El domingo, a las cinco de la tarde, recibí un mensaje en el teléfono donde me informaban que al día siguiente, lunes 28, tendría lugar la designación de las coordinaciones de la Cuarta Transformación para los siete estados pendientes, entre ellos, Nayarit. La hora decisiva había llegado.
A las 7:30 de la noche abordé el autobús de Ómnibus de México en la terminal Colosio de Tepic. René Ruiz llegó apresurado con portatraje en mano y me preguntó si también viajaba a la designación; sonreí y asentí. Al subir al pasillo me encontré a Zeferino Lora: Ex-perredista, hombre de mil batallas, originario de Tecuala, quien se trasladaba a la capital para gestionar proyectos de desarrollo para el norte de Nayarit y, de permitirlo su agenda, acudir al evento político. “Chefe”, como lo he llamado siempre, es un hombre alto y corpulento; me tocó compartir asiento con él. La charla resultó inmejorable; el acomodo para descansar, no tanto, pues el espacio para estirar las piernas quedó bastante reducido.
La operadora del autobús era una mujer joven que, por azares del destino, se llamaba Jazmín. “Buen presagio”, pensé para mi, imprimiéndole una dosis de pensamiento mágico a las cavilaciones del camino. Cerca de las cuatro de la madrugada, ella entonaba baladas de Emmanuel al volante con singular emoción: «Pero este terco corazón no te olvida, no te olvida…». En medio del insomnio, evoqué de golpe mis trayectos estudiantiles a la capital a inicios de los años ochenta. Una hora más tarde, ya enfilados hacia la entrada a la ciudad, Yuri y nuestra conductora sellaban la travesía a coro con La maldita primavera. Aquello fue un auténtico déjà vu.
Al arribar a la Central del Norte, todavía somnoliento, me despedí de Zeferino. Tras una prolongada fila para tomar taxi, abordé un vehículo conducido por un hombre de edad avanzada —quizá cercano a los ochenta años—, quien manejó con desesperante lentitud rumbo al departamento de mi hijo en la colonia Nápoles. El chofer, con un asombroso parecido físico con don Melquiades Sánchez Orozco —aquel entrañable locutor nayarita que fue la voz oficial del Estadio Azteca—, amenizó el trayecto con cumbias de la profundidad de los barrios de Tepito y la Guerrero: una hora entera de concierto tropical en medio del denso tránsito matutino.
Dormí apenas tres horas. Al despertar con sobresalto noté que Rafa Sandoval, operador cercano a Jasmin Bugarín, aún no se comunicaba para comentarme cómo sería el traslado a la sede del evento. Le envié un mensaje y me aclaró que el punto de reunión sería a la 1:30 de la tarde frente al World Trade Center, debido a que las mesas de negociación y los anuncios se venía demorando. Por la mañana ya se había oficializado la coordinación de San Luis Potosí, entidad donde Morena y el Partido Verde acordaron competir por vías separadas.
Pregunté por la vestimenta, me dijo que era formal, pero sin corbata, lo que suponía que me tenía que calzar zapatos formales de vaqueta. Iba prevenido, traía unos bostonianos que tenía cinco años que no me los ponía. Aunque necesaria, fue una mala decisión.
Desde el departamento seguí por YouTube la designación de Tlaxcala. Entre lágrimas de emoción de la senadora Ana Lilia Rivera al pronunciar su mensaje, el representante del Partido Verde felicitó calurosamente a la abanderada morenista y reconoció al aspirante de su propio instituto. Levanté las antenas de inmediato: la correspondencia mutua es una de las cortesías más arraigadas en este tipo de definiciones partidistas. Reconocer candidaturas ajenas suele anticipar concesiones estratégicas; apoyo tu candidata, para que tu apoyes la mía. Para mí, aquello constituía una señal inequívoca de lo que podía pasar en el caso Nayarit.
Salí caminando del departamento con mis zapatos formales. Llegué al punto acordado. Más que una oficina formal, el equipo de apoyo a la senadora se congregaba bajo la sombra de unos árboles en la esquina de Oklahoma y Filadelfia, a espaldas de las oficinas de Cofepris y frente al acceso del WTC. Tras caminar cinco cuadras a paso forzado, arribé renqueando para toparme con semblantes serios y cargados de tensión. Rafa conversaba con varios compañeros, entre ellos Miguel Espejo y Carlos Ruvalcaba, mientras el diputado Vélez cruzaba de un grupo a otro. En la banqueta permanecían sentados, taciturnos, Margarita Flores y Ríos Lara. Indagué si Jasmin ya había ingresado al inmueble y cuál era su estado de ánimo; me aseguraron que se encontraba adentro, serena, al grado de bromear antes de entrar: “¿O me ven nerviosa?”. Se lo comenté a Rafa: ocurre como en las turbulencias aéreas, si el piloto transmite calma, el pasaje debe conservar la serenidad. Solo nos quedaba esperar.
