Por Jorge Enrique González | Meridiano · Turismo 360 Nayarit
Juan Bananas no fue siempre Juan Bananas. Tuvo, tiene, otro nombre: Juan Francisco García Rodríguez (Ciudad de México, 1950). El mismo que bajó del camión de redilas en el crucero de San Blas en 1969, con diecinueve años, un costal de correos de Brasil al hombro y cien pesos que su madre le metió en la bolsa antes de salir de la Ciudad de México. En el puerto de Nayarit existe un dicho: el que va a San Blas y no come su pan de plátano es como si nunca hubiera estado allí. Detrás de ese pan y del personaje de pelo largo y huaraches hay una historia de ruptura que comenzó en el asfalto y terminó en el flujo de las mareas.
La historia de sus andanzas la recupera el podcast Turismo 360 Nayarit, producido en sociedad con Quadra y publicado por Evaristo Guzmán Cortez (La Presa, Nayarit, 1968), conductor de Nayarit te va a Gustar, uno de los programas más exitosos de la televisión pública local hace un cuarto de siglo.
Juan nació en la capital del país. Su infancia siguió el mapa de la ingeniería civil de su padre, subdirector en la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos durante los años cincuenta. Creció en Aguascalientes, entre el Jardín de San Marcos, la Plaza de Toros y los viajes que su padre hacía para conocer las obras del país. Su etapa en la provincia terminó cuando regresar a la Ciudad de México implicó volver a una caja de concreto. Allí su padre, fanático de los Pumas y apasionado del futbol americano, lo proyectó hacia ese deporte.
Jugó para los Bucaneros, equipo cuya porra inventó su padre en una de las primeras ligas infantiles de futbol americano del país, con los colores azul y oro de la Universidad. Después pasó por las prepas 8 y 4, y alcanzó la liga intermedia con los Escorpiones de Ingeniería de la UNAM. El futbol le dio disciplina y método, pero le faltaba paz.
Mientras jugaba, el país crujía. Le tocó el movimiento estudiantil de 1968 siendo alumno de preparatoria. Se sintió parte de esa lucha contra la imposición del sistema. En su casa, la autoridad era su padre, un hombre con un carácter heredado de un abuelo que fue general de división del Ejército de la Revolución, y cuya respuesta ante cualquier duda era: «porque así es». Juan se sintió atrapado entre la lealtad a su equipo y la lealtad a una generación que pedía un cambio.
La tarde del 2 de octubre, el destino intervino. Tenía una reunión en Tlatelolco con dirigentes estudiantiles, pero un retraso en Ciudad Universitaria lo mantuvo lejos de la plaza cuando empezó la corretiza. Llegó a las inmediaciones cuando ya el Ejército había rodeado a los estudiantes. Ese evento clausuró su etapa de ciudadano modelo. «Se acabó el futbol, la escuela», decidió. Necesitaba aire y una geografía que no estuviera cuadriculada por el cemento ni por las órdenes de un entrenador.
Enfrentó a su padre en la soledad de un coche, en una plática de asiento a asiento. Rechazó la oferta de una beca en el Tec de Monterrey y la entrada a la compañía de recubrimientos químicos que sus tíos habían formado y donde su padre quería verlo trabajar. Quería el mar y la sensación de ingravidez del agua. Su padre acabó por aceptar la determinación de su hijo. «Ya lo llevo, ya me lo diste», le dijo Juan al agradecerle la educación recibida.
Salió de la Ciudad de México con diecinueve años, un costal de correos de Brasil al hombro y cien pesos que su madre le metió en la bolsa a la fuerza. Su plan era llegar a Ensenada para estudiar oceanografía. El último aventón que tomó iba de Guadalajara a Los Mochis en un camión de redilas. Al pasar por el crucero de San Blas, recordó las vacaciones de su infancia y sintió un jalón magnético que lo obligó a bajar del transporte antes de tiempo.
Su primer refugio fue el vivero de don Beto Parra. Don Beto, reconocido rastreador de jaguares, tenía dos jaguares enjaulados. El olor del animal y la visión de sus músculos fueron su bienvenida a Nayarit. Al día siguiente subió a un camión tropical, plataforma abierta con asiento corrido y lonas a los lados, que lo llevó hasta el Hotel Colón, donde el camino terminaba. Caminó buscando el mar de su infancia y, al cruzar la primera islita, encontró a unos surfistas mexicanos y estadounidenses sobre las olas. Era una de sus primeras imágenes del surf en México y Juan decidió quedarse. La ola larga de Matanchén se convirtió en su campo de juego.
En una de las dos ramaditas de Las Islitas, Juan conoció a Jesús Vázquez, El Brujo. El curandero michoacano lo invitó a quedarse a pescar con un chinchorro. Juan aprendió los ciclos lunares, las mareas y los puntos donde el pescado se acerca a las orillas a comer entre las piedras. El Brujo le enseñó a remendar la red, a esperar que la luna durmiera para entrar al mar y a comer de lo que daban el cerro y el agua: mangos, papayas, guayabas, nopales, langostas y pescados grandes. Las jornadas nocturnas con el agua bañada en fósforo borraron el rastro del chilango que jugaba futbol americano. «Es mi hijo», decía El Brujo a los curiosos. Juan obtuvo así su primer pasaporte de respeto: el hijo de El Brujo.
