Sexo sin amor: Gabriel, el panadero que por soledad compra caricias

“Todo es pago por evento, pero no es amor. Alguna vez de joven me enamoré de una de ellas, pero ella de mí jamás”, dice este hombre de 70 años que dice vivir contento con estos encuentros.

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Gabriel, es un hombre de 70 años de edad que compra momentos de placer con mujeres dedicadas a la prostitución. No se enamora, ello sería un gran error, aunque reconoce que con algunas mujeres con las que ha consensuado sexo a cambio de dinero, se han convertido en sus amigas y él en su benefactor.
Se dedica al oficio de la panadería; no es un hombre adinerado pero sí generoso con estas mujeres a las que respeta, dice, a quienes busca al sentirse solo: “En el caso de  nosotros los hombres, si tenemos para comprar caricias, las compramos, en qué más se puede gastar su dinero un viejo de mi edad y solo, pues en mujeres, porque las mujeres me gustarán hasta que me vaya de este mundo terrenal, pero antes de irme quiero seguir disfrutando de sus caricias, aunque sean fingidas”, precisa.

Sobre la cantidad de dinero que ha llegado pagado por un servicio sexual, Gabriel,  revela: “He llegado pagar mil o dos mil pesos por un buen servicio de 45 minutos o tal vez  de una hora, ellas saben que por mi edad, si me tratan bien a ellas les va a ir muy bien, ¿por qué le digo esto?, porque ellas saben que carezco de amor y si ellas me fingen amor las motivo con dinero, porque al final de cuentas el sexo en apariencia, es amor, compro amor y ellas me fingen amor, yo les doy dinero y ellas me dan lo que yo le llamo amor, pero te repito; el sexo no es amor, pero parece que es amor”, dice este hombre, que reconoce que la soledad lo hace comprar lo que considera  momentos de felicidad.

No se ha enamorado de ninguna, sería un error, señala: “Todo es pago por evento, como te decía, pero no es amor. Alguna vez de joven me enamoré de una de ellas, pero ella de mí jamás”.

Ha tenido relaciones con algunas mujeres que luego lo buscan para que las apoye con dinero para sus gastos familiares: “Me piden mi número de celular y ya con el  tiempo, me hacen llamadas para pedirme diversos favores, me piden una pantalla para que sus hijos vean la televisión, me han pedido refrigeradores, estufas y hasta un ventilador. Esas mismas mujeres me piden dinero para pagar el recibo de luz, del  teléfono y hasta para los útiles de sus hijos como ahora que regresaron a clases, lo grave es que cuando una de ellas se convierte en mi amiga empiezan a sacar ventaja de todo, en una ocasión me gasté más de 12 mil pesos en una de ellas y preferí perderla como amiga, ya no la busqué”, aseguró el entrevistado.

Al final, Gabriel, el panadero que ha hablado con Meridiano sobre su afición, su gusto por el sexo que se paga, reconoce que se trata solo de relaciones en donde no hay amor: “uno es el cliente, es un negocio, no es amor, para ellas no soy más que un viejo con dinero, ellas todo el tiempo fingen que te quieren; para ellas todo es negocio y su cuerpo es la materia prima de su fortuna o de su desgracia, fortuna cuando son jóvenes, su desgracia aparece cuando los años terminaron con su belleza, porque a través de los años ellas como mujeres se empiezan a marchitar y los clientes escasean, pero además en ellas como en todos los seres humanos viejos llegan las enfermedades y a veces hasta la muerte”.

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