disputaron la candidatura, Adán Augusto López o Fernández Noroña, y hasta un heredero posible como Andrés Manuel López Beltrán, hoy lucen disminuidos. Marcelo Ebrard, su rival de entonces, es hoy un colaborador leal. Nadie, resume, está en condiciones de hacerle sombra.

En las políticas públicas ve el mismo método. Los giros «claudistas» en seguridad, salud, medioambiente, energía o educación se instrumentaron cuidando de no reprochar nada al sexenio anterior, aunque algunos, admite, fueron de ciento ochenta grados. Lo más fino, para él, ha sido el trato con López Obrador, respetuoso y agradecido, pero independiente, con el que la Presidenta ha «vacunado» a su gobierno contra cualquier pretexto que justificara una intervención del fundador.

Su ejemplo de cabecera es de esta misma semana. La forma en que se neutralizó el poder de Rubén Rocha en Sinaloa le parece el estilo Sheinbaum en estado puro, sin estridencias, pero radical. Conviene poner los hechos, que le dan la razón. Rocha, con licencia desde mayo tras la acusación del Departamento de Justicia estadounidense por presuntos nexos con el Cártel de Sinaloa, intentó reincorporarse el 21 de agosto; en poco más de un día, ante el rechazo público de la propia Presidenta y de varios gobernadores de Morena, pidió una licencia indefinida, y el Congreso local designó a una gobernadora interina, Graciela Domínguez Nava, para terminar el periodo hasta 2027. Zepeda se adelanta a quienes «querrán leer entre líneas e inventar titiriteros», y sostiene que todo derivará en interinas cercanas a Palacio, sin más.

Ahí conviene abrir la otra cara, que la columna no ofrece. Lo que el autor celebra como control hábil, un lector crítico lo leería como concentración: un partido, una Fiscalía, una Auditoría y ahora un gobierno estatal cada vez más alineados con Palacio dejan menos frenos al poder presidencial. Que a un gobernador se le aparte desde el centro y se le sustituya por alguien afín puede ser buena gestión o puede ser lo que el columnista descarta, la mano del titiritero. La versión sin titiriteros es su interpretación, no un dato probado, y el episodio de Rocha admite las dos lecturas.

Con ese matiz a la vista, su pronóstico es coherente con su simpatía. Anticipa una versión potenciada de la mandataria que hemos visto, sujeta como cualquiera a la posibilidad del error, y llama a la Claudia 4.0 una «buena noticia», con una condición que él mismo pone, que crezca la economía y avance el combate a la corrupción. Es una columna de simpatía declarada, y su encuadre, el de una consolidación sin traumas, tiene un reverso que apenas roza.

El valor del texto está en que dibuja, con lucidez y desde la admiración, el mapa real de cómo se acumuló el poder en este gobierno. Y planta, quizá sin querer, la pregunta que un lector menos entusiasta se llevará: una Presidenta que ha retirado todos los contrapesos dentro de su propio movimiento es formidable, pero su fuerza se medirá menos por apartar a un aliado incómodo que por enfrentar a alguien a quien no pueda reasignar. El propio Zepeda nombró esa prueba hace unos días, llevar a tribunales a un alto miembro de Morena por iniciativa propia. Mover a Rocha del tablero todavía no es eso.

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