Ricardo Monreal Ávila ha encontrado en la Cámara de Diputados un lugar que parece hecho a la medida de su experiencia: suficientemente cerca del poder para influir en sus decisiones, pero con la distancia necesaria para advertir sus riesgos. Como coordinador de Morena y presidente de la Junta de Coordinación Política, se ha convertido en el protagonista de un oficialismo centrado, asertivo y equilibrado, capaz de defender el proyecto de Claudia Sheinbaum sin renunciar por completo a la negociación, la prudencia y el reconocimiento de la realidad.
En una mayoría legislativa donde abundan los discursos absolutos, Monreal suele introducir matices. No desconoce la fuerza parlamentaria de Morena, pero tampoco actúa como si esa fuerza fuera ilimitada. Cuando los votos no alcanzan, lo admite; cuando los aliados expresan diferencias, negocia; cuando una reforma encuentra resistencias políticas o sociales, prefiere revisar los tiempos antes que conducirla directamente al fracaso.
Esa conducta no es producto de una conversión reciente. Es consecuencia de una trayectoria que comenzó en el PRI, pasó por el PRD y el PT y terminó por colocarlo entre los fundadores y principales operadores de Morena. Ha sido diputado, senador, gobernador de Zacatecas, jefe delegacional y aspirante presidencial. Conoce tanto las posibilidades del poder como la fragilidad de las mayorías.
Su principal atributo político es saber leer el momento. Monreal entiende que gobernar no consiste únicamente en tener razón desde la perspectiva propia, sino en reunir los votos, procesar los intereses y administrar las diferencias. En el Congreso, esa capacidad puede ser más útil que la estridencia.
La reforma electoral mostró con claridad esa función. Mientras algunos sectores del oficialismo la presentaban como una transformación inevitable, Monreal reconoció públicamente que se trataba de una de las negociaciones más difíciles y que Morena necesitaba conservar el respaldo del Partido Verde y del Partido del Trabajo. Cuando aparecieron las resistencias, insistió en que todavía existía margen para alcanzar acuerdos, sin convertir las diferencias en una ruptura anticipada.
Ese comportamiento define su papel: no es el ideólogo más radical de la transformación ni pretende serlo. Es su traductor legislativo, el encargado de convertir las decisiones políticas en acuerdos posibles. Su tarea no consiste en encender a las bases, sino en evitar que el entusiasmo de las bases termine complicando la gobernabilidad.
Monreal también ha contribuido a diferenciar el estilo de Claudia Sheinbaum del que caracterizó a Andrés Manuel López Obrador. Mientras el expresidente privilegiaba la movilización, la confrontación pública y la disciplina en torno a su liderazgo, la presidenta necesita consolidar instituciones, sostener una coalición diversa y conducir reformas en un escenario político que ya no depende exclusivamente del carisma de un solo dirigente.
En esa transición, Monreal representa continuidad, pero también adaptación. Defiende al gobierno, acompaña su agenda y mantiene la cohesión de la bancada; al mismo tiempo, acepta dialogar con los adversarios, concede espacio a las reglas parlamentarias y procura impedir que las diferencias internas se conviertan en fracturas irreparables. En noviembre de 2025, por ejemplo, reconoció desde el pleno que el priista Rubén Moreira tenía razón al exigir el respeto de un acuerdo parlamentario. El gesto fue pequeño, pero revelador: admitir públicamente la razón de un opositor se ha vuelto excepcional en la política mexicana.
Su equilibrio, sin embargo, no equivale a neutralidad. Monreal pertenece al oficialismo y trabaja para que su agenda avance. Ha acompañado reformas controvertidas y ha utilizado la mayoría de Morena cuando la negociación no produce consensos. Su moderación está en las formas, en los tiempos y en la capacidad para escuchar; no necesariamente en el contenido de todas las decisiones.
Esa distinción es importante. Presentarlo como un contrapeso independiente sería exagerado. Su función consiste más bien en evitar que el poder se desborde por falta de oficio político. No detiene la maquinaria oficialista: procura conducirla, corregir su trayectoria y advertir cuándo el camino está cerrado.
Tampoco está libre de contradicciones. Las polémicas por sus traslados en helicóptero, los señalamientos de nepotismo alrededor de su familia y sus desencuentros pasados con la dirigencia de Morena han desgastado la imagen austera que exige el movimiento. La postergación hasta 2030 de la prohibición constitucional contra el nepotismo, cuando su hermano Saúl Monreal aspiraba a competir por la gubernatura de Zacatecas, alimentó inevitables suspicacias.
Pero incluso esas controversias ayudan a explicar su supervivencia. Monreal no ha permanecido durante décadas porque carezca de adversarios, sino porque sabe procesar los conflictos y regresar al centro de las decisiones. Ha perdido competencias internas, ha sido cuestionado desde su propio partido y ha quedado temporalmente fuera del círculo más cercano, pero conserva una cualidad indispensable para cualquier gobierno: sabe operar políticamente.
En tiempos de polarización, su voz destaca porque no necesita gritar para demostrar lealtad. Puede defender a la presidenta sin convertir toda crítica en una conspiración; reconocer dificultades sin declarar derrotado al movimiento; pedir unidad sin negar que existen ambiciones, grupos e intereses enfrentados dentro de Morena.
Esa es la importancia de Ricardo Monreal en el segundo piso de la transformación. Representa una política menos espectacular, pero más funcional: la que calcula, escucha, negocia y sabe retroceder cuando avanzar significaría romper.
Morena posee una mayoría considerable y Claudia Sheinbaum conserva una enorme fuerza política. Sin embargo, ninguna mayoría es eterna ni completamente homogénea. El desafío del oficialismo ya no es solamente conquistar el poder, sino ejercerlo sin perder cohesión, eficacia ni contacto con la pluralidad del país.
En ese escenario, Monreal cumple una misión que pocos pueden desempeñar: ser leal sin parecer incondicional, firme sin ser estridente y negociador sin proyectar debilidad. No es el rostro más radical de Morena ni el más cercano emocionalmente a sus bases. Es, acaso, el representante más visible de un oficialismo que comprende que transformar también exige escuchar, corregir y construir acuerdos.







