El jueves 23 debí pensar en libros. Pensé en canciones. La voz de Mercedes Sosa repetía un verso: Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida. Esa misma tarde una acaponetense aterrizó en Tepic, y volvía a los sitios exactos: aquí pasó la adolescencia; en Acaponeta, la infancia.
En Tepic, Consuelo Sáizar confirmó a lo que se dedicaría. Trabajó en la adolescencia en El Observador de Nayarit y ejerció una jefatura de prensa mientras cursaba la preparatoria. Aquí, entre comidas y cenas con sus primas, ese día nos dimos espacio para conversar y programar la visita a Rogelio Zúñiga: periodista de prensa escrita, radio y televisión, abogado, su mentor. El viernes viajó a su matria, Acaponeta, donde nació entre tipos móviles. La Junta Vecinal Pro-Conservación y Difusión del Patrimonio Histórico-Cultural le tenía preparado un homenaje.

En la Casa de la Cultura Alí Chumacero, Sáizar tomó el atril y alteró el orden del homenaje. Anunció que esa tarde sería ella quien rendiría homenaje a Acaponeta.
Repasó treinta años de obras de la Junta Vecinal: un piano de cola gestionado con tanto tesón que la propia gestión generó un segundo en donación; gardenias plantadas calle por calle, parque por parque; doscientas placas con los nombres de las esquinas; más de trescientas sillas para el recinto; congresos de cronistas e historiadores, presentaciones de libros, encuentros de poetas, un cine club, un museo comunitario. «Aquí se ha decidido cuidar la palabra, la música, la memoria», dijo. La belleza, en Acaponeta, se entiende como una forma de vida compartida.
Sáizar nació en una imprenta. Creció entre máquinas, tinta, papel y tipos móviles. Allí se imprimía El Eco de Nayarit, el bisemanario que sostuvieron, en un poblado de pocos habitantes, Manuel Sánchez-Hidalgo y Martín M. Sáizar, su abuelo. Aprendió pronto que un pueblo se gobierna también desde la conversación pública: desde la dignidad de nombrar los hechos. Por eso, dijo, le conmovía que el homenaje lo convocara Pepe Morales Sánchez-Hidalgo, nieto del cómplice de su abuelo. «Los mismos apellidos. Otra generación mirándose en un espejo de tinta», agradeció.
En esa imprenta, las cajas altas guardaban las mayúsculas; las bajas, más numerosas, las minúsculas. Había puntillas, cuadratines, espaciadores de plomo, y un pedal que subía y bajaba marcando las horas. Y un olor a tinta fresca, papel recién cortado, petróleo y metal caliente, que sólo se encontraba allí. Ese olor, dice Sáizar, era el de la verdad impresa.
Las erratas se cazaban una por una. Don Martín repetía que una errata era una falta al lector, y que el lector, aun en silencio, siempre reprocha. Las mañanas de cierre, las planas se leían en voz alta, línea por línea, entre dos personas: una con la pluma, otra con el original. De allí, dice Sáizar, le viene la convicción: la palabra bien colocada es una forma de la justicia.
En esa misma imprenta ocurrió el momento que le ordenó la vida. Era una tarde de septiembre de 1968, poco antes de la inundación que ese mes desbordaría la región. Entró un hombre altísimo, con camisa blanca de manga corta, pantalón color crema y lentes de carey oscuro. Don Martín hizo las presentaciones: «Mira, Chelito, este hombre es poeta, escribe y hace libros». Una mano grande, de dedos largos, se extendió hacia la niña.
«Soy Alí Chumacero, poeta y editor; hago libros y me pagan por leer. Trabajo en el Fondo de Cultura Económica».
Hay frases que ordenan toda una vida. Ésa, en el oído de una niña de seis años, fijó un destino: trabajar en el Fondo de Cultura Económica. Muchos años después, ya como funcionaria del Fondo, Sáizar se cruzó con Chumacero en un pasillo. El maestro recordó aquella tarde y dijo, con media sonrisa: «La directora Sáizar, desde chiquita, ya sabía que iba a trabajar en el Fondo: yo se lo prometí». El pacto se cumplió por ambos lados.
Cuando Sáizar salió de Acaponeta a los catorce años, su tía Raquel Sáizar de Velarde le abrió su casa de Tepic. Le enseñó la disciplina, la contención y el silencio alrededor del libro. Le regalaba, sin ceremonia, el tiempo ininterrumpido que una lectora necesita.
Allí, a los quince, leyó por primera vez a Virginia Woolf. Una frase de Woolf le quedó como mandato: una mujer debe tener dinero y una habitación propia. Sáizar carecía de ambas. Compartía cuarto con una prima; su espacio de almacenamiento era un buró y la cajuela de un coche. Entró a El Observador de Nayarit y empezó a construir su independencia económica y una biblioteca propia.
Antes, mientras los demás niños jugaban en la calle, ella aprendía palabras. Perla recuerda que Chelito se aprendía cinco nuevas antes de salir; Sáizar lo confirma.
Hay voces de Acaponeta que se le quedaron grabadas. Cuando cursaba cuarto de primaria, Margolis Algarín le devolvió una pelota junto con un pronóstico: «Oye, Chelito, el otro día alguien me comentó que eres bien aplicada. Vas a ver que vas a llegar muy lejos». La frase la acompañó por décadas. La invocaba, dice, cuando la dureza de la vida pública la ponía a prueba.
Mayoli Herrera, amiga de la infancia muerta tempranamente, le dejó una frase: «Mientras más duerme uno, más cansado se siente». Tal vez por eso, dice Sáizar, duerme poco. El profesor Ley Mitre, en una clase de tercero de secundaria, leyó un poema cuyo título ella ha olvidado, pero del que conserva tres palabras (cáustico, viscoso, sórdido) y la certeza de que el lenguaje podía ser su casa, su piel y su mundo. La seño Conchita, en una lección de ortografía, le enseñó a escribir kiosco con k. La Real Academia recomienda la qu; Sáizar lo sabe y lo defiende: para ella será siempre con k, porque «kiosco con k es Acaponeta entera contenida en una sola palabra».

