La lectura, para las generaciones del siglo pasado, empezó en los puestos de periódicos. Ahí estaban los «cuentitos», historietas ilustradas como Memín Pinguín y Lágrimas y Risas, que uno leía de pie, alquilaba por unos centavos o se llevaba a casa. También las había sin «monitos», puro texto: novelas románticas, policíacas, de terror. La televisión no las desplazó; las mataron el celular y el entretenimiento a la carta. Hoy son nostalgia, y pasión de coleccionistas cada vez más escasos. Se lee más que nunca, pero a saltos. Veinte palabras ya son muchas; veinte segundos, una eternidad. Se devora, se escanea, se desliza con el pulgar, se entiende poco. Ya no hay tiempo, ni los minutos que llevaba leer Memín , ni las horas que ocupaba un “bolsilibro”. Todo, todo, se volvió más fugaz.







