
Hace unas semanas, un amigo buscó empleo en la empresa de sus sueños. Con gran solidez avanzó en el proceso: cumplía todos los requisitos y perfeccionó su inglés a marchas forzadas. En la etapa final recibió un correo electrónico: “El puesto se encuentra suspendido temporalmente y el proceso de selección está en pausa para todos los candidatos”.
La historia anterior no es un infortunio más. Es la nueva realidad que enfrenta la clase trabajadora alrededor del mundo.
El Fondo Monetario Internacional proyecta que la inteligencia artificial afecte al 40 por ciento de los empleos globales, ya sea transformando procesos o automatizando tareas completas. Las empresas tecnológicas más poderosas del planeta han comenzado una reingeniería alrededor de esta revolución.
Datos del portal especializado Layofss.fyi destacan que en este sector se han reportado más de 103 mil despidos de trabajadores en lo que va de este 2026. Y en Estados Unidos, la firma de recolocación ejecutiva Challenger, Gray & Christmas señala que la IA ha sido la principal razón citada en los recortes corporativos.
Meta, la empresa propietaria de Facebook, Instagram y Whatsapp, anunció el despido de 8 mil trabajadores y la eliminación de 6 mil vacantes. Microsoft ofreció retiros voluntarios a 8 mil 750 personas y Amazon recortó 30 mil puestos administrativos. Otras grandes empresas como Disney, Nike y Oracle siguieron el mismo camino. Todo bajo un mismo patrón: menos obreros, más inversión en inteligencia artificial. Pero esto no comenzó aquí.
Durante la segunda etapa de la Revolución Industrial, Frederick Winslow Taylor presentó una teoría de administración basada en el método científico. La idea central era dividir el trabajo en tareas pequeñas, medibles y repetitivas para maximizar la eficiencia y productividad de los proletarios. Los ingenieros planeaban; los obreros ejecutaban.
Al mismo tiempo, muchos empresarios adoptaron la lógica panóptica de Jeremy Bentham, para aumentar su productividad. Trabajadores disciplinados sometidos a la vigilancia permanente, real o imaginaria.
Mientras el taylorismo organizó el trabajo, el panoptismo disciplinó a los trabajadores. Esta ecuación fue retomada por Henry Ford, quien la llevó al extremo junto a la inclusión de nuevas tecnologías que permitió una producción industrial masiva de automóviles.
El fordismo generó un aumento notable de la productividad. Pero la riqueza real se concentró principalmente en quienes poseían el capital. Las críticas no se hicieron esperar. La deshumanización era la principal acusación, los trabajadores se habían convertido en engranajes de una maquinaria diseñada para generar dinero.
Sin embargo, la industria mundial adoptó estas ideas y las industrias comenzaron a florecer, naciendo en contraparte organizaciones sindicales que funcionaron como un poder combativo ante el ascenso de las élites económicas.
A pesar de ello, la historia ya había anticipado este ciclo, siglos antes de que existiera una sola fábrica.
Durante la Edad Media, el molino de viento redujo el esfuerzo humano para lograr una mejor cosecha en menor tiempo. Esto generó una ilusión al campesino de tener mayor tiempo para desarrollar actividades propias. La realidad fue otra: muchos señores feudales lejos de reducir la jornada laboral, exigieron una mayor producción.
Siglos después, un grupo de hackers, cuya ideología rayaba en el anarquismo, comenzó a crear softwares para impulsar la libertad humana, empoderando a la clase trabajadora frente a las grandes corporaciones tecnológicas de los años 80. Esta digitalización permitió automatizar tareas cognitivas manuales, pero también incrementó las cargas laborales y profundizó la brecha entre trabajadores especializados y quienes quedaron rezagados.
Aunado a esto, las grandes empresas abrazarían la doctrina neoliberal de Milton Friedman como los cristianos a la biblia. La Escuela de Chicago comenzaría a dirigir varias empresas bajo la máxima de que: “La responsabilidad social de la empresa es incrementar los beneficios de sus accionistas”. Esto fue interpretado de muchas maneras por los empresarios, aunque la mayoría dejó de ver al trabajador como un humano productivo y comenzó a tratarlo como un costo a reducir.
