A partir del 29 de noviembre en que fue ingresado en el Hospital Israelita Albert Einstein, la presencia de Pelé “O Rei do futebol” se hizo sentir, de una manera especial, en el Mundial Catar 2022, ya no solo en el seno de la discusión acerca del GOAT [Greatest of all time] del futbol como ya lo venía haciendo, sino como alguien que, probablemente, llegaría al final de su vida durante la celebración del evento más importante de ese deporte.

Esa espera de su muerte, sin embargo, amplió su espectro más allá de la coronación de la selección argentina y de la entronización definitiva de Lionel Messi en el Olimpo del balompié mundial —sin que ello condujera a decidir, de manera absoluta y definitiva la pregunta por “el más grande de todos los tiempos”, que siguió —y seguirá teniendo— tres respuestas: Maradona, Messi y Pelé—.

Sin embargo, esa espera no cruzó el umbral del Año Nuevo y, el jueves 29 de diciembre, terminó, con la noticia de que “O Rei” había muerto, de que “su hora” había llegado, sin interferir en el desenlace de la Copa del Mundo y, paradójicamente, en una coyuntura en que los más importantes comentaristas deportivos del mundo entero, estaban de vacaciones.

Como ya di testimonio de ello en colaboraciones de carácter deportivo previas, el desarrollo del mundial de Catar trajo a mi memoria —racional y afectiva— un conjunto relativamente armónico de recuerdos y emociones que se remontaban hasta la Copa del Mundo Chile 1962 y, más en particular al partido inaugural en El Sausalito de Viña del Mar en el que se enfrentaron las oncenas de México y Brasil, único partido por cierto, en el que Pelé pudo jugar y anotar su único gol en dicha justa y que alcanzaban una de sus cimas en el Mundial México 70 con esa demostración contundente de la escuadra brasileña, encabezada por Pelé, en una actuación, que, por sí misma, bien puede mostrar el por qué, para muchos —entre quienes me cuento— Edson Arantes Do Nascimento, Pelé, es “el más grande de todos los tiempos”…

No sólo porque ha sido el único que —de manera un tanto relativa— formó parte de la selección que ganó tres veces la Copa Jules Rimet [y con ello se convirtió en su dueña para siempre];

No solo por los más de mil goles anotados, ya que, aunque la FIFA le reconoce “solamente” 767 [643 de ellos con el Club Santos], si se toman en cuenta los goles anotados en partidos no oficiales, el número se eleva hasta 1,282 [1,091 para el Santos]. [A este respecto, hay que tener en cuenta que muchos de esos juegos “no oficiales”, no eran simples partidos amistosos o “moleros”, sino la única oportunidad de enfrentar entre sí a los grandes equipos de la época, los cuales solo se enfrentaban oficialmente, en el juego de por la copa intercontinental]…

Sino porque ha sido el jugador más completo de todos: fuerte, rápido, ágil; driblador, pasador, dominador del balón, creador de jugadas inéditas; armador y realizador; capaz de patear —de tiro libre y en jugada— e, incluso de “chilena” tanto con la pierna derecha, como con la izquierda y con un remate de cabeza impresionante, del que dejó constancia inolvidable con el gol anotado en la final del México 70 contra Italia en el Estado Azteca, ese partido cuya rúbrica fue el famoso gol del capitán del equipo, Carlos Alberto, a un paso genial —lento, preciso y precioso— del Rey, quien fue oficialmente coronado en ese su cuarto mundial, único en que —gracias a los cambios introducidos en el arbitraje con el objeto de proteger a los jugadores particularmente habilidosos— pudo disputar los 6 partidos que les llevaron a la obtención de la Jules Rimet, algo que no había podido hacer: en el Mundial Suecia 58 en el que estuvo ausente por lesión en los dos primeros partidos; en el Mundial Chile 62, como ya se señaló, ni en el Mundial Inglaterra 66 del que fue, literalmente, “sacado a patadas” en una especie de complot iniciado por los defensas búlgaros, encabezados por Dobromir Zhechev y culminado por la defensa portuguesa, uno de cuyos integrantes, Joao Morais, dejaría a Pelé fuera de la competencia y fuera de las canchas durante cuatro meses.

Porque fue capaz de convertir —acompañado por algunos muy buenos jugadores como Zito, Coutinho, Gylmar y Pepe— un equipo modesto, el Santos, de una ciudad modesta, Santos, Estado de Sao Paulo [que en la actualidad no alcanza el medio millón de habitantes], en uno de los equipos más importantes del mundo en tiempos previos a la globalización.

Porque fue capaz de encabezar la introducción del “Soccer” en los Estados Unidos de América y de llenar estadios, jugando para el Cosmos de Nueva York, del que formó parte también “El Kaiser” Franz Bekenbauer.

Porque llegó a ser considerado “Atleta del siglo XX” y “Mejor futbolista del siglo XX”, alcanzando niveles que, probablemente, solo han alcanzado deportistas como Michel Jordan y Mohamed Alí.

Porque llegó a codearse con los más grandes personajes de la política, de la farándula y de las religiones; a ser nombrado embajador de la Unicef, Ministro de Deportes de su país, así como caballero honorario del Imperio Británico, sin poder dejar de mencionar el enorme éxito de la “Marca Pelé” en el mundo de los negocios, de la mano de empresas como Kodak, Santander, Subway, Hublot y Volkswagen, la cual le posibilitó amasar una fortuna imposible de obtener durante sus años como futbolista.

Para algunos críticos —como el futbolista Sócrates, por ejemplo— su silencio ante la dictadura militar en su país sería “el negro en el arroz” del futbolista nacido en Tres Corazones, Minas Gerais, Brasil y quien, quizás, en atención a la expresión de sus deseos personales expresados en la coyuntura de la muerte de Diego Armando Maradona, “um dia, eu espero que possamos jogar bola juntos no céu”, pueda seguir deleitando con su “jogo bonito” en el cielo como lo hizo en la tierra, hasta que el paso y el peso de los años se lo impidió, al grado de dar tristeza y despertar ternura ver a quien se desplazaba como una pantera negra vestida de blanco por las canchas de los cinco continentes, caminar con andadera o desplazarse en una silla de ruedas. Dijera un compañero y amigo —obviamente fanático del balompié—: “si en el cielo no hay futbol, no puede ser el cielo”…

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