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Una reflexión a partir de Efesios 1,3

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Muy probablemente, quienes lleguen a tener ante sus ojos estas “palabras”, les llamará la atención el título y, quizás, se preguntarán por su posible contenido, o bien. por el contexto vital [ese que hace tiempo se denominaba “sitz in leben”] del que proviene.

En cuanto al contexto vital del que provienen estas “palabras”, creo que no es difícil intuir que se trata de algún “momentum orationis” ―como en efecto lo es―, a lo que añadiría que se trata de un modo de orar personal que hace tiempo se ha tornado habitual y que toma como materia prima las lecturas de la liturgia de la Palabra del día [esa que a lo largo de dos años en las lecturas de lunes a sábado y de tres años en las lecturas dominicales ofrece un recorrido por los libros 73 que conforman la Biblia católica] y que, como suele suceder, en algunas ocasiones se torna fecunda y, en otras, estéril [“con sabor a corcho” suelo decir], al menos aparentemente, porque los efectos en el más profundo centro de nuestro ser suelen ser intangibles.

En cuanto al contenido ―más allá de los dos versículos de la Carta de San Pablo a lo Efesios [esa carta que los exégetas suelen atribuir a un discípulo de Pablo y que no están seguros de que tenga como destinatarios a la comunidad cristiana de Éfeso]― el contenido de estas palabras tiene que ver con un tema relacionado con el conocimiento humano [un tema epistemológico dirían los entendidos en esos asuntos] y con otro que tiene que ver con la relación entre revelación y tradición, una relación que, en el seno del catolicismo, es clave, no así en las iglesias reformadas…

En el pensamiento moderno, el problema del conocimiento humano encuentra, básicamente, dos soluciones contradictorias: una que privilegia el conocimiento por medio de los sentidos y reduce la razón humana a las que podrían considerar combinación ―incluso de alta complejidad― de impresiones sensibles; la otra que privilegia las capacidades de la razón humana para conocer en sí y por sí misma, sin necesidad de recurrir a los sentidos. [Un historiador de la filosofía de nacionalidad italiana sostiene que la fuente de estas dos corrientes de pensamiento ―empirismo y racionalismo― provienen de los métodos de la ciencia moderna: la inducción y la deducción].

Sin embargo, incluso en el pensamiento moderno, se encuentran quienes siguen sostienen que hay un tercer nivel de conocimiento que nos hace capaces de conocer la realidad “sub specie aeternitatis” [Spinosa], o bien, alcanzar la verdad absoluta [Hegel].

Este nivel que en el pensamiento filosófico moderno aparece excepcionalmente, en el pensamiento patrístico y medieval era algo así como “pan cotidiano”, ya sea entendida como el “intellectus” mediante el cual la mente humana es capaz de captar de manera directa [intuitiva] los primeros principios y la esencia de las cosas [Santo Tomás de Aquino], o bien, como un nivel en el que tiene lugar un proceso de iluminación divina que hace posible el conocimiento de las verdades eternas, inmutables y universales [San Agustín y San Buenaventura].

En ese orden de cosas, para los católicos, hay dos grupos de seres humanos que a lo largo de la Historia de la Salvación han sido objeto de iluminaciones que hicieron posible la conformación del “depósito de la fe” [conjunto de verdades divinas comunicadas a la humanidad], así como comentarios e interpretaciones a las verdades reveladas.

El texto fuente de estas “palabras” es el versículo 3, del capítulo 1 de la carta de San Pablo a los Efesios y consiste en una exclamación que “bendice a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” porque “nos ha bendecido en Cristo” “con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos”.

En esas pocas palabras se pueden encontrar verdades reveladas que requieren de esa iluminación teóricamente desarrolladas por San Agustín y San Buenaventura: Dios es Padre de Jesucristo y ha bendecido ―en Cristo― a la humanidad con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos…

Y, por ello, de parte de la humanidad se le dirige una bendición-alabanza…

Ahora bien, entre quienes han sido iluminados para comentar e interpretar las verdades reveladas [una iluminación de la que ―en algún momento, lugar o circunstancia― puede ser objeto cualquier ser humano], destacan los “Santos Padres”, escritores que deben cumplir tres requisitos: antigüedad, ortodoxia doctrinal y santidad de vida, además del reconocimiento oficial como tal…

Y es precisamente un comentario a ese versículo de la Carta a los Efesios en un texto de uno de esos Santos Padres la otra fuente de esta reflexión, la cual pretende subrayar la importancia ―secundaria frente al dato revelado, pero importancia al fin― de los comentarios e interpretaciones al texto sagrado, en especial cuando no provienen de la reflexión puramente humana por brillante que sea, sino que en ella hay elementos que provienen “de lo alto”, de la iluminación divina.

En este caso específico, se trata de un comentario-interpretación de Teodoreto de Ciro [393-457], obispo y miembro de la Escuela de Antioquía, quien, en su “Interpretación de la Carta a los Efesios” enumera cinco “bendiciones espirituales” con las que considera que el Padre nos ha bendecido en Cristo: los carismas del Espíritu divino, la esperanza de la resurrección, la buena noticia de la inmortalidad, la promesa del reino de los cielos y la dignidad de hijos de Dios y afirma que Pablo añadió “en los cielos” porque estos dones son celestiales.

Como es de suponer, ese “momentum orationis”, alimentado con la lectura de la segunda parte del versículo 3 de la Carta a los Efesios, así como con el Comentario de Teodoreto a esa carta que es considerada, junto con la Carta a los Romanos, entre las más relevantes desde el punto de vista doctrinal, culminó ―esa mañana del 15 de octubre [fiesta de Santa Teresa de Jesús]― con una acción de gracias por esas “bendiciones espirituales celestiales” y con esa exclamación laudatoria con que inicia la carta: “¡Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo!”…

“¡Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo!”, una expresión que no es un simple acto ilocucionario expresivo que pretende manifestar un sentimiento o un estado de ánimo, sino que se trata de una exclamación de carácter religioso de esas que, según san Pablo [1 Corintios 12,3b] nadie puede decir ―”de corazón” y con convicción de su verdad, añadiría yo― “si no es movido por el Espíritu Santo”…

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José Luis Olimón Nolasco
José Luis Olimón Nolasco
Académico, teólogo y filósofo. Catedrático de la Universidad Autónoma de Nayarit. Colaborador de la Secretaría de Educación Pública y de la Comisión de la Defensa de los Derechos Humanos en Nayarit.
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