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La moneda del desinterés

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El Miércoles Santo se instala en la conciencia colectiva como el día de la transacción silenciosa. Mientras Tepic acelera su ritmo para el cierre de la jornada laboral y los preparativos del éxodo vacacional saturan los comercios, la tradición nos sitúa frente a la figura de la traición por conveniencia. Esta fecha representa la fragilidad de la lealtad condicionada; es el momento donde el bienestar común se tasa en monedas de plata y el compromiso con la verdad se subasta al mejor postor. En nuestro entorno actual, esta dinámica se manifiesta en la facilidad con la que abandonamos las causas colectivas o los principios de integridad a cambio de una ventaja inmediata, un privilegio político o simplemente la comodidad de no contrariar al poder de turno.

La traición contemporánea en Nayarit, sin besos en el huerto ni de conspiraciones nocturnas, se ejerce a plena luz del día a través del desinterés por el destino del prójimo. Existe una tendencia a vender la confianza pública por el beneficio de una facción o por el resguardo de intereses particulares que asfixian el crecimiento. El silencio ante la injusticia y la validación de la mentira en el discurso oficial son las monedas con las que pagamos nuestra propia tranquilidad. Esta ceguera voluntaria ante la realidad de quienes padecen la inseguridad o la carencia de servicios básicos constituye una entrega del patrimonio moral de nuestra sociedad a cambio de una paz ficticia que sólo beneficia a quienes detentan el control.

Se lee con absoluta en el registro del evangelista Mateo: “¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata”. Esta pregunta resume la degradación de la ética pública: la subordinación del deber al precio. Cuando el ciudadano o el funcionario anteponen el beneficio personal al cumplimiento del deber, la estructura de la convivencia se resquebraja. La corrupción que carcome las instituciones no inicia con grandes desfalcos, sino con la aceptación de que todo, incluso la justicia y la palabra empeñada, posee un valor de cambio en el mercado de las influencias.

La sabiduría de la tradición judeocristiana sostiene que el amor al dinero y al prestigio propio funciona como una raíz de múltiples males sociales. Esta advertencia posee una vigencia cortante en un periodo donde la apariencia del éxito material justifica cualquier medio para alcanzarlo. Observamos con preocupación cómo la ambición desmedida fractura familias y destruye comunidades, dejando tras de sí un rastro de desconfianza que dificulta cualquier intento de reconstrucción del tejido social. Debemos reconocer que hemos permitido que la lógica de la ganancia personal dicte el rumbo de nuestras decisiones, relegando la solidaridad a un concepto decorativo que solo mencionamos en los discursos de temporada.

Resulta necesario analizar el papel de la indiferencia en la construcción de nuestra crisis actual. La traición a Nayarit ocurre cada vez que un ciudadano elige el camino del atajo ilegal o cuando el servidor público desvía su mirada de la necesidad urgente para atender la agenda del beneficio propio. Esta falta de integridad es la que permite que los problemas de fondo, como el desabasto de agua o la precariedad en el sistema de salud, se perpetúen sin soluciones reales. La moneda del desinterés es pesada y oscurece el horizonte de las futuras generaciones, condenándolas a habitar la ciudad donde la confianza es un artículo de lujo y la lealtad una rareza estadística.

La rectitud es el único cimiento capaz de sostener una sociedad en tiempos de tormenta. En las cartas de los primeros seguidores se enfatiza que la verdad debe ser el cinturón que sujete nuestra conducta diaria. Sin embargo, en la arena pública de Tepic, la verdad suele ser la primera víctima de la conveniencia electoral o del pragmático interés administrativo. La corrección de nuestra trayectoria requiere una renuncia valiente a las complicidades silenciosas. Debemos transitar hacia una cultura donde el valor de la persona y el respeto a la ley estén por encima de cualquier transacción económica o política, recuperando el sentido sagrado del compromiso con la comunidad.

La madurez espiritual de un pueblo se mide en su capacidad para resistir la tentación del beneficio a costa del daño ajeno. El Miércoles Santo nos coloca ante un espejo incómodo: nos obliga a preguntarnos a quién hemos entregado o qué principios hemos sacrificado por mantener una posición de confort. La reconstrucción de la esperanza en nuestro estado demanda hombres y mujeres que no estén a la venta, ciudadanos cuya palabra sea un contrato inviolable y cuya acción sea el reflejo de una conciencia limpia. La paz auténtica no es el resultado de un acuerdo bajo la mesa, sino el fruto de una justicia que se ejerce con transparencia y sin favoritismos.

Al concluir este día, la invitación es a realizar una auditoría de nuestras propias lealtades. Que la prisa por el descanso vacacional no nos impida ver las pequeñas traiciones que cometemos contra nuestra propia dignidad y contra el bienestar de Nayarit. La verdadera preparación para el Triduo Pascual no se encuentra en la selección del menú ni en la reserva del hotel, sino en la decisión firme de recuperar la integridad. Que el recuerdo de la moneda del desinterés nos mueva a una generosidad renovada, permitiéndonos caminar hacia el futuro con la frente en alto, sabiendo que nuestra lealtad no tiene precio y que nuestra fe se traduce en una vida de servicio irrenunciable al bien común.

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