Hace unos años, Suzanne Garfinkle-Crowell notó que algo había cambiado en su consultorio. Las adolescentes y mujeres jóvenes que llegaban a su primera cita psiquiátrica ya no temían que les dijeran que algo andaba mal en ellas; al contrario, anunciaban su diagnóstico, déficit de atención, trastorno obsesivo compulsivo, ansiedad, depresión, casi antes de decir su nombre. Habían buscado sus síntomas en Instagram, respondido cuestionarios en TikTok y comparado sus males con los de sus amigas. Eran de todo tipo, atletas y faltistas, presidentas de clase y chicas que trabajaban para sus gastos, y hablaban con fluidez el idioma de la terapia antes de que la terapia empezara.
La psiquiatra confiesa su doble reacción, y ahí la pieza se vuelve entrañable. La médica que hay en ella repasaba de inmediato la sopa de siglas de los tratamientos y sus medicamentos; la madre de la generación X reprimía una mueca. Quien tenga una hija adolescente, dice, conocerá esas dos respuestas, el terror por su bienestar o el desconcierto ante la jerga, y hasta el impulso de convencerla de que todo está bien. Ninguna de las tres, advierte, sirve para escuchar lo que la chica intenta decir.
De años de escuchar extrae su idea central, que en estas jóvenes las palabras del diagnóstico funcionan distinto. No siempre son verdades científicas frías atadas a un tratamiento con evidencia; con frecuencia, sugiere la investigación que cita, son un mecanismo para sobrellevar el dolor, el intento de hallar una narrativa aceptada donde alojar una pena muy personal. Su fórmula, tomada prestada de otra célebre, es escuchar ese lenguaje «en serio, pero no al pie de la letra».
Los ejemplos son el corazón del texto. Una chica se autodiagnosticó depresión y admitió después que buscaba que la médica se preocupara por ella. Otra se aferraba al déficit de atención porque la conectaba con una comunidad en línea que la hacía sentir menos sola. Varias insistían en encajar en la definición de ansiedad porque les resultaba menos aterrador culpar a un defecto del cerebro que rastrear el origen real de su malestar, que resultó ser una mezcla de enojo hacia sus seres queridos y culpa por sentirlo. Una más usaba sus etiquetas como un cajón donde meter todo lo que juzgaba «excesivo» en ella, para cumplir con el ideal adolescente de mostrarse tranquila.
A veces, aclara, el autodiagnóstico era certero; muchas otras, la etiqueta parecía un punto medio entre un sentimiento incómodo y el deseo de ser aceptada. ¿Son esas etiquetas una fuente de fortaleza o una camisa de fuerza?, se pregunta, sin darse una respuesta fácil. Y sale al paso de un prejuicio: las jóvenes son el motor de esta tendencia y, a la vez, el grupo con el peor perfil de salud mental, y sospecha que se lee su lenguaje como debilidad y autocomplacencia justo porque se asocia con mujeres jóvenes, a las que se suele tachar de frívolas.
Sobre su gremio hace una confesión desmitificadora. Los terapeutas, dice, piensan en el diagnóstico mucho menos de lo que uno creería, en parte porque sus categorías son más flexibles que las de otras ramas de la medicina y cambian con el tiempo, sobre todo en los jóvenes. Como no hay dos personas que vivan igual un padecimiento, primero hay que entender a la persona. Empezar por la etiqueta, en cambio, estorba ese trabajo, hace sentir a los seres queridos que sobran, como si tocara apartarse y dejar la tarea a los profesionales, y frena el difícil proceso de autodescubrimiento de la joven.
Antes de dar su método, deja clara su postura, más vale un mundo donde se habla de más sobre el trauma que uno donde a quien es distinto lo empujan a un casillero. Lo ideal, dice, sería que las chicas dejaran de culpar a su cerebro de cada problema y no sintieran que deben estar enfermas para ser escuchadas. Mientras no tengan un vocabulario más fino, propone escuchar de otra manera, mediante pequeños actos de traducción. Quien dice tener déficit de atención quizá encaje en la definición o quizá esté diciendo que se siente dispersa y abrumada; quien dice «ansiedad» está nerviosa o insegura; quien se dice «deprimida» acaso se sienta sola y sin esperanza; y quien llama «tóxico» a todo el mundo señala, bajo el cliché, un daño concreto. Se trata de ofrecer ese sentido menos literal con delicadeza, para entender sus palabras y ver qué hay detrás, no para auditarlas.
Ese ejercicio, cierra, es callado, pero cambia la energía con que uno se presenta, y con adolescentes eso es media batalla: reaccionar de más vuelve el asunto sobre los miedos propios, y tranquilizar demasiado rápido parece restarle gravedad. Buscar lo que la joven de veras dice, más allá de la palabra de moda, evita ambos errores, y es al final un ejercicio de empatía, de salir del perímetro de la propia mirada. Lo remata con una frase que se atribuye a Monet, que para ver una cosa hay que olvidar su nombre, y con una etiqueta que circuló en internet, normalicemos dejar de llamar locas a las mujeres. El valor del ensayo está en que no se burla de la generación que habla en diagnósticos ni compra cada etiqueta al contado; desde dentro del oficio, propone una tercera vía, la de tratar ese lenguaje como una puerta y no como un veredicto. Y devuelve su dignidad a lo que parecía fragilidad, al leerlo como lo que en el fondo es, la manera que encontraron muchas jóvenes de pedir que las escuchen.