La subsistencia exigía herramientas. Juan regresó a la Ciudad de México por un mes, consiguió una chamba de doble turno en la Secretaría de Relaciones Exteriores como mandadero y sacando copias, y juntó dinero para un machete, un martillo, clavos, un serrucho y, ya en Guadalajara, un chinchorro. Al volver a San Blas, era un constructor. Levantó su cabaña en Las Islitas y fue el cuarto poblador de esa zona; hoy es el único de los cuatro que sigue vivo. Cada clavo era una declaración de independencia.
Para financiar su vida inventó el negocio de las tortas. Construyó un carrito con madera de mangle, lo decoró con un tapestry de la India, instaló una estufita de petróleo y se plantó en la esquina más concurrida de San Blas, frente a la tienda de Genarito. Al principio el fracaso fue total. Los locales desconocían qué era una torta. «Es como un sándwich, pero en un bolillo», explicaba. Un comensal aventurero le dio la primera oportunidad y pronto el carrito se llenó de gente. Juan Francisco pasó a ser Juan Tortas. El negocio prosperó y se convirtió en punto de reunión de los amigos.
El éxito atrajo a los agentes de migración, que extorsionaban a los extranjeros del puerto. Intentaron levantar a Julie, su novia y luego primera esposa, con la excusa de que trabajaba sin papeles en el carrito. Juan viajó a la Ciudad de México, pidió cita en la Secretaría de Gobernación y descubrió que las autoridades tenían su récord completo desde su llegada a Nayarit. La salida fue casarse. Organizaron la boda en la playa, con una jueza que caminó por la arena cargando sus zapatillas en la mano.
El pan de plátano nació de una coincidencia y de un recetario. Unos hermanos salvavidas que viajaban entre Estados Unidos y San Blas notaron que Juan siempre tenía uno o dos racimos de plátano en su cabaña. Regresaron de su país con un libro de cocina que contenía la receta. Juan recordó a su madre horneando para alimentar a sus ocho hijos. El primer pan lo horneó en la estufita de cuatro hornillas y lo subió al camión tropical para llevárselo a sus amigos en Las Islitas. No llegó. Un pasajero olió la masa caliente, le pidió probar y se la compró antes del Hotel Colón. El olor fue su publicidad. La receta evolucionó: Juan le quitó el exceso de azúcar para aprovechar el dulzor natural de la fruta madura.
El negocio de las tortas quedó atrás. Juan perfeccionó la técnica usando láminas de propaganda política vieja como moldes y distribuía el pan a caballo. El animal comía plátanos con la misma avidez que él. La gente empezó a buscarlo en Las Islitas, aguantando los piquetes de zancudos y jejenes a cambio de una pieza caliente. Juan Bananas se convirtió así en una marca de identidad.
Con Susan, su segunda esposa y madre de Gibrán y Aramara, el negocio creció. Pusieron un restaurante naturista con yogur y ensaladas, alimentos que los extranjeros apreciaban. Juan compró becerras para producir su propia leche y adquirió el terreno donde hoy se encuentra el negocio. Eran tiempos de energía inagotable: ordeñaba al amanecer, horneaba durante el día, atendía el restaurante por la tarde y vendía artesanías al lado. Más tarde sería fundador de la Asociación Mexicana de Surf.
Su amor por San Blas lo llevó a la confrontación con el poder político y económico. Cuando descubrió que el secretario del capitán de Puerto extorsionaba a los vecinos en posesión de los terrenos federales ganados al mar, Juan viajó a la Ciudad de México, se informó del proceso de regularización y regresó al puerto con la información en la mano. La denuncia se le cayó al funcionario y, a partir de ahí, se conformó la Unión de Prestadores de Servicios Turísticos de Las Islitas. Su conocimiento de la ley y su terquedad lo convirtieron en un peligro para los políticos. Defendió la playa cuando el desarrollo turístico amenazó con desalojar a los prestadores para favorecer un megaproyecto.
Lo acusaron de fabricar droga con las cáscaras de plátano y de usurpar funciones públicas. Fue detenido y trasladado a la penal de Tepic. El pueblo de San Blas respondió tomando la presidencia municipal, y diputados del Congreso local tuvieron que formar una comisión para pagar la fianza, sacarlo de la cárcel y escoltarlo de regreso al puerto, a cambio de que la gente liberara el edificio. En el careo judicial, los testigos admitieron que las autoridades los habían obligado a declarar en su contra. «Tengo órdenes superiores de declararte culpable», le confesó el juez antes de soltarlo por falta de pruebas.
Juan Bananas, 75 años, observa hoy el mundo con calma. Vive de manera austera en sus cabañas. Ha dejado el negocio en manos de sus hijas, y acepta que ellas lo hagan a su manera. Una de ellas regresó a San Blas durante la pandemia y, en lugar de irse, empezó a promover la creación de museos en el puerto. El ciclo se repite.
San Blas ha cambiado. El manglar está bajo asedio por el acaparamiento de tierras y la deforestación. Juan confía en los jóvenes nayaritas para que no se queden callados.
En las tardes de San Blas, Juan camina por la playa de Las Islitas. Construye cabañas de palo y adobe. Hornea cuando puede y saluda a quien lo cruza. La tumba de Yaco, su perro, queda a unos metros del horno. Juan pasa cerca, se acomoda los huaraches y se mete al agua.







