Una de las derrotas más dolorosas en la historia reciente del futbol mexicano llegó este domingo 5 de julio en el Estadio Azteca. Sin embargo, más allá del resultado, la actuación de la Selección Mexicana dejó una sensación distinta: la de un equipo que compitió de tú a tú contra una de las potencias mundiales y que, por momentos, hizo creer que el tan anhelado salto de calidad finalmente había llegado.
México cayó 3-2 ante Inglaterra en los octavos de final de la Copa Mundial de la FIFA 2026. El marcador, aunque definitivo, no terminó por reflejar lo que ocurrió sobre el terreno de juego, donde el conjunto dirigido por Javier Aguirre mostró personalidad, intensidad y una propuesta ofensiva que puso en serios aprietos al combinado inglés.
Desde el silbatazo inicial, ambos equipos dejaron clara la idea con la que habían preparado el encuentro durante la semana. Inglaterra apostó por mantener el orden defensivo y aprovechar los espacios mediante transiciones rápidas, mientras que México tomó la iniciativa con la posesión del balón, presionó alto y buscó imponer condiciones desde los primeros minutos.
Con el respaldo de más de 80 mil aficionados que convirtieron al Estadio Azteca en una auténtica fortaleza, el conjunto mexicano se adueñó del ritmo del partido. La circulación del balón fue dinámica, los laterales se incorporaron constantemente al ataque y la presión tras pérdida impidió que Inglaterra encontrara comodidad para construir sus jugadas.
Lejos de encerrarse por obligación, el equipo europeo aceptó ceder la posesión y esperó el momento adecuado para explotar la velocidad de sus atacantes. Cada recuperación inglesa representó una amenaza constante, demostrando por qué el conjunto de Thomas Tuchel llegaba como uno de los principales candidatos al título.
A pesar del resultado adverso, México mostró una versión competitiva que pocas veces se había visto en los últimos años frente a una selección del máximo nivel. La intensidad, el orden táctico y la personalidad con la que enfrentó el compromiso contrastaron con actuaciones pasadas en las que el equipo nacional había sido ampliamente superado por rivales de esta jerarquía.
La derrota duele porque el sueño de avanzar a los cuartos de final terminó en casa y frente a su gente. Sin embargo, también deja una reflexión importante: este equipo demostró que puede competir contra las mejores selecciones del mundo cuando mantiene una identidad clara y una propuesta ofensiva valiente.
Quizá el marcador diga que México quedó eliminado. Pero el funcionamiento mostrado durante gran parte del encuentro abre una pregunta que hace mucho tiempo no aparecía en el entorno de la Selección Mexicana: ¿y si sí? ¿Y si este Mundial representa el inicio de una generación capaz de romper con las barreras históricas del futbol mexicano?
Más allá del futbol, la filosofía que abrazó México durante esta Copa del Mundo puede trascender el juego. Porque el ¿y si sí? va mucho más allá de una pelota rodando sobre el césped.
Es una invitación a creer que las cosas pueden hacerse mejor. A imaginar un país que deje de conformarse con competir y comience a convencerse de que también puede ganar. Es la certeza de que México puede convertirse en referente, no solo en una cancha, sino en la ciencia, el arte, la educación, el emprendimiento, la cultura y cualquier espacio donde el talento mexicano decida desafiar sus propios límites.
El ¿y si sí? también es una forma distinta de mirarnos entre nosotros. Es recordar que podemos fraternizar sin que exista un partido de por medio, que podemos celebrar los logros ajenos como propios y que la unidad no tendría que depender de once jugadores vistiendo la misma camiseta.
Durante unas semanas, millones de mexicanos olvidaron diferencias políticas, sociales o económicas para empujar hacia un mismo lado. Quizá el verdadero triunfo de este Mundial no fue un resultado, sino demostrarnos que aún somos capaces de compartir un mismo sueño.
Porque las grandes transformaciones comienzan con una pregunta que parece ingenua, pero que termina cambiando la historia.
¿Y si sí?
¿Y si sí podemos competir con los mejores?
¿Y si sí podemos construir el país que tantas veces hemos imaginado?
¿Y si sí dejamos de esperar que alguien más lo haga por nosotros?
Tal vez el Mundial terminó para México. Pero esa pregunta apenas comienza.







