
La historia del estadounidense Michael Smith es digna de una novela, pero en realidad es una noticia. El hombre montó una fábrica de música instantánea, cientos de miles de canciones, con inteligencia artificial, y a la vez un ejército de oyentes falsos que le garantizaban casi setecientas mil reproducciones diarias. Así obtuvo unos diez millones de dólares en regalías. Las canciones eran fantasmas, los oyentes eran fantasmas, pero el dinero era real, y se lo quitó a músicos de toda monta. En julio será sentenciado. Otros en este momento son protagonistas de lucrativas historias similares. Todos somos, de algún modo, actores secundarios de esta novela fantástica de la IA, las redes sociales, el comercio electrónico. Un mundo paralelo que nos consume atención, nos programa gustos y nos engancha un segundo sí; otro también.