El internet profundizó aún más esta desigualdad. Comenzaron a surgir perfiles altamente especializados gracias al privilegiado acceso que tenían al conocimiento global. El capital cultural de la educación se convirtió en una obligación para millones de familias, que sacrificaron todo para que sus hijos acudieran a universidades prestigiosas, con la esperanza de un mayor acceso a oportunidades laborales.
La economía se mantenía en la misma lógica: hacer más con menos.
Muchos creyeron que este era el ápice del mundo del capital. Pero el sueño industrial aún guardaba un último invento: la inteligencia artificial.
Aunque los vestigios de esta tecnología se remontan a los años cincuenta, su desarrollo pasó por varios inviernos a consecuencia de las limitaciones tecnológicas de las épocas pasadas. Para la década de 2010, el invierno cedió ante la tecno primavera que permitió el avance del aprendizaje profundo lo que desarrolló diversos sistemas que funcionaron en el entretenimiento y como asistentes virtuales.
Pero el cambio más drástico llegó con su acceso a internet. La IA comenzó a aprender de las creaciones de millones de personas alrededor del mundo.
A diferencia del molino o las máquinas industriales, esta tecnología no se alimentaba de la fuerza humana o animal, del carbón o el petróleo, sino del conocimiento humano.
Esta tecnología comenzó a comprender la condición humana y a imitar al propio sapiens de manera digital. Logró investigar, redactar, analizar, diseñar, programar e incluso a tomar decisiones. Ahora con la creación de agentes, logra incluso reemplazar la labor humana en algunas tareas.
La diferencia más marcada con las antiguas revoluciones industriales es que aquí no sólo se amenaza al trabajo de la fuerza, ahora también se compite con el trabajo cognitivo.
Esto abre una nueva brecha. Los entusiastas esperan que la modificación o eliminación de algunos empleos, terminé por crear otros. Sin embargo, estos nuevos empleos requerirán una mayor especialización para la que la mayor parte de la población no está preparada
En el caso de México, esta revolución se enfrenta con un mercado laboral profundamente vulnerable. El INEGI reportó que, hasta el primer trimestre del 2026, el 54.8 por ciento de la población ocupada en el país se encuentra en condiciones de informalidad. Mientras que el Banco Interamericano de Desarrollo informó que el 68 por ciento de los empleadores reporta dificultades para encontrar los perfiles que necesita.
Las universidades públicas del país siguen rezagadas en la implementación de programas relacionados con la IA, mientras el aumento en el costo de vida dificulta todavía más que millones de personas puedan prepararse para los empleos del futuro.
En el peor de los escenarios, esto podría saturar aún más los trabajos informales, precarizar los trabajos manuales y aumentar la vulnerabilidad en regiones donde las oportunidades laborales ya son escasas. Los emprendimientos surgirán como una respuesta, pero la amenaza de un bajo consumo consecuencia de la precarización laboral siempre estará presente.
Bajo esta lógica, no solo los empleos de fuerza tendrían un nuevo impulso, sino también la llamada gig economy. Las ciudades se inundarán de nuevos trabajadores del volante y mandaditos, que serán explotados por las plataformas extranjeras que posiblemente encarezcan sus comisiones ante la alta demanda del servicio.
Pero en el peor de los casos, los rezagados reforzarán el capital humano del crimen organizado, al no encontrar oportunidades laborales reales.
En esta pesadilla, incluso quienes logren adaptarse enfrentarán otra paradoja histórica: producir más sin mejorar sus condiciones de vida. La IA mal encaminada puede precarizar incluso el trabajo formal si la prosperidad patronal no se comparte. Lo cual luce probable en un país que, como revela un estudio de la doctora Viri Ríos, está acostumbrado a repartir el valor generado por las empresas en un 65 por ciento a los dueños del capital y el resto a la clase obrera.
EN DEFINITIVA… La inteligencia artificial es la culminación histórica del capital. Una tecnología capaz de automatizar no solo la fuerza física, sino también el conocimiento humano. Su avance exponencial transformará la economía, la política y las relaciones sociales con una rapidez para la que gran parte del mundo aún no está preparado.
Sin regulación, la nueva revolución industrial corre el riesgo de convertirse en otra etapa de precarización laboral y concentración de riqueza.
Mientras otras regiones del mundo ya discuten cómo sobrevivir a la automatización, en México, pero sobre todo en Nayarit, apenas comenzamos a entender la magnitud de esta transformación. Pero sobre eso hablaremos después.







