La conformación de la identidad civil en el altiplano opera bajo una contradicción de origen que el análisis periodístico contemporáneo define como un trauma continuo. En el núcleo de la Plaza de las Tres Culturas, la placa que conmemora la caída de Tlatelolco en agosto de 1521 sintetiza la base de la consanguineidad nacional mediante una sentencia que descarta tanto el triunfo cuanto la derrota para decretar que “fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”. Sin embargo, los dolores de parto de esta nueva raza no han concluido. A más de cuatro siglos de la Conquista, el habitante de la provincia permanece atrapado en las inconsistencias de su ascendencia, asumiéndose simultáneamente como hijo de Cortés y de Cuauhtémoc sin resolver la capitulación del segundo ni la ocupación del primero. Riding observa con agudeza este dilema existencial y advierte que “los mismos mestizos sigan atrapados en las contradicciones de su ascendencia. Son tanto hijos de Cortés como de Cuauhtémoc, no son españoles ni indígenas, son mestizos, aunque no admitan su mestizaje”. Esta ambivalencia edifica una sociedad que busca interminablemente una identidad y oscila entre lo antiguo y lo moderno, lo tradicional y lo de moda, lo indígena y lo español.
La clave de la estabilidad mexicana no radica en la uniformidad ideológica, sino en un profundo pasado subconsciente que opera como un elemento vivo en las decisiones del presente. El peso de la historia resulta abrumador para la estructura del poder público. Sobre las ruinas de una larga sucesión de imperios teocráticos y militaristas, la colonización española impuso los valores absolutos de una metrópoli católica e intelectualmente reprimida. De esta fusión derivó una firme tradición de autoritarismo político y omnipotencia divina que ofrece una resistencia estructural a las corrientes del liberalismo occidental. El corresponsal británico desmitifica la influencia europea en el sistema de gobierno y concluye que “sólo México es verdaderamente mestizo; es la única nación del hemisferio donde se dio el mestizaje religioso y político, además del racial; tiene el único sistema político que se debe entender dentro de un contexto prehispánico; y sus habitantes son todavía más orientales que occidentales”.
El espíritu de la mentalidad indígena rige las conductas privadas y las negociaciones del mercado, relegando la eficiencia mecánica a un plano secundario. El habitante de la provincia se muestra discreto, evasivo y desconfiado; privilegia el honor personal y orienta sus relaciones colectivas a través de las tradiciones más que por los principios jurídicos, y por el pragmatismo más que por la ley escrita. Riding capta la correspondencia de estas sutilezas en la psicología de masas al señalar que “algunas veces, parece como si los españoles ocuparan el cuerpo de los mestizos y los indígenas conservasen el control de su mente y sentimientos. A fin de cuentas, el espíritu superó a la materia”. En este entorno, el desorden externo y el ritual coexisten sin fracturar la paz pública, toda vez que el habitante prioriza el aspecto emocional y espiritual sobre la puntualidad o la organización burocrática, pues, a diferencia de la mentalidad anglosajona, “el mexicano toma en cuenta más lo que uno es que lo que hace, el hombre y no el puesto que ocupa: trabaja para vivir y no a la inversa”.
La concepción del tiempo constituye otro factor de diferenciación que choca con las estructuras de producción de Occidente. Las culturas que consideran el nacimiento como un principio y la muerte como un término no asimilan la vigencia de un pasado continuo. El habitante de la provincia mexicana no otorga a la muerte la capacidad de interrumpir la continuidad biológica; se burla de ella en el arte popular y recrea la comunión con los antepasados cada noviembre en los cementerios mediante ritos de herencia azteca, debido simplemente a “la derivación del conocimiento de que el pasado no está muerto”. Por el contrario, el futuro se contempla bajo un estricto fatalismo que vuelve anormal el ejercicio de la planificación a largo plazo. Al asumir que los acontecimientos están predeterminados por fuerzas superiores o deidades caprichosas, las burocracias y las corporaciones privadas diseñan planes que pertenecen al reino de la fantasía, actuando como “manifestaciones idealistas de buenas intenciones, en lugar de series de objetivos por alcanzar”. El síndrome del mañana no constituye un síntoma de pereza, sino la evidencia de una filosofía donde el presente se improvisa y el futuro vendrá por sí mismo.
