7.7 C
Tepic
jueves, septiembre 10, 2026
InicioOpiniónMúsica y censura

Música y censura

Fecha:

spot_imgspot_img

Qué bueno que se hizo noche para empezar la loquera
Vayan trayendo los botes pa’ agarrar la borrachera
También tráiganse unas tontas pa’ gozarlas de a de veras
Que no falte el aditivo, saben que soy cocaíno

José Alfredo Ríos Meza El Komander

Leo la cuarteta del eximio compositor sinaloense El Komander y me escandalizo. En un tris estoy de pontificar: ¡Qué barbaridad! ¡Qué tiempos son estos!

Pero no, definitivamente no son los tiempos, es mi propia apreciación de lo correcto, lo decente, lo políticamente correcto y no sé cuántos otros adjetivos más. La relación de la sociedad con la música, especialmente la que dice cosas, es todo un compendio de la lucha por la libertad de expresión.

La música refuerza la facilidad con que las palabras se inscriben en nuestra memoria. Recuerde usted aquella tonadilla con que los escolares aprendíamos (cuando esto era importante) las tablas de multiplicar. Así que, desde los romances castellanos de los siglos XV y XVI, pasando por los villancicos y sones mexicanos de los siglos XVII y XVIII, hasta los corridos que de todos los temas posibles se han hecho en México, la sociedad ha expresado con música y canto sus anhelos, desventuras, reclamos y, por qué no, glorificado o condenado los hechos cotidianos.

Puede no gustarnos la línea que dice “También tráiganse unas tontas pa’ gozarlas de a de veras”, lo que no quita al hecho su existencia ni hará que las mujeres deseen ser tontas para ser gozadas. Así que, ¿debemos rasgarnos las vestiduras y echar ceniza sobre nuestra cabeza? ¿Y pedir la prohibición de tales despropósitos? Me parece que la respuesta es no.

El prohibicionismo asociado a las manifestaciones artísticas es pernicioso. Un censor de primera línea fue por siglos la Iglesia, que arremetía por allá del año de 1772 en contra de música como el son gatuno, que decía: “Esta noche he de pasear / con la amada prenda mía, / y nos tenemos de holgar / hasta que Jesús se ría”.

Todavía en el pasado siglo, la Iglesia tuvo la fuerza para meterse en temas tan alejados de la teología o la salvación de las almas como fue el obligar a modificar la letra de un bolero del cubano José Antonio Méndez, que osó escribir: “Desmiento a Dios porque al tenerte yo en vida, no necesito ir al cielo…” Y para que pudiera ser escuchado en la radio y cantado por Pedro Infante, tuvo que cambiar a: “Bendigo a Dios porque al tenerte”, etc., etc. Aunque fue poco lo que pudo hacer contra la cascada de canciones que, arrancadas del burdel por el señor Agustín Lara, que se ganó el mote de El músico poeta, popularizó con títulos tan sugerentes como: Aventurera, Pecadora, Señora tentación, Morucha o Cada noche un amor, que hicieron apología del cabaret y todo el submundo del comercio carnal, dirían los persignados.

Así, hasta llegar a los años sesenta, en los que la represión social y económica sacó prácticamente del mercado a la música que pudiera incomodar a las buenas conciencias del país, y en la radio y la televisión se escuchaban, en español, versiones ñoñas del rock, cumbias en las que lo más sensual era una mujer desnuda que lograba desmayar a un asaltante. Sin embargo, los jóvenes, sobre todo los universitarios, se refugiaron en la denominada música de protesta, en su mayor parte compuesta de cantos folclóricos y composiciones de autores como Violeta Parra, Daniel Viglietti, Silvio Rodríguez, entre otros.

Pero la censura y su acompañante, la represión, tuvieron su mejor momento después del famoso festival de Avándaro, celebrado en el septembrino mes de 1971, en el que bandas como Three Souls in My Mind, Dug Dug’s, Tinta Blanca, El Ritual y otras hicieron las delicias de lo que la prensa del momento, a solo unos meses de la matanza del Jueves de Corpus, señaló como “Jipis drogadictos que atentan contra los valores de la mexicana alegría”, entre otras lindezas.

Los jóvenes rockeros fueron reprimidos y marginados, debiendo refugiarse en la clandestinidad de los llamados Hoyos Fonqui, en los que Three Souls in My Mind, transmutado en El Tri, cantaban cosas tales como: “Óigame, señor, / yo a usted nada le puedo servir. / Este manicomio no tiene servicio de bar / y no soy cantinero, / soy el loquero de este hospital”. De Oye Cantinero, 1972. No debemos olvidar que, al paso del tiempo, los ya no tan jóvenes rockeros conquistaron los medios comerciales.

Ya en el presente siglo, las baterías de la censura se alinean en contra de los peligrosísimos narcocorridos, que, aunque fueron interpretados por grupos como Los Tigres del Norte desde los años 70, no fue sino hasta principios de los 90 y después, en 2010, sin que exista legislación federal al respecto, cuando, de manera local, estados y municipios intentan proteger a sus habitantes, si así lo piensan, prohibiendo la interpretación de música que haga apología del delito.

Ejemplos hay de todo tipo, en distintas épocas y en distintos países. Los gringos, que todo lo resuelven con las comparecencias ante algún comité del Senado, tienen la infame historia de 1985 del comité promovido por una asociación de padres de familia que pretendía establecer etiquetas en las que se advirtiera si la música hablaba de violencia, alcohol, sexo u ocultismo. Músicos como Frank Zappa y John Denver hicieron una defensa apasionada de la libertad de expresión, y no omito comentar que las canciones incluidas en la primera lista de discos sucios que seleccionó el mentado comité —Filthy Fifteen— vieron aumentar sus ventas.

Así que, finalmente, si a usted o a mí nos molesta que Peso Pluma escriba o cante: “La taquicardia pega con la pinche chiclona / En el Cullinan echando palo, que esta noche se corona…”, pues simplemente desempolve algún vinilo en el que pueda escuchar a Lara entonando: “Vende caro tu amor, aventurera / Da el precio del dolor a tu pasado / Y aquel que de tu boca la miel quiera / Que pague con brillantes tu pecado”. Ah, ¿que su edad no le permitió saber de Lara? Escuche entonces a Alex Lora o a Rockdrigo González.

spot_img

Más artículos

spot_img
spot_img
spot_img
Artículo anterior