Salió con vida del Centro de Cancerología, agradecida y con ganas de corresponder. Recursos sí tenía, así que obsequió una máquina con la que el hospital público no contaba, un casco refrigerante que enfría el cuero cabelludo y defiende el cabello que la quimioterapia suele arrancar. El médico intentó convencerla de donar otro equipo, más útil para la terapia, tal vez porque, sin decirlo, el casco le parecía cosa estética. Ella le respondió que a él le costaba entenderlo porque no era mujer, y que conservar la cabellera, y con ella el rostro de siempre, pesaba tanto como frenar las células desbordadas. No hizo falta decir más; el médico no insistió. La máquina llegó, y de aquella mujer agradecida se beneficiaron muchas otras, cuyo nombre callo porque me lo confió en voz baja.







