
La idea del pueblo bueno, intachable e incorruptible, es tan ingenua como el viejo mito rousseauniano del buen salvaje. Romantiza, no comprende; simplifica lo que por su naturaleza es complejo. Creer que el hombre primitivo vivía en estado de gracia hasta que la civilización vino a corromperlo carece de todo rigor: ni los pueblos originarios fueron ángeles ni Europa llegó a redimirlos. La consigna impone dogmas estériles en lugar de invitar al conocimiento. En el mestizaje que somos los mexicanos conviene por fin desechar esa postura, y con ella la opuesta, igual de insensata, que atribuye al europeo toda aportación civilizatoria y salvadora. Ambos extremos cometen el mismo pecado original: cambian al ser humano de carne y hueso por una caricatura. Admitamos que sirven de munición para destruir, jamás de cemento para construir.







