Finalmente, fechada el 15 de mayo, se publicó la primera encíclica del pontificado de León XIV, la cual ―como en el caso de los Papas anteriores [“Pacem in Terris”, de Juan XXIII; “Ecclesiam Suam”, de Paulo VI; “Redentor Hominis” de Juan Pablo II; “Deus Caritas Est”, de Benedicto XVI y “Laudato Sii”, de Francisco que debe considerarse como su primera ya que “Lumen Fidei” se escribió “a cuatro manos”, las suyas y las de Benedicto XVI]―, ilustra la orientación o el núcleo de la misión que vislumbra para su pontificado.
León XIV ubica su pontificado en una coyuntura en que “la magnífica humanidad” creada por Dios se encuentra ante una elección decisiva: “Levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”.
Para iluminar desde la Escritura Santa esa alternativa [en la que no es difícil descubrir la presencia sutil de las dos ciudades [la Jerusalén celestial y la Babilonia terrenal] de “La Ciudad de Dios” de San Agustín], comenta dos pasajes: “la construcción de la torre de Babel [Génesis 11,1-9] y la reconstrucción de los muros de Jerusalén [Nehemías, capítulos 2-6].
Del pasaje de la construcción de la torre de Babel, entre otras cosas, subraya: “Cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden. El resultado no es la unidad, sino la dispersión. Babel revela así el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios”.
Y del texto del Libro de Nehemías, lo siguiente: “El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras. La antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión: la armonía que nace cuando cada uno asume su parte y todo el pueblo reconoce que su fuerza viene del Señor”.
Para descubrir el ámbito específico en el que la “magnífica humanidad” ha de elegir, León XIV remite a León XIII y su célebre encíclica “Rerum Novarum” [De las cosas nuevas] que, en aquel año 1891 en que se publicó tenían que ver con la llamada cuestión social y, más concretamente, con la situación de los obreros y a la pregunta acerca de “las cosas nuevas” a mediados de la tercera década del siglo XXI, el Papa responde que “las cosas nuevas” ahora y aquí tienen que ver con los procesos rápidos y profundos de la digitalización, la inteligencia artificial y la robótica, con una situación “en la que el poder y la omnipotencia de las tecnología emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo”.
Ante esa situación, subraya el Papa citando al Papa Francisco para ir más allá de la insoslayable regulación: “es necesario adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico. Pero la cuestión no se limita a la regulación. Como advertía el Papa Francisco, debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo orienta”.
“En el pasado, eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común”.
Sin decirlo claramente, los actores privados que impulsan la revolución digital la están construyendo del modo en que se construyó la Torre de Babel, o siguiendo los criterios de la Ciudad Terrenal agustiniana: “la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único — incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos”.
Este proyecto ―denuncia el Papa en su encíclica inaugural―, “entraña el riesgo de la deshumanización —construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio—, una tentación antigua y siempre nueva, que hoy también toma un rostro técnico.
Mas, quienes formamos parte de la “magnífica humanidad” contemporánea podemos [y debemos] elegir, el “camino de Nehemías” “que pone de relieve el valor del trabajo compartido para hacer que la ciudad de Dios sea un lugar seguro para los exiliados que regresaron. Hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad”.
La edificación de una “Jerusalén digital” centrada en el bien común requiere, al menos, cuatro características: edificar sobre la roca de la relación con Dios; aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad; una corresponsabilidad valiente y subsidiaria “que valora la cooperación entre generaciones, entre pueblos, entre disciplinas y culturas como el camino privilegiado para hacer crecer la estabilidad, la prosperidad y la paz y; un lenguaje evangélico, que evite las palabras que humillan o enfrentan…
Una edificación que tenga como criterios de discernimiento la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la casa común, la paz…
La introducción de “Magnifica Humanitas” de la que surgido este primer asomo a ella, concluye con una sentida exhortación dirigida “a todos los fieles católicos, a todos los cristianos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad”: “con ánimo de pastor y de padre, pido a todos que detengan la construcción de la enésima Babel y que unan fuerzas para edificar en el bien, para que la humanidad nunca pierda su propia belleza y el mundo pueda reconocer una vez más, en el corazón del ser humano, el lugar donde Dios desea habitar”.







