Bajo los intensos rayos del sol, pequeñas gotas de sudor brotan de su rostro, pero ella, con una destreza casi ritual, se limpia la cara cuidando de no alterar ni un trazo de su maquillaje. Por las calles de la ciudad camina Nikol, quien a sus 38 años se desplaza con un andar alegre que complementa su figura femenina y una sonrisa que parece desafiar el rigor del entorno.
Es un travesti que reconoce su identidad desde temprana edad, pues a los 12 años descubrió su atracción por los hombres, un camino que ha transitado con honestidad, pero también con cautela. Aunque confiesa tener una gran capacidad para amar, la vida le ha enseñado que el amor romántico es esquivo. “Incluso nunca me he enamorado”, asegura con una mezcla de serenidad y realismo.
Originaria de Ixtlán del Río, mantiene un vínculo inquebrantable con su hogar y con su madre, quien ha sido su respaldo incondicional frente a los prejuicios sociales. Precisamente para ayudarla, trabaja arduamente y destina gran parte de sus ingresos al bienestar materno. Su vida laboral es un contraste entre la tierra y el asfalto, dividiendo sus días entre las labores de campo, que es su ocupación principal y raíz de su sustento.
Además realiza servicios sexuales, una actividad que ejerce de manera ocasional por una tarifa de 900 pesos la hora. “Mis clientes siempre se van satisfechos”, afirma con orgullo. Sin embargo, la alegría de su caminar esconde las cicatrices de la supervivencia; ha aprendido a identificar el peligro y, cuando percibe que los hombres intentan agredir, opta por retirarse de inmediato para preservar su integridad.
Menciona que la prevención no siempre es suficiente, ya que en varias ocasiones, dentro de la soledad de habitaciones cerradas, ha tenido que defenderse a puño limpio de hombres que intentaron sobrepasarse. A pesar de todo, Nikol sigue recorriendo las calles de Ixtlán del Río y Tepic, equilibrando la dureza del trabajo físico con la delicadeza de su apariencia, demostrando que sólo ella define su propio destino.







