La densidad y profundidad más que la extensión de “Magnifica Humanitas”, la primera encíclica del Papa León XIV me ha conducido, irremediada o irremediablemente, a irme asomando poco a poco a ella y a ir haciendo intentos de exponerla en dosis de alrededor de mil palabras por semana…
Más concretamente, en mi colaboración anterior tenía planeado abarcar el capítulo dedicado a los fundamentos y principios de la Doctrina Social de la Iglesia pero, al irlo redactando, me fui dando cuenta que tendría que reducirme a exponer los fundamentos teológico-antropológicos, a pesar de que en los párrafos iniciales, había enumerado los cuatro principios que expone León XIV al iniciar el capítulo segundo: el principio del bien común, el principio del destino universal de los bienes, el principio de la subsidiariedad y el principio de la justicia social en los que me enfocaré en esta cuarta entrega, integrando el principio de la solidaridad que no aparece en el párrafo inicial…
El primer gran principio de la Doctrina Social de la Iglesia nace del reconocimiento de que toda mujer y todo hombre poseen una dignidad inalienable y derechos que ningún poder humano puede perjudicar o eliminar, sostiene León XIV en el párrafo con que empieza a exponer los principios rectores de esa interpretación de la realidad a la luz del evangelio, de la tradición y de las ciencias humanas y considera como una ilusión la postura liberal de acuerdo con la cual sería suficiente con buscar el propio progreso para contribuir al bien de todos ya que “esta visión ignora el valor propio y específico del bien común [que] es fruto de la interdependencia que provoca una red de bien social que se difunde e incide en las personas”; “el bien común que es un “plus”, resultado de la interacción y de la influencia recíproca que une diferentes acciones, iniciativas, esfuerzos y decisiones”.
El bien común solo es posible trabajando juntos, teniendo un proyecto compartido y son los Estados quienes tienen “la delicada tarea de ‘armonizar con justicia’ los diversos intereses en juego, buscando el equilibrio entre bienes particulares y bienes de conjunto, sin dejar atrás a los más débiles. Reconociendo que en un marco internacional en que “las distancias entre pueblos aumentan y se abren caminos lógicas de confrontación y de agresividad” hablar de un camino compartido suena a delirio, no deja, por ello de ser el camino correcto ante el cual no podemos perder la esperanza…
El segundo principio que reconoce el destino universal de los bienes nos recuerda que los bienes de la tierra han sido dados por Dios a toda la familia humana “y que toda persona tiene un derecho originario al uso de dichos bienes”. Por eso ―afirma el Papa citando una homilía de San Juan Pablo II pronunciada para los agricultores en Recife, Brasil― “no es conforme con el designio de Dios, usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan solo a unos pocos” y ―añade León XIV― “hoy estamos llamados a reconocer que este destino universal no se refiere solo a los bienes materiales, sino también a los bienes inmateriales y culturales” y que el destino universal de los bienes debe “incluir las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos”… [No sin razón, el Papa ha dicho que esto suena a delirio]…
El principio de subsidiaridad ―que en el documento pontificio define como aquel “según el cual aquello que pueden hacer las personas, las familias, las comunidades locales y los cuerpos intermedios no debe ser absorbido por instancias superiores”― “alienta a superar toda forma de gestión paternalista o asistencialista de la vida social, promoviendo un estilo de vida de corresponsabilidad”. En el contexto de la revolución digital este principio vale de una manera particular ya que en él “el nivel superior no es el Estado, sino todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico sobre las condiciones de la vida común”, por lo que “la subsidiaridad requiere que dichos procesos no se impongan desde lo alto de modo opaco y unilateral, sino que estén orientados al bien común mediante la transparencia, la responsabilidad y formas reales de participación (auditorías independientes, transparencia en los algoritmos, acceso equitativo a los datos, herramientas de apelación)”.
En cuanto al principio de solidaridad, en la encíclica se lo remite a la visión del ser humano “creado a imagen de Dios e incorporado a una red de relaciones que lo vinculan a los demás, a los pueblos y a la creación” y “nace precisamente cuando decidimos no permanecer indiferentes frente a aquello que le sucede a nuestro prójimo y transformamos vínculos inevitables ―económicos, culturales y tecnológicos― en itinerarios de intercambio, de cooperación y de cuidado mutuo, aprendiendo a ‘pensar y actuar en términos de comunidad’”. Citando esta vez a Benedicto XVI, León XIV sostiene que en los tiempos que corren “la solidaridad asume también una dimensión global” y, siguiendo la pauta marcada en el caso anterior, añade que “esta responsabilidad se extiende también a las infraestructuras digitales e informativas.
Finalmente el quinto principio: el principio de la justicia social en relación con el cual, más que ofrecernos una definición, se nos invita a reconocerlo en un orden social, económico o político que permita a todos ―y en particular a los más frágiles― vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás” y, haciendo referencia a la “opción preferencial por los pobres” de la que habló San Juan Pablo II y a la “cultura del ‘descarte’” denunciada por el Papa Francisco, León XIV sostiene que “ahora y aquí” “vez más formas nuevas de exclusión. En esta perspectiva, la justicia social exige mirar a las personas y a los pueblos comenzando por los que son más vulnerables: los pobres, los migrantes, los refugiados, los desplazados internos, las víctimas de la violencia, las personas que viven en periferias urbanas o existenciales” y que exige también “la corrección de las injusticias presentes”.
Una vez expuestos los cinco principios que rigen la Doctrina Social de la Iglesia, el Papa hace referencia a una expresión que irrumpe en la “Populorum Progressio”, que ha sido retomada y profundizada y que indica el modo concreto en que esos principios se aplican en la historia: el desarrollo humano integral, el cual “promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir”…
El desarrollo integral de todos y de todas sería pues, la meta para quienes se comprometan en la reconstrucción de Jerusalén, como Nehemías y sus contemporáneos…







