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martes, febrero 10, 2026
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El bramido del conejo y la histeria colectiva

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¡Híjole, chato! Mire usted que uno amanece con la novedad de que el mundo se detuvo, se pausó y hasta se quedó lelo nomás porque este domingo, en el Super Bowl LX allá en Santa Clara, California, decidieron que el intermedio era el momento de arreglar el planeta. Y es que fíjese usted, que no es por nada, pero el espectáculo del joven Bad Bunny, don Benito Antonio Martínez Ocasio, para los que somos más propios, resultó ser una de esas cosas que, de tanto querer ser modernas, terminan siendo un verdadero enredo para el entendimiento humano.

Para empezar, el escenario se convirtió en un cañaveral de Puerto Rico, con todo y sus jíbaros, sus puestos de “coco frío” y hasta una boda de a de veras en pleno campo de juego. Según reportan los testigos en el Levi’s Stadium, aquello parecía más una fiesta patronal con presupuesto de la NASA que un evento deportivo de alto rendimiento. En medio de todo ese borlote, salió el joven Benito a recetarnos sus rimas, todas en español, rompiendo récords pero también rompiendo los nervios de más de un despistado que esperaba ver a Frank Sinatra.

Aquí es donde el detalle se pone de a peso, chato, porque las opiniones de los expertos y de la vecindad digital están más divididas que una pizza de ocho pedazos. Por un lado, están los que elevan el show a la categoría de “obra maestra de la cultura latina”; por el otro, hay una horda de gente jurando por su madre que el hombre no cantaba, sino que bramaba como si le hubieran apretado un zapato dos tallas más chico. De acuerdo con las crónicas de los medios formales, hubo quien comparó su voz con un berrido industrial, un sonido que recordaba más a un búfalo con nostalgia que a una melodía para alegrar el corazón.

¡Ah, pero qué me dice del ropero! El artista salió primero con un jersey blanco que decía “Ocasio 64” y luego se cambió a un traje color crema de la marca Zara, provocando una respuesta desmedida en las redes sociales. Y aunque los analistas de moda se desgarraron las vestiduras discutiendo el “minimalismo” de la prenda, la gente no le perdonó el look de la calzona arriba del pantalón. Unos decían que si era simbolismo de poder, otros que si se vistió a oscuras en un cuarto sin espejos; el chiste es que la prensa le dedicó más páginas al calzón de Benito que a la inflación de la canasta básica.

La pasarela de invitados fue otra romería, chato. Salió la señora Lady Gaga cantando salsa con una flor nacional de Puerto Rico en el vestido, don Ricky Martin con todo su salero, y hasta el joven Pedro Pascal bailando como si le estuvieran pagando por horas extras. Como bien señala el reporte oficial del evento, aquello fue un despliegue de excesos donde el protagonista parecía ser el ruido y no la armonía.

Y claro, no faltó la protesta y el mitote político, porque ya sabe usted que en aquel país del norte se pelean hasta por la marca de la catsup. El propio presidente Donald Trump no se aguantó las ganas y escribió que el show fue “absolutamente terrible”, un “insulto a la grandeza de América” y que, según su entender, “nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo”. Otros, en cambio, defendieron el mensaje de unidad porque al final, Benito alzó un balón que decía “Together We Are America” (Juntos somos América), incluyendo a todos los países del continente y no nomás a los que hablan inglés.

Lo que verdaderamente cala hondo, y es aquí donde uno tiene que ponerse serio aunque le gane la risa, es la respuesta histérica de la prensa y las redes. Parecería que el destino de la democracia y el equilibrio del mundo se decidió ayer entre un “Tití me preguntó” y un berrido de trece minutos. Se han escrito editoriales profundos analizando el “timbre gutural” del bramido, cuando lo que hubo fue, llanamente, un escándalo sonoro de proporciones épicas en medio de una polarización que ya asusta a propios y extraños.

Al final de cuentas, chato, la realidad es que el ruido se apaga, las luces se funden y lo único que queda es el eco de un cantante que cobró lo que pudo y bramó lo que quiso antes de irse a su casa tan campante. La exageración de los medios es el verdadero espectáculo; una montaña construida con un granito de arena y mucha luz de neón que no alumbra pero sí encandila.

Ahí, precisamente ahí… está el detalle.

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