Los tiempos cambian y las formas de comunicar también. El periodismo no podía quedarse al margen de esa transformación, aunque a veces parezca que algunos todavía esperamos que la audiencia siga comportándose como hace veinte años. Ya no es así. La gente recibe información mientras desayuna, espera el transporte, hace fila o simplemente desliza el dedo por una pantalla. En ese escenario, los periodistas hemos tenido que aprender a competir por atención con creadores de contenido, “influencers” y una cantidad interminable de videos que aparecen cada segundo.
Hace poco, una persona me dijo: “Oye, ¿viste la noticia de fulanito de tal en TikTok?”. Mi respuesta salió casi por reflejo: “Es un influencer, no creas todo lo que sale de TikTok”. Apenas terminé de decirlo pensé en mi propia contradicción. Yo también tengo una cuenta en esa plataforma y la abrí precisamente para que mis notas llegaran a más personas. ¿Por qué entonces desconfío de un espacio que yo mismo utilizo para hacer periodismo?
La respuesta no está en TikTok. Está en lo que hacemos dentro de él.
Durante mucho tiempo, el periodismo tuvo lugares y formas bastante definidos. Había una redacción, un periódico, un noticiero, una estación de radio. El reportero salía a buscar información, hablaba con sus fuentes y regresaba para construir una historia que pasaba por distintos filtros antes de llegar al público. Ese modelo todavía existe, pero dejó de tener el monopolio de la atención.
El Digital News Report 2025 del Reuters Institute y la Universidad de Oxford muestra hasta qué punto cambió el consumo informativo. El porcentaje de personas que utiliza videos en redes sociales para informarse pasó del 52 por ciento en 2020 al 65 por ciento en 2025. La noticia ya no llega necesariamente después de una búsqueda deliberada. Muchas veces aparece en medio del entretenimiento y el usuario decide en segundos si continúa viendo o pasa al siguiente video.
Eso ayuda a entender por qué algunas personas sin experiencia periodística consiguen audiencias que muchos medios tradicionales envidiarían. Westcol, por ejemplo, comenzó haciendo contenido relacionado con videojuegos y terminó entrevistando al presidente Gustavo Petro. Una de sus entrevistas alcanzó 2,2 millones de reproducciones en YouTube. Frente a una cifra así, descalificar al personaje por ser influencer no sirve de mucho. La audiencia ya está ahí y sería absurdo fingir que no existe.
Tampoco sería sensato concluir que una audiencia masiva convierte automáticamente a alguien en periodista. Tener millones de seguidores y hacer reportería son cosas distintas. El problema es que durante años los medios parecieron confiar demasiado en que su prestigio bastaba para mantener a la audiencia cerca. Las redes demostraron que eso ya no alcanza.
Un periodista tiene que ofrecer información comprobada, fuentes, contexto y capacidad para explicar asuntos que muchas veces son complejos, aunque a veces cuesta hacerlo en menos de dos minutos. Un creador de contenido puede tener otras herramientas, cercanía, espontaneidad, entretenimiento y una relación directa con su comunidad. Cuando esas capacidades se combinan con un trabajo periodístico serio, el resultado puede ser mucho más poderoso que cualquiera de las dos cosas por separado.
Ahí es donde aparece el llamado infoentretenimiento, una mezcla entre información y entretenimiento que tampoco nació con las redes sociales. La televisión lleva décadas experimentando con esa fórmula. Lo que cambió con TikTok, Instagram, Facebook y YouTube fue la velocidad y la escala. Ahora cualquier persona puede convertirse en un canal de distribución y cualquier acontecimiento puede transformarse en contenido en cuestión de minutos.
El riesgo está en que la lógica de las plataformas premia aquello que consigue atención inmediata. Un tema complejo requiere tiempo para explicarse, mientras que una afirmación escandalosa cabe perfectamente en unos cuantos segundos. El contexto rara vez genera tantas reacciones como la polémica y la precisión no siempre resulta tan atractiva como una frase contundente.
Ahí es donde el periodismo puede perder terreno frente a su propia necesidad de adaptarse.
Lo he experimentado personalmente. Cuando abrí mi cuenta, mi intención era sencilla, conseguir que más personas leyeran mis notas. Después aparecen las métricas, las reproducciones, los comentarios y la tentación de preguntarse qué formato funciona mejor. Entonces uno empieza a pensar en el gancho, en los primeros segundos, en el título, en la duración. Todo eso puede ser útil. El problema comienza cuando el contenido termina condicionado por lo que el algoritmo quiere escuchar.
Adaptar la forma de contar una historia no me parece una traición al periodismo. Al contrario, creo que es necesario. Si las audiencias cambiaron, los periodistas también tenemos que aprender a comunicarnos con ellas. Lo que no podemos adaptar son los hechos para hacerlos más atractivos. Una cosa es contar mejor una historia y otra muy distinta es deformarla para conseguir reproducciones, likes o “alcance”.
Tampoco creo que todos los periodistas debamos convertirnos en influencers. Hay excelentes reporteros que hacen su mejor trabajo detrás de una libreta, una computadora o una cámara. Hay investigadores que necesitan semanas para construir una historia y especialistas que explican mejor por escrito que frente a una pantalla. El periodismo necesita esas capacidades tanto como necesita aprender a producir contenidos para las nuevas plataformas.
El reto está en dejar de mirar las redes sociales como un territorio ajeno. Ya forman parte del ecosistema informativo. Allí están las audiencias y también están las historias. Ignorar ese espacio sería tan poco útil como abandonar la radio porque apareció la televisión.
Por eso aquella frase que dije sobre TikTok ahora me parece demasiado fácil. No se trata de creer o desconfiar de una información porque apareció en determinada plataforma. Se trata de preguntarse quién la produjo, qué fuentes utilizó, cómo verificó los datos y qué responsabilidad asume por lo que está diciendo. Ese criterio debería aplicarse exactamente igual a un video viral, a una nota publicada en un periódico o a una declaración transmitida por televisión.
El periodismo va a seguir cambiando de formato. Quizá dentro de unos años TikTok sea tan viejo como hoy nos parece Facebook, o en su momento nos parece el periódico impreso, algunos no los conocen. Lo importante será que, mientras cambian las plataformas, no cambiemos aquello que sostiene al oficio, verificar antes de publicar, distinguir los hechos de las opiniones, reconocer los errores y darle al público información que le permita entender, no únicamente reaccionar o entretener.
Si el periodismo quiere seguir siendo relevante, tendrá que aprender a jugar en la misma cancha que los creadores de contenido. Pero entrar a esa cancha no significa aceptar todas sus reglas. Podemos aprender a captar atención sin convertir la información en espectáculo, utilizar formatos breves sin sacrificar contexto y hablar el lenguaje de las nuevas audiencias sin renunciar al rigor.
Al final, quizá la discusión nunca debió ser si una noticia aparece en TikTok, en un periódico o en televisión. La discusión debería ser qué tan bien está hecha. Y esa es una responsabilidad que ningún algoritmo puede asumir por nosotros.







