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martes, mayo 26, 2026

Mirando desde afuera

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Mientras la FIFA prepara ceremonias, patrocinadores y paquetes VIP para el Mundial 2026, millones de mexicanos siguen atrapados en una economía donde trabajar tiempo completo ya no garantiza estabilidad, mucho menos lujo. En Nayarit, la distancia entre el espectáculo global y la realidad cotidiana no se mide en kilómetros hacia el Estadio Azteca. Se mide en salarios, deuda y años de ahorro imposibles. Porque sí, el boleto inaugural del Mundial ronda los $240 mil pesos, con las reventas, ya que, para estas alturas ya no hay. Y no, el problema no es “administrarse mejor”. El problema es que casi la mitad del país gana apenas para sobrevivir.

Según la ENOE 2026, 46.6 por ciento de la población ocupada en México gana hasta un salario mínimo. Otro 30.7 por ciento apenas logra entre uno y dos salarios mínimos. Es decir, más de 77 por ciento de los trabajadores mexicanos vive dentro de una economía de contención permanente. La narrativa oficial insiste en que el desempleo está “bajo”. Técnicamente sí. La tasa de desocupación nacional es apenas de 2.4 por ciento. Pero hay una diferencia brutal entre tener empleo y tener una vida digna. México domina una especialidad estadística, y la vemos a diario, convertir precariedad en ocupación formal sobre el papel.

33 millones de mexicanos trabajan en la informalidad. La tasa nacional ya alcanzó 54.8 por ciento. Más de la mitad del país trabaja sin verdadera estabilidad, sin seguridad social sólida, sin ahorro, sin retiro y muchas veces sin ingresos constantes. Pero tranquilos, el Mundial viene a “impulsar la economía”. La pregunta es cuál economía. Porque claramente no es la de quienes viven contando los días para la siguiente quincena ni la de quienes sobreviven con ingresos que desaparecen antes de terminar el mes.

Tepic aparece con una tasa de ocupación de 97.6 por ciento, incluso por encima del promedio urbano nacional. Suena extraordinario hasta que aparece el dato incómodo, la subutilización laboral en Tepic es de 15.7 por ciento. Eso significa miles de personas trabajando menos horas de las que necesitan, aceptando empleos debajo de sus capacidades o sobreviviendo en ocupaciones de baja productividad. Traducido al español cotidiano, la gente sí trabaja. Solo que trabajar ya no alcanza. Tener empleo en México dejó de ser sinónimo de estabilidad hace mucho tiempo.

Nayarit registra ingresos promedio trimestrales por hogar de alrededor de $74 mil 601 pesos, ligeramente debajo del promedio nacional de $77 mil 864. La diferencia parece pequeña, apenas 4.1 por ciento. Pero el problema nunca ha sido únicamente cuánto entra. El problema es cuánto queda. Después de alimentos, transporte, renta, servicios, gasolina y de una inflación que lentamente convierte cada quincena en un acto de magia financiera, el margen real de ahorro desaparece. El trabajador promedio en Nayarit no está construyendo patrimonio. Está administrando desgaste.

Un trabajador con salario mínimo gana aproximadamente $9 mil 451 pesos mensuales brutos. El boleto inaugural cuesta alrededor de 25 veces eso. Veinticinco meses completos de salario bruto. Sin comer. Sin pagar renta. Sin transporte. Sin hijos. Sin enfermarse. Sin existir, básicamente. Incluso ahorrando agresivamente 30 por ciento del ingreso mensual, un trabajador con salario mínimo necesitaría más de siete años para pagar un solo boleto. Siete años para sentarse unas horas en un estadio mientras el discurso oficial insiste en que México vive una nueva era de prosperidad.

Y todavía faltaría pagar avión, hotel, comida, transporte y probablemente una cerveza de $400 pesos patrocinada por alguna multinacional hablando de “la fiesta del fútbol”. En teoría, un hogar promedio de Nayarit podría ahorrar para el boleto en aproximadamente 32 meses si lograra guardar 30 por ciento de sus ingresos mensuales. En teoría. Porque las teorías económicas mexicanas suelen asumir algo fascinante, que las emergencias no existen. Como si nadie enfermara, perdiera el empleo, enfrentara una deuda o tuviera que elegir entre ahorrar y sobrevivir.

El dato verdaderamente devastador no es el desempleo. Es que 39.6 por ciento de la población ocupada se encuentra en condiciones críticas de ocupación. Es decir, trabajan demasiado, ganan muy poco o ambas. Y aun así México sigue vendiendo la idea de movilidad social basada únicamente en “echarle ganas”. Mientras tanto, solo 0.8 por ciento de la población gana más de cinco salarios mínimos. El decil más rico gana hasta 14 veces más que el más pobre y los eventos globales terminan diseñados para consumidores premium en un país donde millones viven al límite financiero.

El Mundial no exhibirá solamente fútbol. Va a exhibir desigualdad. Cada vez que llega un megaevento internacional aparece el mismo discurso reciclado, “habrá derrama económica”. La pregunta incómoda es para quién. Porque el trabajador informal que vende comida, conduce plataforma o sobrevive con ingresos variables no verá boletos, hospitalidad FIFA ni suites corporativas. Verá tráfico, precios inflados, rentas más caras y probablemente jornadas más largas. El beneficio real suele concentrarse donde siempre, corporativos, cadenas hoteleras, patrocinadores, turismo de alto consumo y sectores que ya tenían capital antes del evento.

México será anfitrión del Mundial. Pero la mayoría de mexicanos lo verá exactamente como ve el resto de los lujos modernos. Desde afuera. Con una pantalla, una deuda y una nómina que jamás alcanza.

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