En este momento, mientras usted lee Meridiano, un bebé canadiense puede estar comiendo papilla, un corredor de bolsa en Tokio pidiendo al mesero un postre y un deportista australiano hidratándose con una bebida frutal. Los tres consumen algo en común: el mango de Nayarit.
El mango cosechado en una huerta ejidal viaja en puré en toneles hasta convertirse en alimento y placer en cinco continentes. Que eso sea posible tiene nombre y dirección: Frutálica, una planta procesadora instalada en el crucero de San Blas que lleva nueve temporadas transformando fruta nayarita en un insumo que las mayores empresas de alimentos del mundo buscan con nombre propio.
La planta, de Grupo Álica, el conglomerado empresarial que da empleo a más de 5 mil 500 personas, recibe mango de los seis principales estados productores de México, pero más del 50 por ciento de la fruta que entra por sus puertas viene de Nayarit. Aquí se lava, se selecciona, se procesa y se empaca en forma de puré y concentrado que sale hacia Estados Unidos, Canadá, Centroamérica, Sudamérica, Europa, Japón, Sudáfrica y Australia. Cuando Tomás Cohrs, responsable de ventas y desarrollo de mercados internacionales, dice que Frutálica está en todos los mercados, la afirmación tiene respaldo: sus clientes son las compañías que fabrican jugos, mermeladas, comida para bebés, bebidas lácteas y helados que millones de personas consumen cada día sin saber que el origen de ese sabor está en una huerta de nuestra región.
“México, en los últimos 15 años, desarrolló su producción de mango hasta convertirse en uno de los principales proveedores internacionales, en volumen y en calidad”, explica Cohrs, de origen argentino con su peculiar acento. Frutálica acompañó ese crecimiento y lo potenció desde adentro, con una inversión sostenida en tecnología, infraestructura, certificaciones internacionales y capital humano que hoy le permite “competir en mercados tan exigentes como el japonés, donde los estándares de calidad y los requisitos de entrada figuran entre los más rigurosos del mundo”.
El producto que sale de aquí debe llegar sin fallas. Por eso existe el laboratorio.
Cintia Morales, gerente de calidad, conduce el área donde cada lote de pulpa pasa por un protocolo de análisis antes de avanzar en el proceso. Grados Brix, acidez, pH, consistencia, color y defectos se miden turno a turno por un equipo de tres o cuatro analistas que trabajan con instrumentos estandarizados para la industria. Hay además un laboratorio de microbiología anexo al de fisicoquímicos. La calidad, en Frutálica, es simultánea a la producción.
Eso es lo que permite que un cliente que fabrica comida para bebés en Europa y una cadena de heladerías en Japón confíen en el mismo proveedor. La pulpa que sale del crucero de San Blas llega con certificaciones internacionales que respaldan cada tonel. Es el resultado de ocho temporadas de trabajo acumulado y de una inversión que los socios de la empresa sostuvieron cuando el mercado aún construía los retornos que hoy por fin son visibles.
La historia de Frutálica es también la historia de lo que ocurre alrededor de ella.
Felipe Prado, gerente de materias primas, conoce cada etapa del proceso desde que la fruta sale del campo. La planta genera en temporada entre 350 y 400 empleos directos, y a ese número se suman quienes cortan el mango en las huertas, los transportistas, los administradores y los proveedores. Con 90 proveedores locales y sus respectivas familias, el impacto real se multiplica de manera que las cifras formales apenas alcanzan a describir.
“La fruta se corta con gente de la sierra, donde el trabajo escasea. En temporada de cosecha, más de 50 unidades de transporte se mueven de manera constante entre las huertas y la planta. Cada camionero tiene una familia. Cada proveedor tiene una comunidad”, comenta Prado. Lo que procesa Frutálica en sus líneas de producción llega previamente cargado de jornales, de anticipos a productores, de empleos temporales que en muchas localidades representan el ingreso más importante del año.
La empresa entrega apoyos y recursos económicos anticipados a productores de mango para que puedan sostener sus huertas hasta la cosecha. A cambio recibe fruta con la regularidad y el volumen que sus compradores internacionales exigen. Es un ciclo que retroalimenta el campo nayarita desde adentro, sin intermediarios que diluyan el beneficio.
Nayarit tiene condiciones geográficas y climáticas que producen un mango con características propias, reconocidas en los mercados internacionales por notas de sabor y calidad que otras regiones buscan replicar. Esa singularidad es el activo que Frutálica coloca en cada tonel que sube a un contenedor con destino a otro continente, asegura Carlos Muñoz, gerente de ventas.
El recorrido que hace el mango dentro de la planta del crucero de San Blas dura horas. El recorrido posterior, hasta llegar a la mesa de un consumidor en Tokio o en Toronto, puede durar semanas. Pero la cadena arranca aquí, en una región que produce fruta de calidad mundial y que tiene, en esta novena temporada, la infraestructura para procesar esa calidad y venderla donde el mercado la pague mejor.
Los toneles que salen de Frutálica llevan certificación internacional pero van sin etiqueta de origen visible para el consumidor final. Quien abre una bebida de mango en Europa o pide un postre en Norteamérica desconoce el nombre del estado donde creció la fruta. Pero los productores de las huertas, los transportistas de la zona, los analistas del laboratorio, los responsables de ventas que negocian con compradores en cuatro continentes y los inversionistas conocen exactamente el origen. Y eso, para una industria que lleva casi una década construyendo presencia global desde una planta en el occidente de México, es suficiente.







