“Hágase aquí una fábrica”, decía el presidente Echeverría, cual personaje central del Génesis, cuando el poder era redondo. Y se abrían fábricas de guantes de béisbol, de ropa, empacadoras de frutas tropicales, de todo lo que los mexicanos podían imaginar. La producción se mostraba a los medios de comunicación, pero no encontraba mercado. Eso no importaba. Nada importaba. Sólo el frenesí del presidente. El campo se convirtió en cementerio de tractores checoslovacos por falta de refacciones. Tampoco importaba. Todavía vendría otro presidente todopoderoso. Luego se abandonó el populismo e inició la etapa del neoliberalismo. Ni los presidentes de la Revolución ni los formados en el extranjero pudieron contra la pobreza. Tampoco el resucitado populismo, porque los programas sociales sólo han mejorado ciertos indicadores. Los sólidos cimientos de prosperidad y bienestar siguen sin construirse.







