Por José Luis Olimón Nolasco

Más allá de los cambios climáticos, la mejora económica pasajera, la mayor o menor disposición de días de asueto, la espera de felicitaciones y regalos, el rencuentro con la tierra natal, con familiares y amistades, el final del año, y muchos otros componentes, el mes de diciembre tiene un encanto singular relacionado con diversos factores de carácter ambiental, económico, social, histórico y cultural.

Es verdad que, como prácticamente todo, en los años recientes hemos sido testigos de una transformación de las festividades decembrinas, entre cuyos rasgos principales se pueden destacar la mercantilización y la secularización, es decir, la transformación de unas fiestas con un talante religioso-familiar-comunitario en el que las actividades y los regalos tenían un valor simbólico-sentimental e, incluso, sacro, más que económico-mercantil, en fiestas en las que el elemento económico-mercantil desempeña un rol cada vez más determinante, eso sí, sin lograr desterrar complemento el valor simbólico-sentimental de lo que se vive en estos días.

Pues bien, en este contexto festivo, he venido construyendo una reflexión que nace de mi fe ya añejada por la acumulación de los años y que busca expresar un mensaje de esperanza capaz de trascender las fronteras interreligiosas y la frontera —siempre problemática— entre lo sacro y lo profano.

Hace días que esta reflexión se comenzó a construir dentro de mí a partir de la lectura de una reflexión sobre la petición que Dios le hace al patriarca Abraham de ofrecerle en sacrificio a Isaac, ese hijo que le había concedido en su vejez. Mas no fue a partir del pasaje bíblico correspondiente completo —ese del que nacieron las reflexiones kierkergaardianas plasmadas en “Temor y temblor”—, sino de una sola expresión —parte de la cual ha pasado a formar parte del lenguaje cotidiano—: “Dios proveerá el cordero para el sacrificio”.

De inmediato, esa expresión, me hizo pensar en la encarnación —en el Hijo de Dios que se hace carne, “sarx” y, por consecuencia, en la Navidad, es decir, en el nacimiento del Verbo anonadado [=hecho nada]…

Y ese misterio del Dios encarnado y anonadado me condujo a las propuestas del pensamiento posmoderno con sus acentos, entre muchos, en la fuerza de la debilidad, en la provisionalidad y el carácter limitado de la razón humana, esa que —más allá de sus indudables bondades y capacidades, de su dimensión “sapiens-sapiens”— trae consigo una vertiente “demens” capaz de convertirla en homicida, ecocida y deicida en la medida que es divinizada e idolatrada, como se ha mostrado en tiempos recientes en los que, poco a poco, se ha ido cayendo en la cuenta de las consecuencias nefastas de esa idolatría.

Ese misterio del Dios encarnado y anonadado —tan distinto y tan distante del “Dios de los filósofos” inmóvil, todopoderoso y ajeno a la suerte de los mortales—, me condujo también hacia algunas sendas teológicas posmodernas: el “Deus absconditus” [Dios escondido], el Dios pobre, débil y carente y, sobre todo, las propuestas de la teología de la víctima perdonadora que se muestra plenamente en su entrega “hasta la muerte y muerte de cruz”, que empieza a mostrarse en la sobriedad del “sí” de María al anuncio del ángel y en la aceptación silente de José, y que alcanza un momento clave en el nacimiento de Jesús en un establo, en donde habría sido depositado en un pesebre [=comedero para los animales]…

Desde el momento mismo de su nacimiento, Jesús se muestra ya como “víctima perdonadora”, al no encontrar un lugar en la posada o, como lo dice Juan en su evangelio, sin que los suyos —a quienes viene y por quienes viene— le recibieran, mas no respondiendo con el rechazo o venganza alguna, sino haciendo capaces, a sus ahora hermanos, de ser —no solo de llamarse— hijos de Dios o, como lo dirían San Juan de la Cruz y otros místicos, mostrando que la vocación humana última consiste en su divinización por adopción…

Y, todo ello, más que objeto de reflexión y de intelección, es asunto de contemplación y, sobre todo, de degustación gozosa del misterio…

Y pocos medios —tal vez ninguno mejor para ello— que las imágenes del nacimiento y que los cánticos navideños…

A estas alturas de mi vida, ningún cántico nuevo…

Una y otra vez, regreso a los mismos [que nunca son iguales], esos que me llevan a la escucha devota, al silencio sacro frente al misterio de una manera singular: “Mille cherubini in coro“ [Mil querubines a coro]; “Quanno nascette ninno” [Cuando nace el niño] y su versión en italiano  “Tu scendi dalle stelle” [Tú bajas de las estrellas], obras ambas de San Alfonso María de Ligorio…

Asumiendo que mucho —¡lo mejor!—, se pierde sin la melodía y la voz, e invitando a la escucha silente y, en la medida de lo posible, devota, recojo aquí algunas expresiones tomadas de la versión amplia de “Tu scendi dalle stelle”:

Oh divino niño mío: ¡Cuánto te costó haberme amado!

A ti, que eres el creador del mundo, ¡te faltan paños y calor!

Querido niño elegido: ¡Cuánto me enamora esta pobreza!

Mi bello y puro cordero… ¿en qué piensas? ¡Dime tú, amor inmenso!

‘Yo pienso un día morir por ti’, responde…

Y de “Mil querubines a coro”:

Cierra los ojos, / escucha los angelitos.

Duerme, duerme, / sueña, pequeño amor mío.

Duerme, sueña, / posa tu cabeza en mi corazón.

Pobreza, perdón, amor; encarnación, pasión, divinización adoptiva…

Mensajes-invitación de la Navidad y de la Epifanía, para todas y todos…

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí