A dos años en el cargo, Claudia Sheinbaum conserva una aprobación vecina al 70 por ciento, mayoría en las dos Cámaras y un movimiento que domina amplias porciones del territorio, frente a una oposición que no consigue ofrecer una alternativa creíble. En un mundo donde la inflación y la inseguridad han erosionado a tantos liderazgos, junto con la desconfianza hacia las instituciones, esa posición vuelve a la presidenta mexicana una figura poco común. Así la lee Jorge Zepeda Patterson, quien atribuye la solidez a un estilo de gobierno que huye de la estridencia.
El sello que describe el columnista tiene nombre propio en su pluma: una «izquierda con Excel», con los compromisos de la tradición popular procesados a través de datos y metas de presupuesto. En otro texto la llamó «CEO de la Administración pública». La imagen apunta a un gobierno que prefiere el diagnóstico al arrebato, más cómodo en la ejecución que en el relato.
Zepeda sitúa el punto de partida en la herencia de Andrés Manuel López Obrador (2018-2024), el político carismático que rehízo el sistema alrededor de su figura y de su vínculo directo con las mayorías, hasta proclamar una Cuarta Transformación. Sustituirlo, sostiene, cargaba dos peligros: quedar reducida a gestora de una obra heredada o precipitar un quiebre que fracturara a los suyos. La salida de Sheinbaum, en su lectura, ha sido preservar la carga simbólica de la 4T mientras le imprime al llamado segundo piso una lógica menos épica. Donde López Obrador fue narrador, ella se muestra ejecutora: un perfil de formación científica que busca proyectar coherencia y previsión, y que traduce la ideología en programa y calendario.
El terreno económico merece, para el autor, una lectura aparte. Reconoce que el sexenio anterior elevó el poder de compra y extendió los apoyos sociales sin sacudir a los mercados, aunque el crecimiento resultó modesto: 0.8 por ciento anual promedio del PIB, según recuerda. Sheinbaum querría refutar la idea de que la redistribución sacrifica el dinamismo, y para ello añade a la política social un impulso al capital público y privado. Si el país crece alrededor del 1.5 por ciento en 2026 y entre 2 por cienri y 2.5 por ciento en 2027, como anticipan las estimaciones que cita, la segunda mitad del sexenio ofrecería mejores condiciones. Esas cifras coinciden con lo que hoy proyectan la OCDE y el Banco de México para 2026, y con las previsiones más altas de Hacienda para 2027, todavía sujetas a revisión.
La debilidad de la oposición figura entre los activos que enumera Zepeda. Los partidos que enfrentan a Morena, escribe, no han armado una crítica que rebase el reproche moral o legal, ni una oferta que resulte atractiva para quienes vieron crecer sus ingresos. El predominio en el Congreso y el arraigo territorial ensanchan esa ventaja y abren la puerta a cambios de largo plazo. El propio columnista advierte el reverso: el poder puede concentrarse en exceso y confundir la eficacia con la unanimidad. Sheinbaum, apunta, predica la austeridad con el ejemplo (vuela en clase turista y viste sin marcas), con poco efecto sobre una clase política que sigue atando el poder al privilegio.
Aquí el texto abre un tramo que un lector crítico agradecería más desarrollado. Zepeda reconoce que parte del malestar contra el Gobierno tiene sustento, y enlista los reclamos: la violencia y las desapariciones, el control territorial de los grupos criminales, la militarización de funciones civiles, el debilitamiento de contrapesos con dudas sobre la independencia judicial, la opacidad y el desgaste de los órganos autónomos, las fallas en salud y el desabasto de medicamentos. La enumeración es franca, aunque el columnista la coloca como un pasivo más, cuando se trata del flanco que la propia narrativa oficial menos ha conseguido cerrar. Para el ciudadano que padece esos rubros, la modernización administrativa que celebra el texto convive con deudas que ninguna hoja de cálculo ha saldado.
El capítulo más espinoso de su balance es el vínculo con Estados Unidos. La dependencia de fondo en comercio y remesas estrecha el margen, y el regreso de Trump ha vuelto las presiones más explícitas, de los aranceles a las amenazas migratorias, con exigencias en materia de seguridad. Sheinbaum, describe el autor, camina por una cuerda floja: defiende la soberanía sin provocar una ruptura costosa para millones de mexicanos, y prioriza la viabilidad sobre el gesto. Hasta ahora, concede, ha salido bien librada frente a la animadversión de la Casa Blanca.
La dimensión de género ocupa un lugar propio en el artículo. Sheinbaum es la primera mujer en la presidencia de un país de inercias patriarcales, y Zepeda destaca que ejerce el mando sin endurecer el gesto ni apelar sin tregua a su condición como argumento de legitimidad. Esa forma de conducir, escribe, vuelve ordinario lo que antes se tenía por excepcional.
La pregunta que organiza el cierre es si la presidenta transformará su caudal político en obra propia. El tercer año, recuerda el columnista, acostumbra ser el tramo en que un gobernante rompe la inercia de arranque y se le juzga por su marca distintiva. Esa marca, en el caso de Sheinbaum, podría cifrarse en una modernización de la izquierda del país: menos caudillo y más plan. Inscribe ese posible legado en un contexto regional donde la derecha avanza empujada por el voto de castigo, y coloca a México y Brasil como los reductos que aún sostienen que una izquierda popular puede gobernar dentro de una economía de mercado, con Lula al sur y Sheinbaum al norte.
Queda, para el lector que no comparta el entusiasmo, una salvedad de método: buena parte del texto mide el éxito por la estabilidad y la aprobación, indicadores que también premian el control del relato y la ausencia de contrapesos. Que un gobierno sea popular y ordenado no zanja si las desapariciones disminuyen o si la justicia gana independencia. El propio analista deja abierta la duda al preguntar si su método alcanza para volverse «un proyecto de país con nombre propio». La respuesta, como él mismo sugiere, tendrá que leerse en los hechos del tramo que viene, más que en la eficacia con que se administre la conversación pública.



