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El loco de Dios en el fin del mundo | Despachos vaticanos frente al abismo racional (3/6)

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La diplomacia de la Santa Sede despliega sus protocolos en un país atrapado entre potencias. El autor analiza el contraste entre la debilidad corporal del pontífice y la contundencia de su mensaje frente a un público budista

El centro de Ulán Bator recibe a la comitiva con cemento y bronce. La plaza Sükhbaatar alberga el palacio de gobierno, custodiado por guardias de honor con botas de montar y cascos de metal. Una estatua de Gengis Kan domina la fachada para intimidar a las visitas. Francisco desciende del automóvil y toma asiento en una silla de ruedas, empujada por un asistente. La escena subraya la fragilidad de un hombre de ochenta años frente al tamaño de la arquitectura asiática. El líder de la Iglesia avanza junto al presidente Ukhnaagiin Khürelsükh para cumplir los ritos de Estado bajo el sol. Una niña entrega flores al invitado para sellar el recibimiento en el territorio.

La ubicación del país anfitrión condiciona la lectura del viaje desde el aterrizaje. Los corresponsales de prensa concentran su atención en las potencias de las fronteras, señala la crónica en sus capítulos centrales. Mongolia constituye un territorio encajonado entre Rusia y China. La prensa interpreta la travesía como un movimiento de ajedrez, donde la Santa Sede busca tender puentes con Pekín. Esta estrategia adquiere relieve cuando el avión sobrevuela el espacio aéreo chino y el pontífice envía un telegrama a las autoridades de dicho país. El gesto busca mitigar recelos y confirmar las intenciones de la institución. Los informadores aguardan cualquier desvío del guion para capturar el titular de la jornada, confirmando el peso de la política exterior en las actividades del líder católico.

Los actos continúan en el interior de la sala Ikh Mongol, un auditorio engalanado con maderas y lámparas. El mandatario y el obispo de Roma intercambian discursos de cortesía. Bergoglio alaba las ventajas de la antigua “pax mongola” y elogia la prudencia de los ganaderos de la estepa. El observador de Europa escucha las intervenciones detectando las “mentiras o medias verdades” inherentes a las relaciones de poder. El relato oficial omite la violencia de la fundación del imperio para priorizar un mensaje de convivencia adaptado a las urgencias de hoy. Los aplausos resuenan en la sala confirmando el éxito de la intervención, estructurada con la habilidad retórica de un jefe de Estado experimentado en lidiar con multitudes.

El abismo racional del escritor asoma con fuerza al abandonar los despachos y adentrarse en la intimidad de la misión. Las certezas del ensayista chocan de frente con la devoción de los religiosos congregados en la catedral de San Pedro y San Pablo, un templo diseñado con forma de carpa. Los curas y las monjas festejan la llegada de su líder con alborozo, cantando alabanzas e ignorando los cálculos de la prensa. La fe de estas personas supone un desafío al escepticismo del hombre de ciudad. El autor reconoce su incapacidad para procesar un nivel de entrega capaz de empujar a individuos de letras a sepultar su juventud en uno de los climas de mayor rigor del planeta.

Las conversaciones con los integrantes de la misión acentúan la perplejidad del novelista. El intercambio de ideas con el padre Ernesto Viscardi revela una renuncia consciente a la ambición y al éxito de los números. Estos trabajadores asumen el aislamiento y las temperaturas de invierno como un peaje para cumplir su tarea. El protagonista confiesa su envidia frente a una seguridad sin fisuras. Las preguntas del investigador sobre el cansancio, la soledad o la esterilidad de sus esfuerzos chocan contra la resiliencia de los entrevistados. Sus respuestas destilan una paz incomprensible para una mente estructurada sobre la base de la duda y el pensamiento de análisis.

El contraste entre el escepticismo y el fervor alcanza la cima durante la liturgia celebrada en el Steppe Arena, un pabellón de deportes situado en la periferia de la urbe. Fieles procedentes de países vecinos llenan las gradas para escuchar la homilía. Francisco aparca el lenguaje de la diplomacia empleado frente a los políticos y pronuncia un texto místico enfocado en la necesidad del afecto y el sacrificio. El mensaje exige a los oyentes “perder la vida para encontrarla”, entregándose al prójimo hasta las últimas consecuencias. La escena conmueve los cimientos del cronista, testigo de la autenticidad del compromiso de los evangelizadores. Las palabras del líder consuelan a los trabajadores de la Iglesia, recargando su resistencia para afrontar la inmensidad de las planicies.

La ceremonia culmina con una maniobra de repercusión mundial. Justo antes de impartir la bendición de cierre, el papa reclama en el altar la presencia de dos cardenales de Asia, sujeta sus manos en alto y lanza un saludo directo a los habitantes de China. Francisco pide a sus creyentes de frontera ser simultáneamente buenos cristianos y buenos ciudadanos, respaldando a las autoridades de Pekín. La jugada confirma las sospechas de los analistas de política acreditados en el viaje. El enfoque de los diarios vuelve a centrarse en la estrategia de Roma, relegando a un plano de anécdota la labor de la diócesis. El escritor procesa el acontecimiento asimilando la complejidad de un dirigente capaz de combinar la ternura de un párroco de pueblo con la sagacidad de un estadista.

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