El viernes próximo pasado, me impactó el enterarme ―a través de una publicación en redes sociales― del traslado de los restos del “Señor Piña” del Panteón Hidalgo a las criptas de la Santa Iglesia Catedral en donde ya reposaban ―en espera de la resurrección de la carne― los restos de Mons. Andrés Segura y Domínguez, Mons. Manuel Azpeitia y Palomar, Mons. Anastasio Hurtado y Robles, Mons. Alfonso Humberto Robles Cota y Mons. Ricardo Watty Urquidi, todos ellos ―a diferencia de Mons. Manuel Piña Torres― obispos titulares de nuestra diócesis de Tepic.
Como era esperable, vinieron a mí los recuerdos del traslado de las cenizas de mi hermano Manuel, de las criptas de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen a las criptas de catedral el año pasado [motivado no tanto por el buen gusto y buen cuidado que guardan, sino, sobre todo, porque ese espacio reservado para presbíteros diocesanos difuntos parece ser el más adecuado para que presbíteros que no tuvieron un arraigo parroquial como el que otros han tenido y mantenido y para aquellos cuyos familiares así lo decidan ―reconociendo que con la ordenación “dejaron padres, madres, hermanos y hermanas” por “la Iglesia”―].
No se diga en el caso de los obispos que mueren en las diócesis a ellos encomendadas ―sea ejerciendo aún su ministerio episcopal o como obispos eméritos― y, en casos como el del “Señor Piña” [utilizo aquí la manera como se solía referirse a él] este traslado también parece pertinente aun suponiendo, de algún modo, un segundo “dejar a la familia por la Iglesia”…
Sus restos reposan ya en una cripta de la Santa Iglesia Catedral de Tepic, en la que le recuerdo ya como obispo celebrando la Eucaristía dominical en aquel contexto del paso de la Misa Tridentina ―misteriosamente celebrado en un altar con el celebrante de frente al altar y dando la espalda al pueblo de Dios, mientras los fieles acompañaban la celebración con diversas devociones― a las celebraciones regidas por el Misal Romano elaborado conforme a la reforma litúrgica introducida por el Concilio Vaticano II y, más específicamente, por la constitución “Sacrosantum Concilium”, entre cuyos cambios más significativos se pueden mencionar la relevancia que adquirió la liturgia de la Palabra, la introducción de las lenguas vernáculas para las celebraciones, la posición de quien preside la celebración de frente al pueblo y el carácter dialogal de la mayor parte de la celebración…
La verdad, no recuerdo muchos detalles de las celebraciones del “Señor Piña” en las que participé, pero sí recuerdo muy bien que ―hacia el final de la Misa― recitaba u oraba con el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
En este contexto del traslado de sus restos a las criptas episcopales de la Catedral, bien podemos imaginar a Don Manuel Piña, desde una nueva perspectiva ―la de quienes algo así como un cielo provisional― esperan la resurrección de su carne; contemplan la “nueva Jerusalén, bajando del cielo, de Dios, preparada como novia que se arregla para el novio” y escuchan una voz venida del cielo que dice: “mira la morada de Dios entre los hombres: habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos”― pronunciar, de nuevo, la última estrofa de ese soneto:
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
De su ministerio, ya se ha dicho lo fundamental en estos días: nacido en El Roble, Sinaloa, el 07 de diciembre de 1910; ordenado sacerdote el 31 de marzo de 1934 por la diócesis de Tepic; párroco de Tepic; Vicario General ―puesto desde el cual fue nombrado Obispo Auxiliar de Don Anastasio Hurtado y obispo titular de Milevi [en la actual Argelia] el 12 de mayo de 1958 y al que renunció el 14 de mayo de 1970―; participante en las sesiones del Concilio Ecuménico Vaticano II [1962, 1963, 1964 y 1965]; fallecido el 07 de julio de 1997 y sepultado en la cripta familiar sita en el Panteón Hidalgo de la ciudad de Tepic.
A lo ya dicho quisiera agregar un comentario de mi hermano Manuel que encontré en una conferencia suya dictada en la apertura del Segundo Encuentro de Nueva Evangelización celebrado en Tepic el 04 de julio de 2016:
“Tengo presente en la memoria cómo al regreso de cada una de ellas [las sesiones del Concilio], desde el púlpito de la catedral, con su traje prelaticio (sotana morada, roquete y mantelete y más tarde muceta) y con la voz educada y dicción a la vez comprensible y elegante del último predicador clásico que me tocó escuchar, exponía los temas principales que se habían tratado en la reunión ecuménica: el papel del Espíritu Santo y el lugar de la Virgen María dentro del pueblo de Dios, la diferencia entre el ‘mundo’ entendido como los enemigos de Cristo y como realidad para apreciar y evangelizar, las relaciones entre el primado y el episcopado, la renovación litúrgica, la importancia de los laicos y del sacramento del bautismo, la actitud pastoral del confesor, los judíos en el pretorio de Pilatos y el pueblo judío actual, el comunismo y la ‘Iglesia del silencio’”.
Y otro “de mi propia cosecha” relativo a esa coyuntura entre la aceptación de la renuncia de Don Anastasio Hurtado como obispo de Tepic el 13 de julio de 1970 y el nombramiento de Don Adolfo Suárez Rivera, el 14 de mayo de 1971, un año de fuerte tensión diocesana entre la continuidad y la renovación, la cual, providencialmente ―creo yo― se resolvió en la dirección correcta: la de la renovación o el “aggiornamento” diocesano, con la inevitable afectación de quienes albergaban la esperanza de la continuidad, entre ellos, Mons. Manuel Piña Torres…
[Me queda la duda de la fecha de la renuncia del “Señor Piña” ―14 de mayo de 1970― porque me parece más lógico que hubiera sido un año después, el día del nombramiento de Don Adolfo Suárez…]