Una parte larga del discurso fue de gratitudes: al doctor Chan, que le salvó la vida a su hermana Laura; al fotógrafo Chávez, y a su hijo Néstor, que continúa la labor como cronista; a Aurora Galvarriato, por hacerlas sentir acaponetenses con orgullo; a la señora Ofelia, por los aventones a la secundaria; a Yolanda Alduenda de Quintero, por sus pájaros, su música y sus carcajadas; a Esperanza Mora, por su amabilidad con una joven que se sentía en los márgenes. Y un homenaje a las mujeres que sacaron adelante a sus hijos tras enviudar: Ofe Herrera de Chan, Nelly Díaz de Casillas, Cuquita Infante de Bertrand, Carmen Díaz de Espinosa, Livier Tejeda de Díaz. «Acaponeta es tierra de mujeres gallardas y altivas», dijo.
Hubo también disculpas. Pidió perdón a Tití Chan Herrera por no haber sido más amable con ella, algo que entendió tras su muerte; y a Cristina, su compañera de primaria, a quien no acompañó cuando padeció tiña. Un pueblo, dijo, también se mide por las ternuras que no supimos mostrar a tiempo.
Y narró un caso que, para ella, ilustra el carácter del lugar. Hace algunos años, los hijos de su amiga Haydeé Bertrand sufrieron un accidente en el puente de Acaponeta al inicio de una Semana Santa. Haydeé estaba en Guadalajara. Mientras viajaba hacia el hospital, imaginándolos solos y heridos, otra amiga corrió a hacerse cargo de los muchachos como si fueran propios. «Sus brazos fueron los míos», dice que le dijo Haydeé después.
Pueblo chico, infierno grande, dice el refrán, y Sáizar reconoció las imperfecciones del suyo. Sostuvo, aun así, que en Acaponeta se acompaña en el dolor, se apoya en las tragedias, se perdonan las ofensas y se celebran los éxitos ajenos. Que se recibe a los que se fueron como si siguieran siendo de la casa.
Honró también a los creadores: Vladimir Cora, que ha entregado al mundo el lenguaje visual del pueblo; Tanya Vázquez, por su trayectoria; Abigaíl Villalobos, por su libro Así hablamos los de Acaponeta, que dignifica las expresiones locales; Néstor Chávez, a quien describió como «brújula y espejo de la tierra»; Pepe Morales, por documentar la historia del pueblo; y a las generaciones jóvenes, entre ellas Ernesto Aguiar y su sobrino Antonio Sáizar Montellano. Reconoció también a don Nico Díaz, a su esposa Elba y a su familia, que albergaron a los Sáizar durante la inundación de 1968: una generosidad, dijo, tan grande como la tragedia misma.

Hubo un momento del discurso que el auditorio recibió de pie. Sáizar había agradecido al inicio la presencia de Julia, su esposa, «que me acompaña hoy como me ha acompañado a lo largo de este siglo». Más adelante enumeró sus elecciones: la lectura, la edición, el servicio público, la academia. Y agregó una más: «Elegí amar a quien amo y decir su nombre con orgullo». Mirando al auditorio, remató: «Hace cincuenta años hubiera sido impensable».
Ernesto Aguiar Vaca, que siguió el acto a la distancia, lo subrayó esa misma noche en redes: hay homenajes que celebran una trayectoria, una inteligencia y una obra; y celebran también, dijo, la libertad de nombrar el amor sin miedo.
Citó Consuelo al final dos epígrafes. Carl Gustav Jung: yo no soy lo que me sucedió; yo soy lo que elegí ser. Y Ana María Matute: hay que inventar la vida, porque acaba siendo verdad. Sáizar matizó al primero, «yo soy todo lo que me sucedió en Acaponeta», y suscribió a la segunda. Inventó, desde niña, una vida hecha de libros. Y esa vida, citando a Patricia Reyes-Spíndola, «ha acabado siendo verdad. Vivo como me soñé».

Los homenajes verdaderos, dijo, devuelven al origen y lo revelan de nuevo. Esa tarde, el auditorio miraba también a la niña que dormía entre máquinas de impresión, a la que aprendía palabras antes de salir a jugar, a la que oyó a un poeta decir que le pagaban por leer y decidió cumplir la promesa que se hizo de trabajar donde lo hacía.
La verdadera patria, concluyó, vive en la memoria compartida. A veces cabe en una palabra escrita con k. A veces cabe en el olor de una gardenia.







