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Los prejuicios son cárceles invisibles, y otras verdades de un filósofo

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A partir de la entrevista de Anatxu Zabalbeascoa con Francesc Torralba, en El País Semanal

Cuatro carreras, tres doctorados y cerca de cien ensayos publicados. Francesc Torralba acumula una bibliografía que pocos académicos en activo pueden igualar. Y sin embargo, el libro que más le costó escribir lo hizo después de que su hijo Oriol muriera en los Picos de Europa. Lo tituló No hay palabras. La elección del título dice todo sobre lo que el filósofo, teólogo e historiador barcelonés piensa de los límites del lenguaje ante el dolor.

Anatxu Zabalbeascoa lo entrevistó para El País Semanal en una de las sedes de la Universidad Blanquerna-Ramón Llull, donde el académico imparte clases. El retrato que emerge de la conversación es el de un hombre capaz de hablar de experiencias devastadoras con la misma voz con la que explica a Aristóteles: alta, clara y sin aspavientos. Torralba tiene 59 años y acaba de ganar el Premio Josep Pla con Anatomía de la esperanza, un libro cuyo título resulta más urgente si se conoce la pérdida que lo antecede.

La entrevista arranca con una pregunta directa: ¿ha aprendido más leyendo o viviendo? La respuesta del filósofo es tajante. “Nada suple la experiencia. Aportan especialmente las difíciles. Las que ni esperas ni deseas te transforman.” Jaspers hablaba de situaciones límite, recuerda el académico, esas que te ponen a prueba y revelan quiénes son tus verdaderos amigos. Aristóteles llamaba “amigos instrumentales” a quienes te rodean en los buenos momentos. Cuando llega la contrariedad, esos desaparecen. “La contrariedad es el principio de verificación de la amistad”, dice, y la frase tiene el peso de alguien que la comprobó en persona.

La muerte de Oriol atraviesa la conversación sin dominarla. El filósofo habla de ella como de una experiencia que reorganizó su mapa completo del mundo, y cita a Kafka para explicar por qué el lenguaje falla ante el duelo: “Las palabras son malos alpinistas y malos espeleólogos.” Tanto en las experiencias de plenitud como en las de desgarramiento, el lenguaje llega tarde y alcanza poco. Pero el pensador catalán encuentra ahí, precisamente, el valor de otros lenguajes: el de las lágrimas, el de la caricia. Lo que esa experiencia le dejó, dice, fue humildad. “San Agustín decía que era la madre de las virtudes.” Y también la certeza de que quien no ha vivido algo semejante hace el ridículo cuando aconseja: “Tienes que pasar página.”

Sobre los hombres y el duelo, el académico es incisivo. En su experiencia con grupos de duelo, la presencia masculina es casi inexistente. Su hija Anna asistía a uno especializado en la muerte de un hermano y nunca encontró ningún hombre. Los hombres lloran solos, dice Torralba, se autolimitan emocionalmente desde la infancia. Cuando algún tenista llora al retirarse, hay quien se ríe. El filósofo no comparte esa reacción. Schopenhauer, recuerda, llamaba a la lágrima “el lenguaje universal del sufrimiento.”

Una de las ideas más desarrolladas de la conversación es la distinción entre el erudito y el sabio. El erudito tiene memoria oceánica y sabe ubicar el texto preciso para ilustrar cualquier argumento. El sabio ha aprendido de las experiencias y puede comunicar pensamientos complejos con sencillez. “El erudito a veces cae en la ampulosidad”, dice el pedagogo, “en la universidad hay mucha.” La claridad, para Ortega y Gasset, era la cortesía del filósofo. Hay quien prefiere el criptolenguaje para llegar solo a los iniciados. Para Torralba, ese es un camino equivocado.

La sección de la entrevista dedicada a los prejuicios es la que produce la frase que da título a esta página. Zabalbeascoa le pregunta cómo los afronta. “Los prejuicios no se tienen, se sufren”, responde el filósofo. “Son cárceles invisibles en las que uno está metido sin darse cuenta.” Su definición es precisa: un juicio anticipado que hacemos de otro sin conocerlo, por pereza, miedo o comodidad. Cuando uno empieza a deconstruirlos, su mapa del mundo se desordena, y ese desorden es, en su lectura, el buen camino. El ejemplo que usa es cotidiano: el alumno con tatuaje y piercing al que nadie daría crédito y que hace un examen extraordinario. “Los juicios, a posteriori, nunca a priori”, les dice a sus estudiantes.

El libro premiado este año, Anatomía de la esperanza, parte de una definición que el filósofo defiende con cuidado: esperar es creer que es posible hacer realidad horizontes difíciles. Requiere tiempo, constancia y comunidad. “Sólo no vas a poder”, dice el autor. Y agrega algo que le da textura real al concepto: “No hay esperanza sin temor porque no es una certeza. No tienes garantizado que tu sueño se haga realidad.” La esperanza, en esta lectura, es una apuesta activa, no un estado pasivo de optimismo. Quien la tiene confía en que algo es posible, pero sabe que puede no ocurrir. Es esa tensión, y no la certeza, lo que la hace valiosa.

Sobre la angustia y el miedo, el pedagogo trae a Kierkegaard. El animal tiene miedo: teme ser atacado, devorado. La angustia es humana porque es reflexiva, surge de la conciencia de que cualquier decisión conlleva una renuncia. Lo expresó en una frase que Torralba recoge con evidente placer: “Si te casas, te arrepentirás. Si no te casas, también.” Eso no conduce a la parálisis, aclara el académico, sino a la necesidad de optar y domesticar la angustia que acompaña cualquier elección. “Una vida sin angustia no existe.”

La escucha ocupa un lugar central en su pensamiento, y Zabalbeascoa lo lleva a ese territorio con una pregunta precisa. Para Torralba, escuchar es una de las formas más sublimes de amar, especialmente cuando se escucha “al que nadie quiere escuchar.” El libro más vendido del filósofo, El arte de saber escuchar, parte de lo que María Zambrano llamaba la condición mendicante del ser humano: siempre pidiendo reconocimiento, atención, amor. Ser escuchado, dice, es esencial a cualquier edad. Y la escucha genuina rompe tópicos: “Las razones del otro, aunque violenten las nuestras.”

Hay un momento de la entrevista en que el tono se vuelve más personal. La periodista le pregunta por su esposa, historiadora que aprendió griego, alemán, japonés y perfecciona ahora el latín. Torralba dice que sin su apoyo no hubiera conseguido nada, y que la vida de biblioteca exige renuncias que él no siempre vivió como tales porque el proyecto lo colmaba. “Toda decisión conlleva renuncias. Pero cuando el proyecto te colma, no lo vives con amargura.”

El cierre de la conversación tiene la densidad de alguien que ha pensado mucho sobre lo mismo desde distintos ángulos. “Sólo quien ama está vivo”, dice Torralba, y admite que la frase da miedo. Quien ama se pone en movimiento y sufre. “El precio del amor es sufrir.” Y sobre la buena vida, el filósofo barcelonés ofrece una respuesta que prescinde de abstracciones: mejorar la vida de los semejantes genera felicidad, aunque canse. Ser amable es ser amado. Hay personas que se quedan solas y no entienden por qué. “Nadie se acerca a un cactus”, concluye. Es una imagen que no necesita traducción filosófica.

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