El hermetismo se fracturaba por momentos. A la 1:50 de la tarde irrumpió un nutrido contingente con pancartas y banderas al grito unísono de «¡Geraldine, Geraldine!». El estruendo retumbó en las inmediaciones. Aunque no logré ver a la alcaldesa de Tepic entre el gentío, las transmisiones en redes sociales mostraban su arribo vestida con un traje sastre lila y chaleco al tono. Los vítores y consignas se prolongaron unos minutos; hacia el final, se escucharon algunas porras en favor de Héctor Santana, aunque con menor intensidad.
A las 2:10 se anunció que Clara Luz Flores asumiría la coordinación en Nuevo León. No fue Tatis”, cavilé, advirtiendo la ausencia de la dirigencia del Partido del Trabajo, que ya había fijado su postura de inconformidad en un comunicado. Concluida la definición de Nuevo León, la expectativa creció al límite. Un comisionado de traje formal repartió los gafetes de acreditación en cuotas equitativas por equipo para evitar desbordamientos. “El acceso es a las tres; acérquense al filtro”, instruyó.
En la fila me encontré con viejos conocidos: Severiano Ocegueda, Julio Betancourt y el senador Alejandro García —integrantes del bloque que respalda a Pável Jarero—, así como a la maestra Miriam Tirado, afín al proyecto de Elizabeth López Blanco. El saludo fue sincero y afectuoso. “La suerte está echada”, le dije con aprecio a Severiano, buen conocedor de las fuentes clásicas. «Alea iacta est», me respondió, evocando la célebre sentencia de Julio César.
A las 3:05 de la tarde abrieron los accesos previa verificación de acreditaciones. Hubo conatos de ingreso sin pase que el personal de contención frenó en seco. Con lentitud entramos al salón donde se levantaba el templete institucional. A esas alturas el dolor en las piernas y los pies era agudo, ya no soportaba los zapatos, por lo que caminé despacio hasta ocupar asiento en la octava fila; Rafa, Carlos, el diputado Vélez y José Gómez lograron ubicarse entre la cuarta y quinta.
El auditorio alcanzó el cupo máximo en cuestión de minutos y el nerviosismo se acentuó. El reloj corría sin novedades. Varios reporteros nayaritas transmitían en vivo hasta que la organización les solicitó apagar los equipos y aguardar el inicio formal, aunque algunos continuaron emitiendo con discreción desde sus dispositivos móviles. De la rigidez expectante, el auditorio pasó a un murmullo de inquietud generalizada. María Alejandra, la pequeña hija de la alcaldesa Geraldine, correteaba sobre la tarima hasta que su padre la tomó en brazos. Tras casi una hora de espera, el salón cayó en un silencio sepulcral: era evidente que en la mesa de diálogo las dirigencias y los aspirantes desataban un debate crucial. No era para menos, después se conoció que a la comisionada de Morena, Citlalli Hernández, le correspondía desglosar la metodología técnica de las encuestas y hacer valer el criterio de paridad de género en una entidad altamente competitiva para el oficialismo como Nayarit y enfrentar los cuestionamientos de las y los aspirantes.
A las 4:20 de la tarde los reporteros gráficos corrieron a posicionarse al pie del estrado. La espera terminaba. La comitiva de dirigentes nacionales ingresó al recinto acompañada por las representaciones de los partidos aliados. En medio de la comitiva marchaba Jazmín Bugarín: la mirada al frente, erguida y con una sonrisa contenida. En ese instante tuve la certeza absoluta de su triunfo. Observé al resto de los aspirantes: a Héctor Santana con expresión de alivio; a la alcaldesa Geraldine con el semblante serio y la mirada fija; a Pável Jarero y a Elizabeth López con postura relajada, y a José Antonio Partida Razura (JAPAR) —personaje de la picaresca política local— que se había colado magistralmente al concilio y fue testigo directo de lo que sucedió.
Citlalli Hernández tomó el micrófono, detalló las conclusiones del proceso interno y tomó la protesta estatutaria a Jasmin Bugarín como coordinadora para la defensa de la transformación en Nayarit. La senadora pronunció un discurso firme y mesurado, enfocado en la reconciliación, la unidad política y el fortalecimiento de las causas sociales que sustentan a la coalición de Morena, el Partido Verde y el Partido del Trabajo.
La catarsis posterior fue conmovedora: simpatizantes al borde de las lágrimas al disiparse la presión contenida, felicitaciones cruzadas y adversarios de la contienda estrechando manos y abrazos en señal de civilidad. Me acerqué a saludar con calidez al padre de la senadora, tocado con su tradicional sombrero de campo y camisa de cuadros; a su esposo, a sus hermanos y a los cuadros jóvenes que han empujado el proyecto, con Rafa Sandoval a la cabeza.
Al concluir el acto sentí el rigor físico del día: cada paso me recordaba la fatiga acumulada en los tobillos y en la planta de los pies y los zapatos me pesaban una tonelada. Sin embargo, la certidumbre compensa cualquier cansancio: habíamos presenciado, una vez más, una jornada que marcará el rumbo político contemporáneo de nuestra tierra. Finalmente, el dolor es pasajero.



