Por José Luis Olimón Nolasco

La mayor parte —si no es que todas y cada una— de las colaboraciones que, a lo largo de poco más de un año, he hecho llegar a El Meridiano, para su publicación, llevan una impronta personal no sé si inevitable, pero sí, al menos, inevitada, porque ha llegado a ser una forma muy personal de escribir de esto y de aquello, de esta y de aquel.

Esta vez, creo que esa impronta se acerca al extremo, ya que puede sonar a un abuso de la libertad de expresión que se me ha brindado en este diario de larga tradición en nuestro Estado y sin embargo, a pesar de esa impronta, quiero dedicar estas palabras a una experiencia numinosa, religiosa —mística si que quiere—, vivida el pasado jueves 26 en el contexto de la Fiesta Patronal del Señor de la Ascensión en el pequeño poblado de Santa Isabel, del sur de Nayarit.

Después de muchos años de no haber participado en esas fiestas patronales, a invitación del P. Gabriel García, nacido en esa comunidad y actualmente su párroco —no sin tener que superar ciertas resistencias y temores—, decidí aceptar la invitación y hacerme presente, hacia el filo del mediodía, para participar en la Eucaristía por y para los “Hijos e hijas ausentes”, entre quienes me debo contar como hijo adoptivo y adoptado.

Lo primero que llamó mi atención fue el percibir un ambiente que iba más allá de la experiencia de un grupo de personas juntas, una experiencia que, muy probablemente, queda expresada más que satisfactoriamente en una de las estrofas del Canto de Entrada, que fue entonado “a capela” y que reza así: “Todos nacidos en un solo bautismo, unidos en la misma comunión, todos viviendo en una misma casa, Iglesia peregrina de Dios”.

Una experiencia en que se hicieron presentes los ausentes: algunos con su presencia física; otros, por medio de sus padres o parientes; otros más, a distancia, porque no les fue posible, o no les es posible venir, por trabajo o por falta de documentos para salir del país al que han emigrado; otros más —quienes ya han fallecido—, cuya presencia se podía percibir y, Alguien más, ese a quien, en Santa Isabel, —como lo repitió Gabriel una y otra vez— se le conoce y se le habla como, “Señor de la Ascensión” y quien quiso ser encontrado en un humilde chiquihuite y convertirse en su santísimo Patrono; en la Eucaristía misma, en que se hizo presente, sacramentalmente, “quien se ofreció una sola vez para quitar los pecados del mundo” y, a través de su Espíritu, configurando una comunidad en que se hizo presente y palpable la comunión de los santos, que “no nace de la carne, sino del Espíritu”.

Y, por la noche, después del tradicional recorrido por distintos barrios e iniciada, como la festividad de la Pascua, entre dos luces, la celebración culmen no solo del novenario y, esta vez, ni siquiera de un ciclo anual, sino de tres años en que no había sido posible tener una celebración ordinaria con motivo de la pandemia.

Una celebración en la Plaza Pública, con una asistencia mucho más numerosa que la del mediodía en el interior del templo, que tomó una dirección distinta: dar gracias al Señor de la Ascensión por las muestras de su amor singular a quienes pertenecen —independientemente del lugar en que vivan— a ese pueblo. Dar gracias por hacer realidad en esa pequeña comunidad, acciones en que se encarna el Reino de Dios, Reino de vida, Reino de Paz, Reino de Justicia, Reino de Paz, Reino de Gracia y Reino de Amor, como se dijo, repetidas ocasiones en el Canto de la Comunión, sin olvidar la gracias de que no hubiera ninguna defunción a causa de la pandemia de la Covid-19…

Un pueblo solidario, un pueblo generoso, un pueblo que ha alcanzado niveles importantes de autogestión en favor de los más necesitados, según lo reconoció su párroco en la homilía…

Un pueblo, no exento de divisiones y problemas diversos, algunos graves, pero consciente de que esos signos de vida, de paz, de justicia, de paz, de gracia, de amor, de solidaridad y de generosidad, no son solo obra de sus manos, sino también gracias que, venidas de lo alto, a lo largo de los años y con el apoyo de distintos y diversos pastores que le han sido enviados, el Señor de la Ascensión ha ido sembrando y haciendo crecer, en los corazones de sus miembros y en ese corazón comunitario que es el signo más evidente de una comunidad cristiana, esa que ha llegado a tener un solo corazón y a ser capaz de compartir el pan, como su Señor lo ha hecho de una vez para siempre; ese único corazón cuyo fuego inflama, cuya suave brisa “a vida eterna sabe y toda deuda paga”.

Todo ello, expresado bellamente en el “Santo” de la Misa Campesina Nicaragüense: “Santo es nuestro Dios… Que acompaña a nuestro pueblo, que vive en nuestras luchas, del universo entero el único Señor; benditos los que en su nombre el evangelio anuncian, la buena y gran noticia, de la liberación”.

Personalmente, una experiencia increíble y renovada de seguir amando y de seguir siendo amado —casi cuarenta años después de llegar ahí, por primera vez—, con un tipo de amor que no se acaba, y que, al menor contacto, se reactiva, en un saludo, en una sonrisa, en un abrazo, en un beso, en una bendición, en una sincera petición de perdón, un amor que cual cena, recrea y enamora.

Gracias Señor de la Ascensión por haberme permitido, de nuevo, ser testigo de tu amor; gracias por haberme dado la gracia inefable de acompañar a ese pueblo tuyo en los inicios del ejercicio de mi ministerio; gracias por haberme iniciado en el oficio de amar y de dejarme amar; en el oficio de escuchar y consolar, de aprender a lavar los pies de tu pueblo, a dejármelos lavar y a dejarme conducir por Ti…

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