
¿Quién no ha sentido los brazos tras perderlos y quién no ha perdido la cabeza para seguir viviendo? Somos el griego Coto: cien extremidades que duelen aun en la ausencia. Mis mujeres, he confesado que amé a tontas y a locas, fueron miembros propios y siguen presentes a medio siglo del adiós. Compartimos con la cucaracha la capacidad de perder la cabeza y sobrevivir nueve días, nueve años, nueve décadas. Es maldición evolutiva. O bendición, según se le vea. Con esa naturaleza lucha el Estado frente al mal, enemigo de cien brazos que puede mantener signos vitales sin cabeza. El dato no es ignorado; el reto es que la estrategia lo entienda. La fuerza es insuficiente contra un organismo que se regenera en la sombra y prescinde de la razón para mantenerse vivo.





