Es la materia prima de la literatura la que, paradójicamente, la dota de su potencia creadora, al mismo tiempo que puede debilitarla por su aparente accesibilidad. Les digo a mis alumnos y me responden con un silencio general.
Así que les pregunto: ¿cuál es la materia prima de la literatura? Ellos no tardan en hacerme una lista de respuestas: la vida, dice el de ahí, las emociones, grita la de allá, las vivencias, la de acullá. Aspectos que, por supuesto, tienen que ver, y mucho, con la literatura, pero que no constituyen su materia prima en sentido estricto. La decepción en sus caras es evidente cuando les digo que la materia prima de la literatura es: la palabra. Me observan entonces como a ese mago ineficaz cuyos trucos son anticlimáticos a la hora de la revelación. No obstante, asumo mi postura –de mago maletas, sí, pero con dignidad– y reafirmo: la palabra. La literatura está –les digo en un susurro místico que busca generar suspense– hecha de palabras. La decepción incrementa y ahora es generalizada, algunos hasta ven la puerta del salón planeando la huida.
Entonces, lanzó otra pregunta como si fuera una bengala de salvación en el mar oscuro y desolado de mi inicial fracaso áulico. Pero, ¿qué es la palabra? La mayoría se ríe, asumiendo una obviedad. No me acobardo y contraataco. ¿Qué cosa es eso que llamamos palabra? Ya no ríen, ahora se ven unos a otros como si sospecharan que están a punto de caer en una trampa. Una palabra es una palabra, profe. Dice el que siempre me quiere quitar mi puesto de payaso sin chiste. Acepto que tiene razón, pero ese sacacorchos nos deja todavía insatisfechos. Es un signo, profe, una unidad lingüística. Me dice, con evidente orgullo, la que ya se leyó su Saussure, orgullo que no intenta lastimar a nadie y que yo celebro y reconozco. Vamos avanzando, pero seguimos inconformes.
Les pido que usen sus dispositivos para buscar en internet e ingresen (antaño los abríamos) al diccionario que, además, está repleto de palabras que hablan con palabras sobre otras palabras que tienen definiciones hechas de palabras –logro algunas risas discretas, al fin.
Descubrimos que la RAE dice que es una “unidad lingüística” –aplausos para la compañera que leyó a Saussure-, “dotada generalmente de significado, que se separa de las demás mediante pausas potenciales en la pronunciación …”. La chica que leyó a Saussure dice que el maestro suizo estableció además algunas de sus características: la arbitrariedad, la convencionalidad, etcétera.
Les pido, entonces, que recuerden aquella vez, durante la primera adolescencia, o antes, en la que les dio por ponerse a pensar en por qué las cosas se llaman como se llaman. Por qué la mesa se llama mesa y no guanábana; por qué el sol se llama sol y no alcachofa (más risas). La lingüística nos indica que la relación entre la palabra y aquello que designa no se establece por un vínculo profundo y estrecho entre ambos, sino por la arbitrariedad humana.
Po otro lado, hubo un tiempo en que la humanidad creyó que las palabras eran una ofrenda de los dioses. Muchos poetas contemporáneos lo siguen creyendo, aunque de manera laica –otra hermosa paradoja. Recordamos juntos lo que dejó dicho Juan en el Nuevo Testamento: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios”, y Dios, con ayuda del verbo, que es una palabra sí, pero también una categoría gramatical, y no cualquiera sino la que se refiere a las acciones, lo creó todo. Hablamos de cómo en el Popol Vuh –para salirnos de la imposición del oficialismo católico- la palabra se presentó ante los Progenitores Tepeu y Gucumatz, y ellos “juntaron sus palabras y su pensamiento” para dar creación al universo. Con historias tan maravillosas, no era gratuita la creencia del origen divino del lenguaje. Pero lo más significativo para nosotros es el poder creador de la palabra que revelan esas cosmogonías.
Posteriormente, con la llegada de los lingüistas (la chica saussureana se muestra complacida) descubrimos que la palabra no era un regalo de los dioses sino algo aún más complejo, más misterioso (como dicen los poetas). Una suerte de herramienta-creadora. Pues al ser creada por el ser humano fue, al mismo tiempo, la creadora de ese ser humano y todo el universo –o universos- que acompañan a esa criatura compleja que somos, tan sublime y ridícula a la vez. La noósfera, como la llamaba Edgar Morín, esa esfera en la que se mueven las ideas, los mitos, las deidades, las ficciones, etcétera, que se desprenden de lo humano y toman vida propia a través de la cultura, es obra de la palabra.
Convenimos, entonces, en que la palabra está en los cimientos de lo que llamamos humano. La palabra está detrás de todo, de esta computadora que uso, de los vuelos interestelares, de los taquitos de marrana, de las sacras liturgias, del cine, del barrio, del billar, etcétera.
Para no ponernos infinitos vuelvo a la propuesta inicial: la materia prima de la literatura es la palabra y contiene en sí la potencia creadora de la literatura y, al mismo tiempo, genera la vana ilusión de que es absolutamente fácil de hacer, pues si son solo palabras y todos usamos las palabras, es sencillo, ¡me despacho una novela en FA!, ¿no? Pues no.
Por supuesto que cualquiera puede escribir, pero no cualquiera toma la decisión de conocer a fondo las tinieblas de ese oficio arduo y solitario. El músico aprende un idioma nuevo, casi extraterrestre; el pintor, igual. El que escribe tiene que aprender un lenguaje nuevo sobre el lenguaje que ya venía usando, complejidad de complejidades. Pues no debe abandonar su propio lenguaje, pero debe ir más allá de él. Sin contar con que, como con cualquier arte, el oficio parece no ser acumulativo, pues lo que uno aprendió escribiendo un libro, no servirá para escribir el siguiente.
Mis alumnos lo consideran en silencio.



