Puedo ser acuarela,
menstruación,
noche obscura.
He salido al mundo
fea, loca
lluvia de atardecer
luna roja.
LCPLG
Una joven pasa junto a mí, trotando en la pista de la universidad. Las ardillas trepan a las ramas en cuanto advierten nuestra llegada. La joven viste una camiseta rosa que en la parte de atrás dice MIS DIAS, eso me intriga por lo que en la siguiente vuelta trato de ver el letrero con mayor atención. La joven trota en tanto que yo realizo una caminata. Una corteza se desprende de una palmera haciendo estruendo en el silencio de la mañana. El agua forma corrientes en el suelo pedregoso después de las lluvias que dejó el huracán Rachel tras su paso por el Pacífico. El aire viene húmedo. El letrero completo en la camiseta de la joven dice: MIS DIAS son todos los días, debajo se encuentra el logotipo de una marca de toallas sanitarias.
Caí en la cuenta de que se trata de los días de la menstruación. Ese proceso biológico que en cada cultura ha sido signado de maneras diferentes; ese proceso capaz de diferenciar los cuerpos de mujeres y hombres; ese proceso por el cual las mujeres somos designadas como aptas para la reproducción o excluidas de ese proceso.
La menstruación se denomina así derivado del latín menstruum, lo que señala la regularidad mensual en que ocurría vinculado a la luna, denominada mene en latín. Para ello debemos ubicarnos en el calendario lunar de 28 días, con el cual se supone que se empareja. En mi época de juventud se denominaba “regla” porque ocurre regularmente de acuerdo a ese ciclo de 28 días.
Mi abuela y, seguramente, las mujeres nacidas a principios del siglo XX, vivieron esos momentos como lugares obscuros de secreto y culpa; de miedo. La mañana en que mi abuela descubrió la sangre entre sus piernas, su madre le dijo que no les diera de comer a los cerdos que criaban atrás de la casa; los cerdos podrían oler la sangre y atacarla. Mi abuela sintió miedo, terror, de que cada vez que reglara, podían oler la sangre.
¿Por qué las mujeres sangramos y los hombres no? ¿Qué misterio es este donde las mujeres pueden sangrar, pero no morir? Sin duda estas ideas fueron la base para señalar a las mujeres como impuras, como lo dice el Antiguo Testamento donde se consigna que la menstruación vuelve impuras a las mujeres, así como el parto. La consecuencia de esa designación es que las mujeres no pueden realizar actos ceremoniales ni rituales porque llevan la impureza consigo. Tal vez esta idea se haya derivado de que la vida se hacía radicar en la sangre; por ello, derramarla, provocaba disminuir la vida.
Aristóteles señalaba que la menstruación de las mujeres era equivalente al semen de los hombres, pero “imperfecto”. Pitágoras, en el siglo V a. C. describió la menstruación como espuma de la sangre, por medio de la cual las mujeres eliminaban toxinas. Por su parte, Hipócrates mencionaba que la menstruación era un mecanismo para atemperar el cuerpo de las mujeres puesto que la mujer tenía elevada temperatura corporal; la menstruación se consideraba prueba de la inferioridad de las mujeres puesto que no podían retener su propia sangre. En Roma, Plinio el Viejo en su Historia natural, decía que las mujeres menstruantes podían estropear los campos de cultivo, provocar la rabia en los perros e incluso, convertir el vino en vinagre.
Como vemos, la menstruación fue convertida en amenaza, y con ello, las mujeres.
En el México prehispánico el cuerpo de las mujeres se consideraba vinculado a la luna y a los ritmos del cosmos ya que los ciclos menstruales se asociaban a los 29 días del ciclo de la luna, además de que el embarazo tiene la duración de nueve periodos de ciclos de luna. Mujeres y luna, una asociación más tersa, más lógica en los pueblos prehispánicos.
Milenios y milenios de interpretaciones sobre la menstruación, mostraron la incomprensión de lo que ocurría en los cuerpos de las mujeres. Las distintas formas de discriminar, excluir, señalar diferencialmente a las mujeres por ser menstruantes da idea de la actitud primitiva de temer lo que no se comprende y, por lo tanto, rodearlo de un hálito de maldad. Probablemente, como es un proceso que no ocurre en el cuerpo de los hombres, lo leyeron como amenazante.
Cuando estuve en la escuela secundaria, la maestra de biología, una mañana pidió que salieran los hombres. Una vez que estuvimos solas las mujeres, nos habló de la menstruación; ya no recuerdo lo que dijo, pero sí me acuerdo que teníamos pavor. Era algo que nos ocurriría en cualquier momento. Algunas, las más grandes, que ya menstruaban, empezaron a darnos consejos del estilo de que no fuéramos al panteón en esos días; creo que la sangre resucitaba a los muertos o se la comían los muertos, ya no recuerdo. Nos recomendaban no comer alimentos ácidos e incluso, ¡no bañarnos! Al terminar esa clase, las muchachas y muchachos nos veíamos diferentes; se había abierto una mayor distancia entre ambos.
A fines del siglo XIX, la doctora Mary Putman Jacobi, estudió la fisiología del sistema reproductor y la acumulación de sangre en el tejido uterino. Ello permitió que, en el siglo XX, los médicos vieneses Fritz Hitschmann y Ludwig Adler describieran los cambios histológicos en el endometrio mes a mes, con lo que la menstruación pasó de ser una muestra de impureza a ser comprendida como parte de un ciclo biológico necesario en la reproducción de los mamíferos. ¡Apenas en el siglo XX!
Aún así, una parte de las ideas previas siguen prevaleciendo. Las encontramos como prohibiciones de qué comer o acciones que no se pueden realizar. Actualmente, en lugar de recomendar té de orégano para los cólicos como en mi época, se administran buscapinas fem u otros anti infamatorios.
Las maneras de recoger la sangre también han tenido cambios; a las jóvenes de mi generación, nos tocó usar trapitos que cosíamos directamente en las pantaletas. Después, teníamos que esperar que todos en la familia durmieran para lavarlos y colgarlos lo más lejos posible de las miradas de los demás. Después llegaron las toallas sanitarias y, por fin, los tampones. Actualmente, existen diversos utensilios como las copas de goma y otras.
Cuando estuve estudiando el doctorado, una de mis compañeras, entraba en crisis cada vez que reglaba. Decía que era el recordatorio de su reloj biológico, ese que la impulsaba a procrear, más bien, a tomar decisiones sobre sí misma. Le recitaba, entonces, los versos de Anne Sexton: Pensaba en un hijo/El útero no es un reloj/ni una campana sonando.
La joven de la camiseta rosa del letrero de MIS DIAS son todos los días pasa del trote al paso veloz; mide los segundos en que corre cien metros. Camino a la puerta para regresar a casa. La joven pasa junto a mí en su propia velocidad; no la puedo alcanzar. Vuelve a empezar la lluvia.
Socióloga. Investigadora de la UAN, lpacheco@uan.edu.mx







