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Nombrando los símbolos del porvenir: a 57 años de la fundación universitaria

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Antes del nacimiento de la universidad, Tepic había sucumbido a los espejismos de la modernidad. Un tramo entrañable del corazón urbano fue mutilado por las pretensiones del afán modernizador que asumía que el tránsito de automóviles sobre anchas avenidas era el testimonio irrefutable de que nuestra provincia avanzaba, a paso firme, hacia el progreso prometido por el alemanismo en los años cuarenta del siglo pasado.

Viejas casonas de adobe, levantadas en los siglos XVIII y XIX, cedieron su sitio a una vía de cuatro carriles cubierta por un asfalto enchapopotado. Por fin, para los gobernantes, Tepic se asemejaba medianamente al perfil de una modesta ciudad norteamericana, emblema indiscutible de que Nayarit marchaba hacia el desarrollo.

Sin embargo, la memoria de los pueblos es terca. La vida cotidiana, los recintos de gobierno, las salas hospitalarias y los puntos de encuentro habitaban aún en muros centenarios de adobe y cantera, como el viejo Hospital Civil, la Alameda, la Penitenciaría del Estado —que fungía a la vez como sede del Ejecutivo estatal— o las escuelas Amado Nervo y Fernando Montaño.

El Instituto del Estado, fundado por el gobernador Luis Castillo Ledón, proyectado y dirigido en sus orígenes por Agustín Yáñez, tuvo su asiento frente al actual Parque a la Madre, a un costado del Templo del Sagrado Corazón de Jesús, en la esquina de Morelia y Morelos; tres décadas después, el Instituto de Ciencias y Letras ocuparía la Casa Fenelón. Toda la vida escolar, desde las primeras letras del jardín de niños hasta las incipientes cátedras de Derecho y Enfermería, latía confinada en el centro de la ciudad.

La creación de una ciudad universitaria en forma no cabía en las viejas calles de nuestra ciudad.

La llegada del gobernador “que sabía leer y escribir” —como lo señaló su hermano Alejandro— y su propósito central de funar la Universidad de Nayarit, transformó no solo la fisonomía urbana de Tepic, sino a la manera de nombrar a los espacios urbanos de nuestra tierra. Cuando se tuvo el predio para asentar la naciente universidad en los terrenos del Ejido El Molino, se elaboró el proyecto arquitectónico. El modelo académico de la nueva UNINAY emulaba el modelo de escuelas y facultades de la UNAM, y el campus debía florecer en sintonía con ese ideal.

El arquitecto y artista Renato Caballero tradujo esa visión en trazos y volúmenes: un edificio  para cada disciplina, un núcleo administrativo presidido por la Torre de Rectoría, un santuario del conocimiento resguardado en la Biblioteca Central y un complejo deportivo coronado por un gimnasio monumental.

Cuando la maqueta y el terreno estuvieron listos, el doctor Julián Gascón Mercado asumió, con su espíritu poético, la atribución bíblica de darle nombre a las cosas. Borges recordaba que la misión del poeta es la misma de Adán: fundar el mundo a través de la palabra. El médico y gobernador obró como un poeta consciente de que la memoria solo perdura en la fuerza del nombre que la cobija. De esta forma, bautizó al nuevo campus como «Ciudad de la Cultura», convencido de que su principal misión era sembrar la cultura y el conocimiento en el alma de un Nayarit agreste del que él mismo había salido años antes a formarse.

Para hermanar al pueblo con su causa, concibieron el “Camino de Plata… a la cultura”: una línea trazada con cal sobre el suelo, donde las manos de niños y adultos, empresarios, trabajadores y amas de casa fueron depositando sus pesos de plata. La sociedad entera acudió al llamado. Los niños de entonces fuimos testigos del fervor con el que los trabajadores volcaron su esperanza sobre esa línea blanca. Lo recaudado apenas alcanzó para levantar un edificio; lo que verdaderamente se consagró fue el sentimiento colectivo de que se estaba construyendo un destino distinto.

Aquel impulso fundacional no quedó ahí. La Ciudad de la Cultura se llenó de símbolos. El primer guardián del campus es Amado Nervo: figura tutelar asentada sobre la roca viva del volcán Ceboruco en una gran explanada. Desde su pedestal, el busto de bronce dirige su mirada hacia el norte, contemplando la ciudad que su legado ayudó a transformar. Quien cruza esos umbrales es recibido por la serenidad de sus ojos, que continúan revelando los secretos del amor y del universo.

La Torre de Rectoría se alza como el punto central de la gobernanza universitaria, con una construcción modernista acorde con la arquitectura de la época, y similar a la de las escuelas y facultades que, con el tiempo y la vida estudiantil, forjaron su propia identidad. Bastaba contemplar sus pasillos y los murales plasmados entre los años setenta y ochenta para reconocer de inmediato dónde se ubicaban las escuelas de Odontología, Derecho, Contaduría, Economía o Ingeniería.

La cumbre de aquella etapa fundacional fue la edificación del Mesón de los Deportes. Recién desembarcado de su posgrado en Italia, Renato Caballero presentó orgulloso su proyecto al doctor Julián: “Es un Palatino, con capacidad para tres mil espectadores; no habrá nada igual en Nayarit”. El gobernador contempló el diseño con detenimiento y sentenció: “Tiene la forma de un sombrero huichol, lo que le otorga la raíz originaria de nuestra tierra. Lo llamaremos el Mesón de los Deportes, pues será el remanso donde los estudiantes renovarán sus energías tras las fatigas del estudio, tal como los antiguos caminantes lo hacían en los mesones del camino”.

Renato acogió la sugerencia y dio vida a uno de los mayores emblemas de la arquitectura nayarita del siglo XX. El Mesón de los Deportes, que ha soportado huracanes y sismos y que, al igual que la universidad, sigue tan vigente como en el primer día.

El poeta, médico y gobernador cambió la manera de referirse a esa parte de la ciudad y los símbolos que ayudó a nombrar siguen ahí, inamovibles, dando sentido a la vida de miles de nayaritas.

Francisco Javier Castellón Fonseca
Francisco Javier Castellón Fonseca
Académico y político. Presidente Municipal de Tepic 2017-2021. Rector de la Universidad Autónoma de Nayarit 1998-2004. Senador por Nayarit 2017-2021.
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