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Reúne Maru a Fox y Calderón

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Veinte años tardaron Vicente Fox y Felipe Calderón en volver a compartir un templete. Que lo hicieran por Maru Campos, y no por el partido que los hizo presidentes, dice más del PAN que de ella

La fotografía circuló antes que el discurso. En el Centro de Convenciones de Chihuahua, la tarde del sábado, Vicente Fox y Felipe Calderón aparecieron uno al lado del otro, flanqueando a la gobernadora María Eugenia Campos Galván y al dirigente nacional del PAN, Jorge Romero. La última vez que los dos expresidentes coincidieron en un acto público con esa carga simbólica fue el 1 de diciembre de 2006, cuando el guanajuatense entregó al michoacano la banda presidencial entre protestas por un presunto fraude electoral. Desde entonces tomaron rutas distintas, rompieron con el blanquiazul y renunciaron a su militancia, Fox en 2013 y Calderón en 2018. El reencuentro de ahora tiene fecha y firma. Sobre todo, propósito.

El motivo declarado fue arropar a Campos, citada por la Fiscalía General de la República y blanco de una solicitud de juicio político promovida por legisladores de Morena en Chihuahua. El motivo de fondo es distinto. El PAN llega a la antesala de 2027 sin figuras presidenciales propias en activo y con una lista larga de cuadros que no lograron lo que consiguió la gobernadora: sentar en la misma mesa a dos hombres que llevaban dos décadas sin dirigirse la palabra en público. Ni Josefina Vázquez Mota, ni Ricardo Anaya, ni Xóchitl Gálvez. El dato es más que anécdota. La oposición echó mano de su pasado porque su presente no le alcanza para llenar un centro de convenciones, y el partido calculó en diez mil las personas congregadas.

Conviene no confundir la escena con una reconciliación. Calderón compartió templete con Marko Cortés, dirigente al que en su salida acusó de haber convertido al PAN en una camarilla. Fox volvió al ruedo del que se ausentó durante años de retiro en su rancho de Guanajuato. Lo que los reunió no fue el afecto recobrado por el partido, sino la utilidad de un enemigo común. Ambos entendieron, y el PAN antes que ellos, que la confrontación con Morena ofrece un escenario donde sus negativos pesan menos que su valor de contraste. El mensaje del acto fue uno solo, repetido por todos los oradores: el adversario del país es el crimen organizado, y el gobierno federal lo encubre. Sobre esa premisa, el panismo busca capitalizar dos frentes abiertos al mismo tiempo, el de Chihuahua y el de Sinaloa.

El conflicto que detonó la movilización tiene origen concreto. La gobernadora mantiene un desencuentro con el gobierno federal por la presencia de agentes de la CIA en un operativo contra narcolaboratorios en la Sierra Tarahumara. De ahí derivaron el citatorio de la FGR, que Campos rechazó al ampararse en su fuero, y el intento de juicio político que, según la diputada Kenia López Rabadán, los propios morenistas dejaron vencer al no ratificar a tiempo la solicitud. Romero, con playera del lema «Yo con Maru», advirtió que defenderá a la mandataria «a muerte» y amenazó con calentar las calles si la tocan. La defensa jurídica quedó en manos de Roberto Gil Zuarth, exsecretario particular de Calderón, detalle que ilustra cómo el viejo grupo gobernante reaparece completo alrededor de la causa.

La jornada acumuló ironías difíciles de pasar por alto. Fox, que acusó a Morena de erigir una «dictadura perfecta», fue hace veinte años el presidente que impulsó el desafuero contra Andrés Manuel López Obrador, aquel mismo uso del aparato legal contra un adversario político que hoy denuncia en boca de la oposición. La distancia entre el gobernante que persiguió jurídicamente a un rival y el expresidente que reclama persecución jurídica de un rival cabe en dos décadas y en un cambio de bando en el poder.

Calderón aportó la segunda. Regresó a la arena pública precisamente en un episodio adyacente al narcotráfico, el del operativo en la sierra, para defender la estrategia de seguridad que marcó y desgastó su sexenio. Sostuvo que México atraviesa su hora más dramática y llamó a construir una fuerza ciudadana frente a lo que describió como deriva autoritaria. El hombre que declaró la guerra al crimen organizado vuelve a hablar de crimen organizado, ahora para señalar que el gobierno protege a quienes él combatió. El reclamo es coherente con su biografía. También la expone a la revisión de sus resultados.

El cálculo opositor tiene un costo que el entusiasmo del sábado tendió a ignorar. Reanimar a Fox y a Calderón coloca al PAN frente a un espejo retrovisor. Las dos figuras conservan índices de rechazo altos y arrastran la memoria de dos administraciones que Morena ha convertido en su principal materia de contraste durante una década. El partido apuesta a que el adversario común diluya esos pasivos. Morena apuesta a lo contrario, a que el regreso de ambos le devuelva el argumento más rentable de su discurso, el del antiguo régimen que pretende volver. Romero retó al oficialismo a respaldar en público al gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, en un intento por trasladar la sospecha al otro lado. El duelo de narrativas apenas comienza.

La incógnita que deja Chihuahua no es si el PAN logró su foto. La logró, y con creces. La incógnita es si esa foto moviliza al futuro o sólo le recuerda al electorado por qué estos dos hombres se fueron. El reencuentro, por ahora, resolvió la urgencia del partido de parecer vivo. Si sirve para algo más se sabrá en las urnas de 2027, único tribunal cuyo veredicto importa en política.

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