Esta resignación ante la fatalidad se encuentra vinculada a una crónica histórica de derrotas y traiciones que prepara a la población para esperar y aceptar el peor de los escenarios. Los héroes del panteón oficial, desde Cuauhtémoc hasta Emiliano Zapata, murieron asesinados de manera sistemática, mientras que las leyes e ideales de las constituciones fueron objeto de transacciones políticas inmediatas. Riding recupera la tesis existencial de Octavio Paz en El laberinto de la soledad al recordar que “la tumba del héroe es la cuna del pueblo”, un nihilismo que no opera como una construcción intelectual, sino como una reacción instintiva de supervivencia. La derrota de la Conquista permitió a los colonizadores inculcar un sentimiento de inferioridad étnica que heredó la sociedad mestiza, manifestándose en el menosprecio hacia las poblaciones indígenas puras y en una trémula inseguridad que las máscaras del machismo y la conducta bravucona pretenden ocultar sin éxito. Para huir de una realidad económica que no pueden transformar, los individuos ingresan a un espacio donde la pasión domina sobre la razón.
El centralismo actúa como la armadura política que contrarresta la tendencia anárquica de la individualidad mexicana. Cuando el ciudadano sale de los muros de su hogar, opera bajo la presunción de enfrentarse a una sociedad hostil con la cual mantiene una solidaridad mínima, lo que explica la basura acumulada, el tránsito indisciplinado y la ausencia de caridad organizada. El sistema funciona mediante relaciones de poder donde los derechos individuales se encuentran determinados por los niveles de influencia de cada camarilla. Dado que las consecuencias de un choque de voluntades pueden derivar en violencia latente, la confrontación se elude mediante la negociación forzada. El lenguaje formal y oscuro opera como el arma principal de autodefensa del ciudadano; el uso de palabras ambiguas y frases ornamentales permite proteger las emociones y evitar el riesgo de contraer compromisos reales. Las promesas carecen de valor intrínseco, pues el autor nos recuerda que “el lenguaje tiene vida propia, casi como si las palabras, y no las personas, se comunicaran entre sí”.
En la vida pública, la retórica independiente de los hechos resulta indispensable para la supervivencia de la burocracia. Los discursos oficiales se construyen sobre conceptos grandilocuentes y valores abstractos que los gobernantes ignoran en la práctica. Cuando es preciso transmitir un mensaje político real, la élite recurre a claves secretas y metáforas oscuras destinadas a ser descifradas únicamente por los iniciados, mientras que las fuertes negaciones oficiales sirven para confirmar la existencia de las crisis. Toda esta ceremoniosidad proporciona una densa cortina de humo tras la cual se ejerce el poder real al tiempo que se conserva la ilusión de un debate democrático. El pasado se moviliza de manera activa para mantener la cohesión de la sociedad moderna, dividiendo a las figuras históricas entre buenas y malas para personificar conceptos útiles al régimen. El general Alfonso Corona del Rosal sintetizó discretamente la opacidad del partido hegemónico al comentar: “miren muchachos, el PRI es socialista, pero no lo podemos decir”.
La serie continuará en la segunda entrega con la disección forense del sistema presidencialista, examinado por Alan Riding como una monarquía sexenal absoluta acompañada por el rito del “destape” y la liturgia de las sucesiones en crisis. Las evidencias de este primer examen confirman que las sutilezas internas de esta nación antigua se resguardan tras máscaras de formalidad burocrática para asegurar la perpetuación de su hegemonía. Meridiano abre este expediente histórico para desmitificar los resortes del poder en la provincia.







