Diez y media de la noche, atrio del templo de Santiago Ixcuintla. La estructura doble se levantaba contra el cielo a la altura del campanario. Una armazón de varas con la pólvora bien amarrada, todavía dormida. La gente miraba hacia arriba con la quietud del asombro. Una señora puso en una sola frase lo que todos rumiaban en silencio: «Nunca había visto un castillo tan grande, ya dijo el padre que no habrá buscapies para que no haya riesgo con la gente». La noche estaba tibia, con esa humedad de costa que en Santiago no afloja ni a esa hora. La plaza no alcanzaba. Había niños sobre los hombros de los padres. Había viejos en sillas plegables traídas de casa. La gente había ido llegando desde las nueve, y junto al atrio algunos puestos vendían elotes. Las conversaciones eran un murmullo bajo, y todos miraban hacia arriba.
Sonó Mi gusto es. La pieza es un son jalisciense tradicional, de los que se cantan en bodas y serenatas. Atraviesa, además, la biografía pública de Antonio Echevarría Domínguez como una firma. Apenas se asentó la primera estrofa, las luces empezaron a correr por las dos torres del castillo. La pólvora dibujó, en letras móviles, el nombre del Grupo Álica. Después, dos coronas atravesaron el cielo de Ixcuintla, una en cada torre, con su giro y su estela. Vino enseguida la explosión que ya se esperaba pero que igual sorprendió. Las cabezas se reclinaron hacia atrás al mismo tiempo. La luz de la pólvora resbalaba por la cantera del templo y le sacaba relieves a la fachada que el sol del día había aplanado. La quema duró lo que dura una canción larga. Un santiaguense que vive en Los Ángeles y vuelve cada año a la Feria Nacional de Primavera lo dijo en dos palabras: «parece Disneylandia». Lo dijo con orgullo, con voz de quien reconoce el pueblo que dejó.

Hay un patrón viejo en estas fechas. Los santiaguenses que viven en el norte vuelven. Algunos traen a la familia entera. Otros llegan solos, cumplen con el santo y se van al día siguiente. Disneylandia, en boca de un migrante, vale como elogio. Es la palabra que tenía a mano para nombrar una noche grande de su tierra. Las imágenes del castillo van a correr por los teléfonos. Las verán santiaguenses en Fresno y en Long Beach, en las casas del exilio dulce y a veces amargo que es el norte. La Feria Nacional de Primavera es de las más antiguas del noroeste y los convoca cada año entre abril y mayo. Algunos empezarán a pensar en regresar el año que viene.

La promesa también tiene fecha y razón. Hace años, frente a este mismo atrio, una mujer suplicó al Señor de la Ascensión por la vida de su hijo recién nacido. El niño vivió. Cuando ese niño creció y pudo, prometió que mientras él tuviera con qué, las Mañanitas al patrono se cantarían en grande. Ese hijo es Antonio Echevarría Domínguez, hoy presidente del Grupo Álica, antes gobernador de Nayarit. La mujer fue su madre. La fiesta del jueves se paga, cada año, contra aquella deuda que el pueblo conoce sin necesidad de que se la cuenten. Santo Señor de Santiago, en oro y plata vestido, escribió un poeta de este pueblo, con tu mano traspasada detén la brama del río. El milagro de aquella madre, en palabras del poema, fue un detener del río.


Faltaba poco para las doce. Entró el mariachi El Quevedeño, veinticinco músicos formados en herradura, con la canción ritual del santo. Veinticinco es muchedumbre en cualquier mariachi, y el templo se llenó de instrumentos antes que de música. Después cantó Humberto Herrera, ranchero, amigo cercano de la familia. Después vino Carlos Cuevas. Cantó Solamente una vez, de Agustín Lara. El bolero, en boca de Cuevas, a esa hora, en ese atrio, sonó como una oración doméstica. La feligresía rompió en aplausos. Antonio Echevarría entró con los suyos, devotos entre devotos, bajo la luz de las velas del santo.


A la una de la mañana, el escenario montado frente al palacio municipal ya esperaba. La plaza se llenó de gente que venía del atrio con la garganta tibia y el rezo a medio terminar. Humberto Herrera abrió por segundo año consecutivo. Conectó pronto con el público. Pasada la una y un poco, el alcalde Sergio González, conocido en Santiago Ixcuintla como Pipiripau, o, en autodefinición de campaña, «el amigo que cumple», pidió la palabra. Habló breve. Agradeció a Antonio Echevarría lo que hace por su tierra natal y, a nombre del cabildo, le entregó un reconocimiento que lo declara Hijo Predilecto de Santiago Ixcuintla. La ovación fue de todos. El pergamino llevaba el sello del ayuntamiento. Antonio Echevarría lo recibió sin pose para las cámaras, con apenas una sonrisa. El abrazo entre el alcalde y el exgobernador duró un par de segundos más de la cuenta.
Lo que vino después fue el concierto de Carlos Cuevas. Al piano, un sobrino de Armando Manzanero. Empezaron por el yucateco y siguieron con Cantoral, Urrieta, Carrillo, Juan Gabriel. En algún momento de la noche, Cuevas soltó el escenario. Bajó al ras de la gente, seguido del saxofonista, y caminó cantando. Avanzó entre cuerpos que se abrían a su paso. Pasó frente a parejas que se tomaban de la mano y frente a hombres de sombrero que asentían sin moverse. Llegó hasta la señora Martha Elena García y cantaron, los dos, Si nos dejan. El dueto fue corto. La señora García tomó la voz con seguridad y Cuevas la dejó cantar. La plaza, a esa hora, cantaba con ellos. El aplauso fue largo. Antes y después se sirvió menudo y aguas frescas. Quien las probó dijo que estaban muy buenas.

