Por unos días, Tepic dejó de ser la ciudad de los semáforos impacientes, del tráfico que se acumula en las avenidas principales y de las rutinas que parecen repetirse sin pausa. Las calles cambiaron de ritmo, especialmente el domingo.
Hubo cierres viales que incomodaron a algunos, rutas alteradas y conductores buscando caminos alternos. Pero también hubo algo poco común, personas caminando por el centro sin prisa, familias ocupando espacios públicos, jóvenes asistiendo a espectáculos y adultos mayores deteniéndose frente a escenarios improvisados para observar lo que ocurría.

El Festival Amado Nervo 2026 llegó a su fin después de una semana en la que la cultura salió de los recintos tradicionales para instalarse en plazas, bibliotecas, y calles de la capital nayarita. No fue un evento perfecto ni estuvo libre de críticas, pero sí logró algo que pocas actividades públicas consiguen, hacer que la ciudad hablara de algo distinto.
La clausura fue una muestra de ello. Mientras avanzaba el espectáculo “Memorias de Gigantes”, de Circo Eléktrico, el fuego, las acrobacias y la música transformaron por unas horas el espacio urbano en un escenario abierto. Niñas, niños y adultos compartieron el mismo asombro. No era frecuente ver a tantas personas reunidas simplemente para observar arte.

Pero el festival no se limitó a los espectáculos masivos. Durante la semana también hubo espacio para la reflexión, la literatura y la formación artística. Desde las historias sobre migración presentadas por la colectiva Pies de Mezcal hasta los talleres de cine documental impartidos por Yaremi Chan, pasando por conciertos, teatro y encuentros entre creadores.
La ceremonia de clausura también sirvió para reconocer trayectorias. El maestro Octavio Campa Bonilla recibió la Medalla al Mérito Artístico 2026, un reconocimiento a décadas de trabajo cultural en Nayarit. Por su parte, el escritor chiapaneco Ignacio Ruiz-Pérez obtuvo el Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2026, sumándose a una lista de autores que han encontrado en este certamen una plataforma para la literatura contemporánea.

Quizá el mayor logro del festival no estuvo en los escenarios ni en las ceremonias. Estuvo en la posibilidad de recordar que una ciudad también puede encontrarse alrededor de la cultura. En tiempos donde la conversación pública suele girar entre problemas, confrontaciones, urgencias y política, durante una semana cientos de personas compartieron espacios para escuchar música, ver teatro, leer poesía o simplemente mirar.
Terminaron los espectáculos, comenzaron a retirarse los escenarios y las calles volvieron a la normalidad. Tepic recuperó su ritmo habitual. Pero durante algunos días, la ciudad fue algo más que tránsito y rutina. Fue escenario.







