El diálogo, la concertación, el ánimo incluyente y el talante contemporizador, así como la vocación de servicio y la voluntad política, en ocasiones y malamente, se confunden con debilidad. Tales virtudes son fundamentalísimas para que una sociedad se desarrolle en un clima democrático, de libertades, en donde la pluralidad y el ánimo incluyente sean base del bienestar. Esas virtudes las reúne el Gobernador Miguel Ángel Navarro, quien no hace a un lado otra pieza igual de relevante: la firmeza en el mando. Un titular del Poder Ejecutivo posee información privilegiada para tomar decisiones y estas deben convertirse en hechos reales, palpables, observables a simple vista. No obstante, es necesario saber leer esa realidad, lo que para nada resulta sencillo dada la resistencia que presenta la lógica más elemental.
En política la forma es fondo, muy cierto. Solamente que el fondo y la forma se manifiestan de manera diferente a la realidad cotidiana. La forma y el fondo tienen su propio alfabeto.
Hay quienes suponen que en la esfera de la vida pública (que en ocasiones se manifiesta como política), la lógica no existe. La lógica sí existe en la esfera política o sencillamente en la región de la vida pública, aunque no como lógica formal, sino cómo lógica dialéctica en la que saltan a la vista las contradicciones. Sobre la base de tal premisa, en ocasiones parece que los gobernantes toman decisiones ilógicas o inexplicables.
Es verdad, como lo plantea don Daniel Cossío Villegas, que el ejercicio de poder es influenciado por la variable personal, por la variable humana. El ejercicio de poder teóricamente se sujeta con la férula del poder. Dicho de otro modo, el ejercicio de poder debe sujetarse al pesado factor de la Ley. Así es: teóricamente.
Al asumir un cargo, se jura que el ejercicio de poder se hará sujetándose a lo que disponga la ley. En este caso, la Ley Fundamental, la Constitución Federal. El juramento, ese compromiso que se escenifica durante el ritual laico de la asunción de poder, implica apegarse a la ley y hacer que la sociedad entera también lo haga.
No obstante, la ecuación de la realidad es más terca y tirana. El ex gobernador Rigoberto Ochoa Zaragoza decía hace años y lo sostiene hasta la fecha, que la política no la hacen ni los ángeles ni los arcángeles, sino personas, personas de carne y hueso, no entes imaginarios. Esa es la razón por la que cada gobernante que hemos visto nos ha mostrado luces y sombras. Los peores gobernantes (que son la mayoría) han mostrado facetas aceptables y hasta plausibles. Los mejores gobernantes (que son minoría deslumbrante) han mostrado rasgos de humanidad que podríamos adjetivar de distintas maneras. Eso no es bueno ni malo, sino que sencillamente es y ya. Eso es todo.
Esas mismas debilidades humanas que vemos en representantes populares, las vemos en todas las personas. No hay razón para esperar que las cosas sean diferentes.
Ahora bien, debemos pensar en la diferencia que existe entre un ciudadano común y una persona que ejerce poder público, poder prestado por el mandato popular que se manifiesta en las urnas. Las debilidades que muestra una persona sin poder o con un poder mínimo, no suelen tener alcances sociales. Una persona con poder, cuando ejerce un poder “muy fuerte, muy grande”, puede hacer daño a muchos o a muchos beneficiar. Y he ahí el poder de lo que Cossio Villegas denomina el “estilo personal de gobernar”. Una mala persona con poder puede hacer mucho daño a muchas personas. Una buena persona puede servir a muchas personas.
¿A qué viene todo lo antes dicho? La razón por la que parece conveniente decir lo anterior, se relaciona con las confusiones que se suelen observar en algunos protagonistas que se han inflado en exceso. Algunos actores de la escena pública parecen confundidos. Cierto es el aforismo de la política mexicana: el poder ofusca a los inteligentes y a los pendejos los vuelve locos. Hay quienes se resienten a esas condiciones y saben actuar con templanza, misma que en política a veces se convierte en temeridad. Parecen confundirse voluntad con debilidad. Parecen confundirse ánimo incluyente con estrategia para “repartir el pastel”. Parecen confundirse unos tiempos con otros. Con poco se hacen bolas.
Los “confusos” evidentemente no conocen la historia o no la pueden entender. No obstante, no conocer la historia no significa que esta siempre sea una página original tras otra página original. Por eso se cometen errores y se acaban historias políticas personales. Saber un poco de historia abre las puertas del futuro. Aún así, se debe tener cuidado con la forma de proceder. Al pasado eso es, pasado y no es irrepetible. El presente no existe y el futuro tampoco; si el futuro existe es el presente y el presente lo es a cada instante que se va.
El Gobernador Navarro Quintero siempre ha sido una figura política proclive al diálogo y a la construcción de acuerdos. Quienes se confundan siempre van a encontrarse esa lógica dialéctica, que en política se muestra como voluntad de construir acuerdos y un mando firme. Lo que viene es algo parecido: quienes se confundan pueden poner en riesgo su futuro político.