Un veterano miró todo aquello desde una orilla y soltó una frase que sonó a sentencia: «este espectáculo fue de gran calidad como cuando la feria de Santiago se hacía en los mejores años del tabaco». La comparación pesa. Santiago Ixcuintla fue, durante medio siglo, capital tabaquera del país. La hoja se cosechaba en los ejidos de la costa y se mandaba al mundo. Las ferias de aquellos años contrataban orquestas de la Ciudad de México y palenques que duraban hasta el amanecer. Volver a esa medida, aunque sea por una noche, le devuelve al pueblo el tamaño de entonces.

El poeta Eduardo Cataño Wilhelmy escribió, hace décadas, los versos que la noche del miércoles al jueves volvió a poner en escena frente al atrio. Galopa Santo Santiago, dice, por su camino encendido. Saca millones de chispas que caen al pueblo dormido. El pueblo, esta vez, recibió las chispas despierto. Cataño Wilhelmy imaginó a un santo a caballo, con morrión de estrellas, un señor que cruza por encima del pueblo y lo cuida desde el galope. La pólvora del miércoles se sumó a ese paso.
Santiagueño mariachero
Eduardo Cataño Wihelmy
Nací a la orilla del río.
No recordara Santiago
Sin la creciente del río.
¡Qué pretal tiene Santiago!
¡Qué chavindas lleva el río!
Lleva tumbos de caimanes
Hipo de barro y de limo,
Pasa borracho de rayos
Gritando su desatino,
Rascando el lomo de cieno
Con luceros de camino.
Alegre pueblo Santiago
Cuando no se enoja el río,
Y atropellando las lomas
Escupe toros podridos,
O raya por El Rebaje
Su alazán en desafío.
Santo Señor de Santiago,
-En oro y plata vestido-,
¡Con tu mano traspasada
detén la brama del río.
Ya juyeron las calandrias,
Ya el carretero se ha ido
Porque sus bueyes calientes
Se iban en el remolino.
Alegre pueblo Santiago,
Huarachero y siempre vivo
Cuando suenan tus violines,
¡Como te envidia el Bajío!
¡Cuando suenan tus vihuelas
No se oye Maravatío!
Santiago de los trapiches,
Del palenque y del corrido
¡Qué llamarada tus hembras
En fandango amanecido!
¡Cómo arde la sangre brava
Con la brasa del tequila!
¡Cómo saltan los machetes
Por mitote en la partida!
Galopa Santo Santiago
Por su camino encendido.
Saca millones de chispas
Que caen al pueblo dormido.
Estrellas sobredoradas
Forman su morrión ceñido,
Astros de siete colores
Su capa de señorío,
Y un cometa reluciente
Su curvo sable temido.
Santo Señor de Santiago
-En oro y plata vestido-,
Tu viejo pueblo te guarda
Con flores en el latido.
Cuando vayas a Santiago
Fíjate bien lo debido:
Lleva machete tigreño
Lleva puñal entendido.
¡Al que le jierva la sangre
Vaya a Ixcuintla prevenido!
Verá bailar zapateado
Con zapato presumido.
¡Qué fama tiene en la costa,
Santiago por sus sandías,
Por sus vegas tabaqueras
Y sus refrescos de chía!
¡Qué lumbre avientan las tejas
Con el sol que corre ardido!
¡Cómo queman los colores
En la cal y en el vestido!
¡Cómo arden las guacamayas
En el cielo solferino!
Dicen que pasó el Señor
Entre dos aguas del río,
Iba ogado el crucifijo
Sin su cendal guarnecido.
Al pasar por la repunta,
Un cristiano que lo vido
Lo lazó con su chavinda
Y lo llevó al caserío.
Lo pusieron en la Iglesia
De oro y playa vestido
¡Cómo se adora en Santiago
Al Santo Señor del Río!
No recordara Santiago
Sin la creciente del río.
¡Qué pretal tiene Santiago!
¡Qué chavindas lleva el río.
La fiesta tuvo respaldo. Grupo Álica y Grupo Embotellador Nayar, Coca-Cola Nayarit, pusieron lo necesario para el castillo, el mariachi de veinticinco voces, el menudo que duró hasta el alba y la venida de Cuevas. Antonio Echevarría Domínguez, hijo predilecto desde la madrugada del jueves, pagó la deuda que había contraído por él una madre. En los pueblos a este tipo de pago se le llama manda: una promesa hecha en apuro y cumplida después con creces.
Al alba, en Santiago todavía cantaban. El santo, en oro y plata vestido, dejó pasar la mañana sin apuro. El río abajo seguía con sus tumbos de caimanes y su desatino, como hace siglos. En la plaza, un músico extraviado guardaba ya un saxofón en el estuche. Por las calles del centro, los jóvenes regresaban a casa con la voz ronca y el paso ancho. La fiesta se prolongaba en algunas casas, donde alguien picaba ya la cebolla del almuerzo del jueves. Santiago Ixcuintla había cumplido con su patrono.










