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jueves, julio 18, 2024
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Pedro Páramo en San Luis de Lozada

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Por Javier Castellón Fonseca

Corría el año de 1999. Jean Meyer seguía esperando a Manuel Lozada y hurgaba en todos los rincones donde sabía que podía encontrarlo. A invitación de Pedro Luna, el escritor francés visitó la Universidad Autónoma de Nayarit donde ofreció una serie de conferencias sobre las luchas agrarias acontecidas en el siglo XIX en el occidente de México y en especial sobre la figura del Tigre de Álica.  En ese contexto, la UAN y La Cofradía le organizaron una visita a San Luis de Lozada que resultó alucinante.

En un día soleado, en compañía de ejidatarios, pobladores, académicos, funcionarios universitarios y hasta curiosos admiradores de la obra de Jean Meyer recorrimos a pie las calles de San Luis desde la plaza hasta la iglesia y de ahí a una improvisada asamblea en el edificio del comisariado ejidal. Sucedieron cosas alucinantes; en plena caminata, dos jinetes a caballo cruzaron a todo galope la calle principal del pueblo. Nunca entendimos la razón.

En plena asamblea, una mujer de la tercera edad nos compartió el secreto de su familia: Al final del arroyo que pasa cerca, aparece un hombre vestido de chinaco con el pañuelo rojo en la cabeza y grandes espuelas. Caminaba a lo largo de la orilla y desaparecía a la distancia. Aseguraba, haciendo la señal de la cruz, que quienes lo habían visto aseguraban que se trataba de Lozada.

Jean Meyer recorrió el pueblo, observó la casa de adobe que los lugareños le decían había sido sede del cuartel general y miró, con respeto y estupor, la cruz que el caudillo había dejado depositada en el templo.

En esas estaban cuando me paré a descansar en una esquina a las orillas del rancho. A lo lejos observé un hombre con sombrero que se acercaba en un caballo que jalaba dos bestias cargadas de leña. Al llegar frente a mí, antes de preguntarme si conocía a Pedro Páramo, me dijo “licenciado rector, qué anda haciendo por acá”. Era Rafael González Castillo, en aquel momento ya conocido reportero radiofónico. Bajó del caballo, me saludó afectuosamente y me invitó a pasar a saludar a su madre y a su hermana. Les dije lo que andaba haciendo y sonrieron cuando les platiqué todo lo que había pasado.

Fue un día inolvidable, mágico, alucinante. Como me dicen que son todos los días, allá en San Luis de Lozada.

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